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Nos sobran hospitales y también políticos

Guillem Bota
08.06.2020
5 min

Resulta que esos que nos repiten que con la Cataluña independiente el coronavirus habría tenido la misma incidencia que una gripe, quizás menos, han comprado 27 hospitales de campaña, pero hasta que no los han tenido a la vista no han caído en la cuenta de que en el interior debería haber mobiliario y electricidad. O sea que ahora los 27 hospitales hinchables reposan en un almacén, a ver si hay suerte y llega pronto un rebrote del coronavirus y podemos salir en rueda de prensa a anunciar que somo los más previsores del mundo mundial y que aprenda el "Estado español".

Pero que no se dé tampoco demasiada prisa el rebrote, no sea que la Generalitat no haya tenido tiempo todavía de adquirir los accesorios que faltan y los enfermos acaben dentro de un hospital de campaña, sí, pero tirados como lagartijas por los suelos por falta de camas y sin un triste enchufe al que conectar aparato respirador alguno. Y esperemos que alguien les comunique a os responsables de la Sanidad catalana que después harán falta además médicos y enfermeros, porque probablemente la consellera Vergés ignora también eso. Como lo demás del universo.

Si --Dios no lo quiera porque el ridículo sería sideral-- no hay rebrote de la epidemia, habrá que buscar otra utilidad a los hospitales de campaña esos, para justificar el gasto de un millón de euros, es de esperar que con comisiones incluidas como homenaje al fet diferencial catalán. Tal vez podrían destinarse a geriátricos, y en ese caso ni siquiera sería necesario acondicionarlos, eso que nos ahorraríamos. Con dejar a los abuelos amontonados en su interior, los unos encima de los otros, estarían más contentos que unas pascuas, puesto que su nueva situación supondría una mejora gigantesca con respecto a su estancia en las residencias de la Generalitat.

-No, por favor, no me devuelvan a mi residencia, déjenme aquí en el suelo, sin comer ni cambiarme los pañales, con este señor que tengo encima clavándome un codo, no se preocupen por mí. ¡Quiero vivir!

No sería tampoco ninguna idea descabellada reconvertir esas tiendas en viviendas para los "exiliados". Esos Puigdemont, Ponsatí, Comín, Puig, más un par de chicas de ERC y la CUP que se largaron a Suiza, nos cuestan un pastón a los catalanes, vía cajas de resistencia. Ya que disponemos ahora de esos magníficos e inútiles hangares hinchables, podríamos dejarnos de sueños de grandeza. Que Puigdemont y Comín abandonen el palacete de 6.000 euros mensuales de alquiler y se instalen, con piano y todo, en un bosque de las afueras de Waterloo. La opción parece más acertada si cabe, teniendo en cuenta que el domicilio de esta peculiar pareja hace también las veces de Casa de la República. Y qué mejor que una tienda de campaña que pueda deshincharse en un santiamén, para escenificar las ilusiones y esperanzas puestas en la independencia de Cataluña.

De no ser así, los 27 hospitales de campaña van a dormir el sueño de los justos en quién sabe qué recóndito almacén de la Generalitat. Apuesten lo que quieran que allá seguirán durante años, y si quiere la mala fortuna que un día sean necesarios, en el improbable caso de que alguien recuerde donde están guardados, descubriremos que no se les habrá sometido al imprescindible mantenimiento y estarán totalmente inservibles. Si algún lector tiene la tentación de apostar en mi contra, recuerde que estamos hablando de Cataluña, donde un simple reparto de mascarillas se convirtió en una operación más complicada que la retirada de Dunquerque, y acabó colapsando todo el sistema sanitario. Guárdese los dineros.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.