Menú Buscar

Publicidad gratuita en TV3

Guillem Bota
20.04.2020
5 min

Ignoro si el resto de televisiones han adoptado la misma costumbre, pero en TV3 hace ya un tiempo que justo a la hora de comer se da espacio, y lo que es peor, voz, a cantantes y grupos catalanes que han compuesto un tema sobre el confinamiento o sobre el coronavirus. Como buena pescadilla que se muerde la cola, debe haber corrido la voz, y ya no hay cantante catalán de medio pelo que no dedique las horas libres --demasiadas tienen ahora, para infortunio nuestro-- a componer sobre el confinamiento. Cómo no hacerlo, si ello les abre las puertas de la televisión. Cabe reconocer que eso supone una apertura de miras de la televisión pública catalana, pues si hasta ahora para aparecer en ella era cuasi obligatorio ser procesista, ahora también siendo cantante --y dedicando un tiempo a la pandemia-- tiene uno su cuota de pantalla. No nos engañemos. No es solidaridad, no es altruismo, no es ayuda desinteresada: es simple promoción gratuita.

El problema es que en Cataluña tenemos lo que tenemos, y aguantar justo a la hora de comer a un tipo con una guitarra o un piano, que desde su casa nos canta unos ripios mal pergeñados a los que ha puesto cuatro acordes, provoca mala digestión. Los músicos catalanes ya no se caracterizan por su calidad, eso es un hecho incontestable, conque imaginen ustedes si encima se ponen melifluos. Porque, no se podía esperar menos de artistas tan originales, absolutamente todos se empeñan en aleccionarnos y animarnos, en decirnos que la vida puede ser maravillosa a pesar de estos momentos, que de ahí saldremos todos mejores, que, en definitiva, el mundo es de color de rosa y ellos le han puesto una banda sonora así de guay. Los veo cada día a la misma hora, con su pinta de escribir wuapo así, con W, y me pregunto si lo peor del coronavirus no serán los botarates que se creen artistas sólo por estar encerrados en casa.

Uno echa de menos auténticos artistas que no oculten la realidad, que pongan música y letra a la desesperación, al negro futuro, a la muerte que acecha, al desgobierno que reina y a todas cuantas desgracias estamos viviendo. En lugar de eso, tropiezo cada día con algún (o alguna) cantante pusilánime que me sonríe y se empeña en convencerme de que el jodido confinamiento es maravilloso, de que yo soy un héroe porque el gobierno no me permite salir de casa, y de que --en esa cómica expresión que se ha puesto de moda-- debo aprovechar esta magnífica situación para “reinventarme”. Que reinventen ellos.

En un principio di por bien empleado el coronavirus, y hubiera dado por buenos el ébola y la peste negra, pensando que gracias a la epidemia me libraría de lo que se da en llamar música catalana, puesto que encerrados sus intérpretes, muerta la rabia. Poco podía imaginarme que aprovecharían la desgracia de la muerte acechándonos para castigarnos con una desgracia aún mayor, la de sus apariciones diarias televisivas rebosantes de glucosa.

No es que a estas alturas yo tuviera la vana ilusión de que en Cataluña hubiera música de calidad, y si la hubiere, no saldría en TV3. Aun así, no estaría de más un poco de vergüenza y de sentido del ridículo, si no de los responsables de TV3, cosa harto improbable, por lo menos de los presuntos artistas. O de alguien de su entorno, alguien que les haga entender que sí, que probablemente tienen muy buenas intenciones, pero que por desgracia las buenas intenciones no tienen relación con el talento. Que dejen de darnos la chapa, que eso sí servirá para hacernos más llevadero el confinamiento.

Artículos anteriores
¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.