Una huelga procesista

11.02.2019
Guillem Bota
5 min

Les supongo enterados de que se ha convocado para el próximo día 21, en Cataluña, una "aturada de país", o séase un paro de país, lo que vendría a ser una huelga de toda la vida pero por motivos espurios, en lugar de laborales o sociales. Lo anunció el otro día el portavoz de la CUP, partido que dispone de cuatro, he dicho cuatro, diputados en el Parlamento catalán, aunque a tenor de su omnipresencia en TV3 diríase que tienen 40, quizás 400. Las CUP, me permito aquí un inciso para quienes no conozcan tal invento, no son más que las juventudes de la Convergència de toda la vida, sólo que sus miembros se disfrazan de revolucionarios poco antes de salir de fin de semana a la Cerdaña o a la Costa Brava y de apoyar a la derecha catalana de toda la vida en el Parlament. O sea, como ERC pero un pelín más jóvenes.

Las aturades de país, o huelga a la catalana, son un clásico del procés. Hacen bien de anunciarla con suficiente antelación y harán mejor de repetirlo cada día en TV3 hasta que llegue el día, ya que en caso contrario, el 21F por la noche los catalanes ni nos habremos enterado de que acabamos de vivir una --otra-- jornada histórica por los presos o por la república o por el chalé de Waterloo o por lo que sea. La última vez que se convocó tal cosa, me enteré de que acababa de vivir una huelga a la catalana porque me lo dijo TV3 por la noche, ya después de cenar y sentado en el sofá. Incluso se me despejó la modorra al ser consciente de mi patriótica y solidaria acción.

"¡Coño! Yo aquí con el pijama puesto, sin enterarme de que he participado en una huelga. Me siento un poco Karl Liebknecht, creo que voy a cambiarme y me pondré el pijama rojo" le dije a mi señora, que se limitó a alzar el puño soviéticamente sin mirarme y a cambiar de canal.

Mi día había sido exactamente igual que el anterior, los comercios y empresas que frecuenté trabajaban como siempre, la misma TV3 no varió un ápice su programación, mi hijo fue al colegio, yo tomé el transporte público y el empleado de la compañía del gas pasó puntualmente por casa. En mi ciudad, y por extensión en toda Cataluña, la vida había transcurrido como siempre. De no ser por los periodistas de TV3, me habría ido a la cama sin ser consciente de haber protagonizado una huelga. Cosa que me habría irritado sobremanera.

De cara al día 21 ya estoy advertido, cosa que se agradece. A mí me gusta ser revolucionario, pero me gusta todavía más que me informen de que lo he sido. Lo que sucede con las revoluciones derivadas del procés, es que te despistas un poco y se te pasan por alto. El 21 de febrero no sucederá. Ese día, mientras esté trabajando, me sentiré orgulloso de estar participando en la huelga.

Es lo que tienen las huelgas a la catalana, también denominadas huelgas procesistas, que son cómodas de seguir. Uno puede hacer huelga desde el propio puesto de trabajo. Si existe el teletrabajo, que es trabajar desde casa, puede existir también la telehuelga, que es seguir la huelga desde el trabajo. Con que a media mañana unas docenas de niños y niñas bloqueen durante media horita una carretera o una vía férrea, ya es suficiente. Pasado este ratito, ellos se van a merendar y el resto, pues como siempre, trabajando, pero por lo menos ese día, mientras trabajamos, sabremos que estamos de huelga y que por la noche TV3 nos hará sentir importantes. ¿Hay algo más fácil que participar en una huelga procesista? Excepto la vida regalada del expresidente que huyó a Bélgica, no se me ocurre nada más.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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