El Royal Bank of Canada, en Toronto, ciudad a la que se desplazó desde Montreal / YOUTUBE

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Business

La operación de Caixabank evidencia que Cataluña está en la ‘vía del Quebec’

El proceso independentista, como el quebequés, trató de revertir con una “mala herramienta” la decadencia económica que arranca desde hace más de diez años

21 septiembre, 2020 00:00

Una guinda en el pastel. La culminación de que en Cataluña ni las elites empresariales ni las políticas han estado por la labor. La operación de Caixabank con Bankia, que significa poner en pie la primera entidad financiera en España, es la prueba de que el tejido económico que tiene ambición piensa de forma global, y ve en Madrid y en el conjunto de España y de Europa un horizonte más claro que el que defiende el independentismo, encerrado en el ámbito local catalán. Los debates sobre esa cuestión en los foros empresariales son constantes y la conclusión es que la vía catalana es la vía del Quebec: en la provincia canadiense, tras los dos referéndums de independencia, en 1980 y en 1995, el poder económico se desplazó a Toronto, con las sedes de los grandes bancos a cuestas como el Royal Bank of Canada, y no se han vuelto a recuperar.

Caixabank mantendrá los dos grandes centros operativos en Madrid y Barcelona con la sede social en Valencia. Eso a corto plazo. A medio y a largo, el poder de la capital del Estado será difícil de soslayar. El paso ya se ha dado, y el hombre fuerte de la entidad resultante, tras la absorción de Bankia, Gonzalo Gortázar, lo ha dejado claro: “Hace tiempo que Caixabank opera en todo el territorio y eso es una buena noticia para España, y, sobre todo, para Cataluña”, señaló el pasado viernes, para dar cuenta de la operación. “Tenemos una vocación de servicio para toda España”, reiteró. Con ello, constataba que Caixabank no sucumbirá ante las reclamaciones del independentismo, que, tras rechazar a la entidad financiera, por llevar su sede social a Valencia tras el referéndum de independencia del 1-O de 2017, exige ahora que se recupere la sede en Barcelona.

Las oficinas centrales de Caixabank, situadas en la avenida Diagonal de Barcelona / CAIXABANK

Las oficinas centrales de Caixabank, situadas en la avenida Diagonal de Barcelona / CAIXABANK

Barcelona en el centro

La cuestión que se dirime es por qué la percepción y también con los datos en la mano --la superación de Madrid en el PIB español sobre Cataluña por primera vez-- es que se ha ido consolidando un proceso de decadencia económica. Se abordó esa idea con crudeza en un debate en el Círculo Ecuestre la pasada semana, con la vista puesta, por parte del empresariado catalán, en la ciudad de Barcelona y en su alcaldesa Ada Colau.

A juicio del presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez Llibre, Colau puede llevar a la “ruina” a Barcelona. Las reflexiones las compartieron el resto de participantes, como el presidente del Círculo de Economía, Javier Faus, y el presidente de Fira de Barcelona, Pau Relat, pero con matizaciones y con la propia cuña del primer teniente de alcalde, el socialista Jaume Collboni, que se refirió a diez años atrás, al entender que la fase de cierto cansancio, de no saber qué hacer, de falta de brío y ambición ya se había producido mucho antes del acceso al cargo de Colau.

El presidente de la Fundación Bancaria La Caixa, Isidro Fainé (i), en una imagen de archivo junto al consejero delegado de Caixabank, Gonzalo Gortázar (d) / CAIXABANK

El presidente de la Fundación Bancaria La Caixa, Isidro Fainé (i), en una imagen de archivo junto al consejero delegado de Caixabank, Gonzalo Gortázar (d) / CAIXABANK

Los empresarios no se movieron

Y ahí es cuando aparece la vía de Quebec. El proceso independentista ha podido agravar la falta de tensión empresarial, en beneficio de Madrid, pero los expertos consultados señalan, como ocurrió en la provincia de Canadá, que el llamado procés fue la respuesta que las elites nacionalistas pusieron en marcha para paliar esa decadencia económica. “Ya se notaba, y el Círculo de Economía alertaba de ello, con notas de opinión antes del inicio del procés, en 2007, y bajo la presidencia de José Manuel Lara Bosch, porque se tenía la convicción de que las elites empresariales no tomaban el pulso necesario”, señala Jordi Alberich, alma durante décadas del lobby empresarial.

Aquella nota, bajo el título de La responsabilidad del empresariado catalán, tiene todos los ingredientes de un pronóstico que se hubiera deseado erróneo. Se culpa a las elites empresariales de no “agruparse”, de no buscar oportunidades, de no aprovechar concursos y movimientos de fusión, de no tener ambición, de acomodarse en una situación de relativo éxito.

Abandonar las desconfianzas

Aquellas palabras, que vertía Lara Bosch, con aire provocador hacia la burguesía catalana más clásica e instalada, resuenan ahora con profundidad. En la nota, de noviembre de 2007, antes de que estallara la crisis económica, se constatan los males políticos y económicos:

“Hay una tendencia muy extendida en achacar todos los posibles males a los poderes públicos. Unos imputan toda la responsabilidad a un Estado extremadamente centralista que no duda en penalizar a Cataluña. Otros consideran que el problema es genuinamente catalán, al hallarnos inmersos en unos debates y prioridades de carácter identitario que no hacen sino perjudicar el desarrollo empresarial y, además, nos conducen a un continuo enfrentamiento con el conjunto de España. El Círculo ha lamentado reiteradamente las actitudes de enfrentamiento y desconfianza alimentadas desde posiciones políticas extremas, que contaminan la vida pública. Así lo hizo, concretamente, en los documentos El papel del Estado en el mantenimiento del equilibrio económico territorial en España (octubre de 2001), y Por un Estatut realista, funcional y adaptado a la Constitución (diciembre de 2005). Sin duda, la política es muy responsable del clima anímico que hoy se vive en Cataluña. Lamentablemente, demasiado a menudo, nos encontramos con unas posiciones antagónicas que, electoralmente, se refuerzan mutuamente, favoreciendo un perjudicial enfrentamiento entre España y Cataluña, que debería ser perfectamente evitable”.

Jacint Jordana, en el campus de la UPF, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG

Jacint Jordana, en el campus de la UPF, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG

La obsesión tecnológica

Pero las cosas fueron en la dirección contraria. Ahora, los protagonistas de las distintas iniciativas económicas que buscan una reacción, creen que hay nuevas oportunidades. Es el caso de Aurora Catà, al frente de Barcelona Global, o del propio Faus, como presidente del Círculo de Economía, que ha señalado un objetivo ambicioso y posible, a su juicio: “Barcelona debe ser la capital tecnológica de España, punto y pelota”. Lo verbalizó de esa forma en el Círculo Ecuestre para pedir el máximo esfuerzo de algunos ámbitos, por liderar ciertos sectores económicos e ir a por todas, con toda la ambición. Sin embargo, en los mismos foros se denota una sensación de agotamiento y de tristeza, con los ojos puestos en los dirigentes políticos, que mantienen sus guerras particulares: el caso del independentismo es paradigmático, con el pulso constante entre los partidarios de Carles Puigdemont y de Oriol Junqueras, y con oportunistas empresariales, como Joan Canadell, que juega a la política desde la Cámara de Comercio de Barcelona.

El camino iniciado, si no se produce una importante reacción, viene marcado por la experiencia de Canadá. Lo ha explicado el catedrático de Ciencia Política Jacint Jordana en su libro Barcelona, Madrid y el Estado. En Quebec, la urbanista Jane Jacobs abordó el problema para constatar que Montreal llevaba años mostrando una gran incomodidad por su papel en el sistema de ciudades de Canadá. “De ser el centro económico de Canadá, estaba pasando a convertirse en una ‘ciudad regional’, con una creciente pérdida de centralidad y escasas expectativas de desarrollo, ya en los años setenta del siglo pasado. En cambio, Toronto fue tomando cuerpo como capital económica de Canadá, articulando un amplio sistema de ciudades satélite y desbancando a Montreal como capital económica del país”. A juicio de Jacobs, para Quebec “disponer de alguna forma de soberanía estatal era clave para impulsar y favorecer el desarrollo de Montreal y su dimensión internacional, y que, sin ello, su única alternativa era aceptar un progresivo declive de la ciudad y su entorno territorial”. El paralelismo con Barcelona y Cataluña es total.

Josep Oliu, Javier Faus, Pau Relat, Sánchez Llibre, Luca de Meo, Núria Marín, Antoni Delgado y Enrique Lacalle / CE

Josep Oliu, Javier Faus, Pau Relat, Sánchez Llibre, Luca de Meo, Núria Marín, Antoni Delgado y Enrique Lacalle / CE

Los bancos se van a…Toronto

Ese análisis es el que sostiene Jordi Alberich y también Javier Faus para el caso de Cataluña. Es la ciudad de Barcelona, motor económico de toda Cataluña, la que marca el proceso independentista y cuya preocupación por el futuro económico justifica alguna reacción política, que, como en Quebec, derivó hacia el soberanismo. “El independentismo podía ser fuerte o potencialmente fuerte en las comarcas de interior, pero cobra un impulso clave con la incorporación de clases medias de Barcelona, que no son independentistas, pero que ven con temor el futuro”, señala Alberich.

Pero, ¿qué pasó? Que el remedio fue peor que la enfermedad. En Quebec, el Bank of Montreal fijó su sede en Toronto, la capital de Ontario, tras el primer referéndum de independencia de 1980. Y se desplazaron progresivamente Royal Bank of Canada y Sun Life Financial. “Montreal nunca se recuperó”, señaló The Financial Times, citando a Reuven Brenner, profesor en la McGill University. Tras el segundo referéndum de 1995, la situación no mejoró. Y el movimiento independentista ha ido declinando, con los más jóvenes alejados ya de la deriva soberanista, algo que ha comenzado a ocurrir en Cataluña, y que indican los datos de los últimos barómetros del CEO (Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat).

Es la vía quebequesa, que se va cumpliendo en Cataluña, una vía de decadencia, que ha puesto de manifiesto ahora la fusión de Caixabank, que, con otro estado de ánimo, y con una mentalidad distinta a la que ha impuesto el nacionalismo, se vería como una gran operación de Estado, desde el poder económico catalán.