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El periodista y analista político Esteban Hernández, autor de 'Así empieza todo' / SALOME SAGÜILLO

Esteban Hernández: "España sufrirá mucho si no cambiamos el paso"

El autor de 'Así empieza todo' considera que tras la pandemia habrá países perdedores y que Europa se encontrará encajonada entre China y EEUU

18 min

Esteban Hernández lleva tiempo inmerso en una tarea hercúlea, la de analizar, desde distintos campos, cómo se ha producido una transformación enorme que el día a día no permite apreciar. Las grandes corporaciones tienen más poder que los estados, la guerra comercial entre China y Estados Unidos deja un pequeño espacio a la Unión Europea y las clases medias ven perder posiciones a pasos agigantados. Hernández, jefe de opinión de El Confidencial, ha plasmado esos cambios en Así empieza todo, la guerra oculta del siglo XXI, (Ariel), que deja sin aliento al lector. En esta entrevista con Crónica Global señala que en el caso de España las cosas se pueden poner feas si no se reacciona a tiempo: "España sufrirá mucho si no cambiamos el paso".

--Pregunta: Hemos visto revueltas, protestas, con mayor o menor intensidad en ciudades españolas que se podría calificar de orden como Burgos o Logroño. Y hemos visto  y escuchado también descalificaciones sobre si responden a llamamientos o son promovidas por la ultraderecha. ¿Es un error? ¿Se ha despreciado a una determinada parte de la sociedad, aunque no podemos dejar de lado que hay quien se quiere aprovechar, sea Vox o grupos anarquistas antisistema?

--Respuesta: Las protestas actuales tienen una gran parte instrumental, incluidos los delincuentes que se suman a ellas para ver qué sacan de los disturbios. El problema no es el batiburrillo que ahora son, y que tienen poco arraigo entre la población y generan escasísima simpatía. Las revueltas que nos deben preocupar son aquellas, que ojalá no se produzcan, nazcan de la desesperación de personas arruinadas o que carecen de recursos para subsistir. Pero no sólo por los disturbios, sino por lo que implicarían.

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Portada del libro de Estebán Hernández

 

--En Así empieza todo se refleja una polarización social entre unas elites que buscarán su propia salvación, y unas clases sociales que tratarán de subsistir. ¿Se quiere realmente aniquilar a las clases medias? ¿Puede el sistema capitalista –que se deja claro que es el que impera ya en todo el mundo—subsistir sin ese colchón que ha supuesto la clase media?

--La pérdida de la clase media significa que empleados cualificados, buena parte de los profesionales liberales, pequeños empresarios, autónomos y asalariados tendrán cada vez más difícil generar los recursos necesarios para subsistir y más con un nivel de vida digno. Es decir, las vías que tradicionalmente se han utilizado para mejorar o mantener el nivel de recursos se están quebrando, y no han venido otras a sustituirlas. Significa también que esa confianza en la sociedad, que se derivaba de la confianza en un futuro mejor, se desvanece. Hay parte de las profesiones liberales, de los gestores, o de los asalariados especializados que irán hacia arriba y ganarán más, pero serán un porcentaje pequeño, de modo que tendremos un número bajo de trabajos bien pagados y mucha mano de obra en el nivel de subsistencia o por debajo de él, en general ligados a servicios o a profesiones con salarios deteriorados. Y esto incluye a los pequeños y medianos empresarios, no sólo a los asalariados. Los sistemas políticos no necesitan estabilidad para subsistir, los hay que se manejan mucho mejor en el desorden. A medio plazo los hace mucho más débiles, pero a medio plazo ya no estarán los actuales dirigentes políticos y económicos, y por tanto no les preocupa mucho. Un sistema político sin un nivel de vida decente para una buena parte de la población puede manejarse sin demasiados problemas, pero tiene que recurrir a otros instrumentos, que suelen venir desde la fuerza. De modo que sí, el sistema capitalista puede subsistir sin clase media, pero pagando el precio de convertirse en más autoritario. Lo que estamos viendo en estos tiempos está muy relacionado.

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El analista Esteban Hernández / SALOMÉ SAGÜILLO

--¿Es el caso de España un paradigma de esa situación? ¿Jóvenes precarios y clases medias empobrecidas? ¿No invitará eso a una gran revolución social?

--España es un país que sufrirá mucho, sufrirá especialmente estas transformaciones a peor, si no cambiamos el paso. Normalmente, identificamos el descontento con cambios políticos o con revueltas sociales, pero se nos olvida que Estados muy desestructurados persisten a través de otros medios. Por ejemplo, en Hispanoamérica hay países en los que las bandas organizadas de delincuentes son el camino más habitual de salida de esas clases pobres. No hay revolución, hay bandas. Ocurrió en zonas del Este tras la caída de la URSS, y vemos ahora poblaciones españolas, como algunas costeras de Andalucía, donde las mafias de la droga son los verdaderos empleadores. Con todo esto lo que pretendo subrayar es que el descontento social encuentra caminos diferentes de expresión. A veces gira hacia formaciones autoritarias, otras veces hacia revolucionarias, otras hacia el malestar privado y otras se convierte en el motor que resuelve los problemas. Lo que ocurra dependerá de lo inteligentes y creativos que seamos a la hora de encauzar esas fuerzas.

--¿Por qué el liberalismo político no reaccionó cuando era necesario? ¿No vio venir esa transformación que ese mismo sistema había alentado, buscando la maximización de beneficios? Se apunta que siempre se buscaba una excusa para ridiculizar al que pretendía ese cambio, sea el Brexit o los partidarios de Trump. 

--El liberalismo político ha perdido su esencia, que es tejer un sistema en el que los distintos poderes se limiten unos a otros. Como no ha tenido en cuenta el crecimiento de los poderes económicos, dado que los límites que ha puesto no han sido efectivos, y como en muchos casos ni siquiera ha querido ponérselos, ahora debe afrontar su debilitamiento como sistema político. Nadie ha querido afrontar, en realidad, los problemas que causa una economía financiarizada que impone sus propias reglas. La vieja socialdemocracia fue una víctima, ahora le toca sucumbir a lo que podría llamarse liberalismo moderado.

--¿Occidente puede llorar ahora frente a China, o han sido sus élites las que deseaban llegar a esa situación, con un estado tan potente que impondrá en poco tiempo las reglas del juego?

--No, China saldrá reforzada, pero el país dominante es EEUU y no parece que vayan a cambiar las tornas. Más al contrario, EEUU está intentando ganar peso, poder y recursos en el mundo, y lo está consiguiendo. China trata de hacer lo mismo, pero está lejos aún de las capacidades de EEUU. Quien lo tendrá peor en ese enfrentamiento será Europa, que carece de una posición propia y de peso real, y dentro de esa UE, España, un país cada vez más dependiente, endeudado y sin industria. Competir en el nuevo escenario nos resultará muy difícil si no intentamos otras fórmulas.

--Siguiendo con esa reflexión sobre China, ¿se puede esperar como señalaba el diplomático Sendagorta un momento sputnik en el que Estados Unidos reaccione, y lidere, de nuevo, el mundo liberal occidental?

--EEUU ha reaccionado ya. Y sigue siendo el líder del mundo, pero ya tiene mucho menos interés en que el mundo sea liberal, lo que le importa es mantener su ventaja o ampliarla, no el sistema político con el que se gobiernen sus aliados. Por ejemplo, no le importa si, para poner freno a China, tiene que apoyarse en países asiáticos con regímenes autoritarios, y lo mismo ocurre en Oriente medio. China tampoco quiere extender su ideología, no establece lazos con otros países por el hecho de que tengan (o quieran implantar) un sistema político como el suyo, lo hace por mera conveniencia. Este es un momento en el que la ideología importa poco, lo esencial es esa pelea por conseguir poder y recursos; en todos los términos, también en el de los países.

--¿Considera que se ha llegado a un punto en el que China ya no puede ser considerado como un modelo moralmente inferior, y que la democracia liberal y el modelo chino pueden estar en el mismo plano, tal vez no para Occidente pero sí para buena parte del mundo asiático, Latinoamérica o África? 

--China no es un modelo, es un Estado que intenta desarrollarse, y Latinoamérica y África han sido ámbitos geográficos en los que se ha implantado. China piensa en sí misma como un imperio que siempre lo ha sido y que ahora está ocupando un lugar que había perdido pero que le pertenece por derecho propio. Es una potencia y exige respeto, el aspecto moral les importa poco, máxime cuando se ven más eficientes que las potencias occidentales.

--Si se conoce el pasado, si es consciente de cómo se ha modificado el sistema, con grandes conglomerados empresariales, que están por encima del poder político, ¿se ha decidido que una parte de la sociedad no importa, que da igual la suerte que corra?

--Tenemos un problema serio en este sentido, porque hay una parte de la sociedad que se ha desvinculado de la otra, no la entiende, desconoce cuáles son sus preocupaciones, sus necesidades y su forma de vida, y a la que observa con una mirada de desprecio. Es la parte prescindible, la que no se adapta, la que carece de proactividad, la que no sabe estar a la altura de los tiempos…Son distintas descripciones que van a parar al mismo sitio: si no tienes el suficiente dinero es porque no estás a la altura, y por lo tanto no hay que preocuparse por ti, tienes el destino que te has buscado. Es una mirada muy distinta de la que existió en la época fordista, que era mucho más integradora. En la actualidad, --y es una actualidad en la que se piensa que habrá mucha gente prescindible en Occidente, como efecto de la digitalización, por el proceso de concentración también ligado a las fusiones y a las adquisiciones y por la misma deslocalización de lo productivo--, se entiende que el mundo se divide en ganadores y perdedores y, por tanto, que cada cual debe buscarse la vida. Eso es una gran equivocación desde el punto de vista ético, pero también un enorme error político. Y todo va en la dirección de que esa brecha se amplíe y estemos cada vez estemos más separados. 

--Tras la pandemia del Covid, ¿se intensificará lo que ya estaba en marcha, como el avance de ese capitalismo de estado que es China, que busca dónde invertir sus excedentes, o se intentará paliar, con un replanteamiento de estrategias, principalmente en Europa? 

--Hay ya replanteamiento de estrategias. El despliegue chino está siendo frenado, por ejemplo con el 5G, y algunos intentos de penetración chinos en Europa, EEUU o Australia han sido detenidos. El capitalismo de Estado chino es una opción política que muy pocos Estados pueden llevar a la práctica hoy, porque necesitas tener muchas cosas (capital, población, estructura, tecnología) que tienen muy pocos territorios. Occidente, por el contrario, se está convirtiendo en un capitalismo sin Estado, donde el papel de este queda subordinado a los intereses de empresas de gran tamaño. El mismo EEUU está viviendo este deslizamiento, que es bastante peligroso.  

--¿Qué margen real de maniobra tiene Europa? A pesar del choque de intereses, usted señala que nadie podrá forzar la situación, ni China en relación a Estados Unidos , ni Alemania en su posibilidad de prescindir de la UE para labrarse un futuro propio.

--Europa tiene margen de maniobra, lo que carece es de una voluntad decidida. Hemos de entender que la UE es un entorno poco cohesionado, con distintos países buscando mucho más su interés que el interés común, y en momentos de crisis como este, esa tendencia se agudiza. La UE tiene grandes debilidades en ese sentido, pero podría tener una posición estratégica, económica y comercial propia, y eso sería muy útil en general a los europeos. Ahora mismo, sin embargo, y la discusión en el país dominante en la UE, Alemania, está lanzada ya, parece que no recorreremos ese camino: la ministra de Defensa germana, Annegret Kramp-Karrenbauer, ha afirmado que Europa debe abandonar toda ilusión de autonomía estratégica. No parece que haya grandes voluntades para construir una UE de verdad importante en el mundo.

--Lo que ha ocurrido en Cataluña, con el proceso independentista, ¿es una reacción ante ese cambio de modelo que las elites catalanas supieron leer antes sin ser conscientes de lo que hacían?

--Desde luego, no eran muy conscientes de lo que hacían, porque su intento era un ensueño. Carecían de todo aquello necesario (apoyo internacional de las grandes potencias, capital, recursos energéticos, ejército) que permite que un territorio pueda tener alguna posibilidad de éxito en su deseo de separación. Lo que se produjo en las élites catalanas fue significativo, porque mientras hubo un reparto con Madrid no existió demasiado problema en establecer pactos. Incluso había parte de la élite catalana que pensaba que, al ser un territorio más avanzado y más conectado con la globalización, podría convertirse en el motor de España. Después pensaron que, dado que sus expectativas no quedaban satisfechas, podrían emprender la aventura global por su cuenta. Algo absurdo. Pero, respondiendo concretamente a su pregunta, todo esto forma parte de un Estado en el que dos ciudades globales, Madrid y Barcelona, competían entre sí, y la parte que salió perdiendo decidió romper la relación, o al menos intentarlo.

--Pese al posible desvarío de un dirigente independentista que apunta que Rusia podía haber ayudado a Cataluña, ¿hay que pensar en posibles operaciones de ese tipo, con Rusia o China intentando desestabilizar la Unión Europea?

--Todas las grandes potencias quieren influir en sus rivales. Pero no podemos olvidar que el mayor intento de hacer más frágil y menos cohesionada a la UE ha venido instigado por la extrema derecha que se ha desarrollado en Europa, que tenía lazos evidentes con el EEUU de Trump y no con China. Esa derecha sigue ahí, y puede acabar impregnando a la derecha liberal europea (a la que todavía queda) de su ideología.