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La guerra de los lazos

Ramón de España
5 min

Dicen los nacionalistas que en Cataluña no hay fractura social, pero eso no incluye, al parecer, la fractura de tabiques nasales. Lo pudo comprobar hace unos días en Barcelona una mujer que arrancaba lazos amarillos y recibió un sopapo monumental de un energúmeno que, tras aparcar momentáneamente a la ancianita cuya silla de ruedas empujaba, se encaró con la “provocadora”, esposa además de un militante de Ciutadans, y le aplicó el correctivo. Según él, no había motivo político alguno, sino una lógica preocupación por la limpieza de las aceras barcelonesas. La respuesta de los medios del régimen ante esta agresión ha sido la esperada: minimizar la situación, convertirla en un incidente (la bofetada recibida por Jordi Borràs, sin embargo, fue una agresión en toda regla) e incluso tomársela a chufla, a través de los graciosillos oficiales del procesismo ilustrado.

Paralelamente, el amigo Arcadi Espada --emulando a Bertie Wooster, el personaje de Wodehouse, y a sus compinches del Club de los Zánganos-- se hacía detener por los Mossos d'Esquadra por tunear a la española un enorme lazo amarillo situado en una rotonda de L'Ametlla de Mar. Compadezco a los miembros de la Genestapo que tuvieron que bregar con Arcadi, pues lo imagino perfectamente riéndose en sus narices mientras se echa el tupé hacia atrás y pone esas caras de asombro ante la estupidez humana que tan bien le salen por televisión. La detención (o retención) de Arcadi es la muestra palpable de que, para los mandos de los Mossos, colgar lazos amarillos es guay y fomenta la cohesión social, mientras que descolgarlos (o tunearlos) es un ataque a la convivencia intolerable.

Lo ha dicho el exconseller Cleries --esa lumbrera a la que tuve el placer de conocer en los Escolapios--, no es lo mismo colgar lazos que arrancarlos. Tiene razón, pero tampoco es lo mismo cagarse en la calle que recoger excrementos ajenos y tirarlos a la basura. De hecho, puede que ese sea el siguiente paso de los indepes: descargar el zurullo en la vía pública, pintarlo de amarillo y quejarse si alguien lo recoge y lo arroja a la papelera más cercana. En la misma línea de pensamiento (sic) que el señor Cleries, mi viejo amigo de la universidad Jordi Barbeta reproducía hace unos días en El Nacional una poética reflexión sacada de internet que empezaba diciendo que no es lo mismo plantar flores que pisotearlas. Ve al oculista, querido Barbie, porque confundir un plástico asqueroso con una flor es grave.

Según los procesistas, lo que tiene que hacer el malvado unionista es dejar los lazos donde están y, en todo caso, añadir los suyos. O sea, que nos caguemos todos por la calle y que nadie recoja nuestras deposiciones. ¡Brillante propuesta! Yo creo que, si el servicio de recogida de basuras hiciese bien su trabajo y retirara el plástico amarillo junto al resto de la porquería que generamos los barceloneses, no habría espontáneos arrancalazos, hartos de la ley del embudo que rige en Cataluña y a la que se pliega Ada Colau: ¿cómo va a recoger los lazos de marras si tiene uno enorme colgado de la fachada del ayuntamiento? Asimismo, algún mando de la policía autonómica debería plantarse ante las instrucciones del facha que le guarda la silla a Puchi, si es que quiere salvar algo de la poca respetabilidad que le queda al cuerpo. No hay que olvidar a dónde condujo a Trapero la fidelidad perruna al hombre de la fregona en la cabeza. Y esto no es una amenaza, sino tan solo una advertencia.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.