David Madí: de Lorenzo a ‘Lorenzaccio’

David Madí: de Lorenzo a ‘Lorenzaccio’

Política

David Madí: de Lorenzo a ‘Lorenzaccio’

4 febrero, 2024 00:00

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Nunca anda lejos del ditirambo que relaciona el poder político con la gestión empresarial beneficiada. David Madí huye ahora de los focos; trata de salvar su imagen de lobista sin estrella. Podrá decirse que se trata de un nacionalista adiestrado, pero la inclinación no vale ni valdrá mientras la facturación vuele más alto que las ideologías.  

Su perfil de emprendedor es deudor de su peripecia política. Soñó en los tronos cardenalicios de los poderosos invisibles, avanzó a tientas con ropa de firma y gimnasio en Pedralbes. Salió de la penumbra siendo el convergente codicioso de corazón y cuna. Y llegó 2011, el año de la suerte, marcado por su entrada en Endesa, que precedió su aterrizaje en Telefónica.

El momento de unir el mundo de los negocios con el de los partidos políticos, aprovechando las sinergias que le ofrecía la victoria convergente en la Generalitat. Aparcó en parte su amor por la causa pública y empezó el negocio de doble rasero: el bolsillo de los pingües beneficios y la financiación de CDC. Las dos caras de una misma moneda, a través de su firma Nubul Consulting, donde facturaba el contravalor de sus destellos de influencia en grandes empresas agradecidas.

El exdirigente de CDC David Madí

El exdirigente de CDC David Madí MARTA FERNÁNDEZ EUROPA PRESS

Madí utilizó el resorte que resume esta gran mentira: “Abandonad las empresas públicas de servicios con precios políticos que se fijan en los ministerios de Madrid”. Declaró su amor a los mercados libres de las empresas sherpa, pero, a la hora de la verdad, buceó precisamente en las ganancias de la tarifa de la luz, el gas o el teléfono.

Lo que él condenaba de palabra le enriquecía de hecho. Habló mil veces de los vaivenes del patrimonio y se doctoró en el silencio cómplice. Su presencia en Telefónica duró tres años, de 2013 a 2016; abandonó la operadora afectado por el relevo del presidente, Álvarez-Pallete, que acabó con la plantilla de políticos contratados durante la etapa de su antecesor, el desaparecido César Alierta.

No advirtió a tiempo que los negocios de la banca industrial, al calor de lo semipúblico, son el secreto mejor guardado de España. Navegó en brazos de la diosa Fortuna, con encaje natural de verano en las góndolas venecianas que conducen del Lido a la estación, sin asumir el riesgo de las entidades que lo sostienen todo, como el Santander, Caixabank y BBVA.

Convirtió el vicio de corromper en la virtud de ganar hasta que la Audiencia Nacional le paró los pies. Le acusó de financiación política a través de los pagos que recibía de los grandes del Ibex 35. Tuvo que responder ante el juez por la productora audiovisual catalana Triacom, ligada a la presunta financiación de CDC. Estuvo implicado en el caso Voloh por la financiación del procés y condenado por facturas ficticias. No es cualquier cosa, ni para un hombre acostumbrado a caer de pie.

El celebrado 2011, con el retorno al poder por parte de CiU, fue su punto de inflexión; el momento en el que David Madí fue fichado por Endesa para presidir el consejo regional de la compañía eléctrica en Cataluña.

El entonces presidente de la eléctrica, Borja Prado, vertebraba en España la estructura federal de una compañía bajo el control accionarial de la italiana Enel. Las grandes corporaciones semipúblicas sufrían las consecuencias del destrozo, que Zapatero no vio, producto del desaforado Club de las Españas aznarista, vendedor sin recato de la riqueza del país. Como consultor demostró su lateralidad ideológica el día del mismo año en que, desde Deloitte, realizó una auditoría sobre las cuentas de la Generalitat catalanista y de izquierdas, recién sustituida. Quiso tirar de la manta, sin resultados.

David Madí y Artur Mas

David Madí y Artur Mas EFE

Es el emprendedor señalado y el mecenas adiestrado en la tradición monótona que dice de casta le viene al galgo. Nieto del industrial Joan Baptista Cendrós i Carbonell, fundador de Ómnium en 1961, creador del Premio Sant Jordi de novela catalana –junto a Pau Riera, Fèlix Millet i Maristany, Joan Vallvé y Lluís Carulla– y miembro del consejo de administración de Banca Catalana en el momento de su creación. Madí entró en Endesa por la vía política, el mismo trayecto que había servido, en 1996, para colocar en la eléctrica a los alfiles de CiU tras el Pacto del Majestic.

Ya entonces se confirmó que, con el poder en la mano, el nacionalismo aplica la influencia de los cuñados, una modalidad menor de lobi y, sin embargo, dotada de la misma indisimulada torpeza que muestra el Gobierno español de turno con las puertas giratorias.

Facilitando la trayectoria de las empresas que supuestamente financiaban a su partido, Madí convirtió la intermediación en caja fuerte. A menudo negociaba más para él que para sus clientes, como se vio en el caso de las ambulancias, cuando hace pocos meses el juez Santiago Pedraz le tomó declaración por la concesión del Govern a Egara, una operación en la que el lobista aparecía como intermediario.

Felipe VI, con el presidente del comité de auditoría de Endesa, Miquel Roca (2i), y el entonces presidente del consejo asesor de Endesa en Cataluña, David Madí (2d)

Felipe VI, con el presidente del comité de auditoría de Endesa, Miquel Roca (2i), y el entonces presidente del consejo asesor de Endesa en Cataluña, David Madí (2d) EFE

En su etapa floreciente, hace más de una década, fichó por Telefónica. Corría 2013, cuando la política catalana desataba su empeño fatal y volvía a los tiempos desaparecidos del orden dinástico, pero económicamente endeble. Madí, el hombre fuerte del sector negocios de CDC de la época, entró en la operadora que contaba con accionistas y consejeros de referencia, como Carlos Colomer, líder del poderoso Grupo Colomer, entroncado con los Cendrós.

Fue la plenitud de un momento en el que parecían conjugar la herencia y la barricada. No estaban en juego los patrimonios de la empresa familiar tradicional, sino que más bien se trataba de mantener privilegios, pasando inadvertido en el capital de cotizadas con millones de accionistas.

La burguesía roja trataba de proyectarse en un país simbólicamente cargado sobre sus hombros tal como lo habían diseñado artificialmente algunos partidos políticos. Fue un Termidor sin el músculo mental de los republicanos franceses, en lo referente a CiU; un Octubre sin bolcheviques (el amasijo catalán de lo que hoy es Sumar); un renacer situacionista sin dadaístas (CUP).

Madí tuvo que dejar Endesa en 2017, en la proximidad del referéndum del 1-O, después de que el consejo de la compañía acordara desmantelar los cargos ocupados en los que habían encontrado acomodo los expolíticos. Ese mismo año, al conocerse los casos judiciales en los que estaba inmerso, se bajó de Applus+, firma dedicada entre otras actividades a las ITV, en la que llegó a ser vicepresidente.

Su carrera empresarial le convirtió en enemigo de Agbar al tratar de disputarle su situación de mercado a través de sus contactos. En 2018, Aguas de Valencia le fichó para presidir su filial Aigües de Catalunya -propiedad del núcleo Calabuig- con un objetivo claro.

David Madí, conducido por un agente de la Guardia Civil durante un registro

David Madí, conducido por un agente de la Guardia Civil durante un registro Cedida

Madí y sus empresas han vivido un estado de agitación permanente, entre los sobresaltos contables y las peripecias políticas de sus órganos de gestión. Es un hombre de quita y pon impulsado por las instituciones y las compañías a las que representa de forma demediada. Transvasa fondos entre las dos orillas con la tranquilidad que proporciona el conocido adagietto de Mahler.

En sus comienzos, enarboló su pasión adictiva por la política en la Convegència de Jordi Pujol como secretario de Comunicación del partido, en la segunda mitad de los noventa. En la primera década de este siglo, atravesó el desierto de la oposición con su amigo, el expresident Artur Mas, y formuló el llamado pinyol de la mano de los más fieles: Germà Gordó, Francesc Homs y Oriol Pujol, volterianos con más ambages que lustre, lienzos a la cera, dotados de colores y fuego, pero solo pintura.

Poo a poco, su baldón de ejecutivo con garra se estampó contra los autos de instrucción. Puso sus plumas en remojo; fue la sombra vocacional de Lorenzo, el Medici llamado El Magnífico, convertido en su germen, Lorenzaccio, el personaje de Alfred de Musset, figura emblemática de la autodestrucción romántica.

Había contribuido a inventar el salto que la mesocrática Convergència rechazó: transformar el nacionalismo en soberanismo. Reunió fondos para el singular momento del procés, el arrebato de la Cataluña taciturna, vertida sobre su pasado milenario. Quiso ser él, entre gentilicios que no existen sino consagrados en las piedras de los antiguos monasterios, labradas al cincel. Se estrelló contra el dogma enfermizo que le puede.