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El farmacólogo Salvador Andreu Grau, que inventó las Pastillas Doctor Andreu contra la tos / CG

El corazón de la probeta (6): los Andreu, endogamia y montaña mágica

Salvador Andreu Grau inventó las Pastillas Doctor Andreu contra la tos, que inundaron los mercados y convirtieron en magnate al farmacéutico conocido popularmente como el 'pastilletes'

06.01.2019 00:00 h.
10 min

En 2004, la película documental titulada Un instante en la vida ajena obtuvo un Goya y fue además el único largometraje español que se proyectó en la 60 edición de la Mostra de Venecia. La cinta había sido confeccionada a base de fragmentos filmados por Madronita Andreu, hija de Salvador Andreu Grau, el farmacólogo inventor de las Pastillas Doctor Andreu contra la tos, que inundaron los mercados y convirtieron en magnate al farmacéutico conocido popularmente como el pastilletes. Entre 1920 y 1980, Madronita reunió una autobiografía en imágenes iniciadas en la casa paterna levantada por el arquitecto Enric Sagnier por encargo del farmacólogo. El rastro de los Andreu sobrevive en la arquitectura y el urbanismo de la alta Barcelona, pero su presencia empresarial terminó en los ochenta, cuando la SA Cros adquirió los Laboratorios Doctor Andreu; poco después, su enorme huella familiar perdió parte de su fulgor con la venta a Mutua General de la Villa Andreu, en el número 17 de la Avenida Tibidabo, frente al apeadero del Tranvía Azul. Aquella operación, broche de una alicaída tercera generación, fue negociada por el entonces presidente de Mutua, el industrial Juan Echevarría Puig, expresidente de Nissan y de Endesa.

Se cerraba un ciclo; era un punto y aparte al que contribuyeron otros, como los Salisachs, con la venta de El frare blanc, otra villa en la misma avenida, o con la reconversión de la emblemática Rotonda por parte de Núñez i Navarro. Los últimos alientos de la vieja burguesía urbana se manifestaban como una renuncia en línea con las grandes permutas de la Finca Güell (Diagonal-Bonanova) y las lentas desinversiones de enormes solares situados al pie del Tibidabo, propiedad de los Andreu. Barcelona había decidido mirar al mar, con apuestas como la Villa Olímpica y el frente marítimo, zonas en las que se produjeron otras permutas, no menos valoradas, como las de Macosa, Maquinista Terrestre y Marítima, Vallehermoso, Ferrer Internacional o el Grupo Titán de Folch-Rusiñol y Corachán

Los Andreu, signo de un pasado brillante, entraban en la diáspora, siempre elegante, de los arruinados ilustres. La casa Andreu, como sucedió con otros palacetes de la ciudad, había sido requisada durante la Guerra Civil, para albergar en ella  el consulado de la URSS, a cuyo cargo los soviéticos pusieron al veterano Vladimir Antonov-Ovseyenko, uno de los dirigentes que atydaron a Trotski en el asalto al palacio de invierno de Petrogrado en Octubre de 1917. Antonov fue destituido de su cargo de cónsul al finalizar la guerra española y encarcelado en el momento de poner los pies en Rusia. Al año siguiente fue condenado a muerte y fusilado como una más de las víctimas de las purgas de Stalin.

Durante la fiebre de compra-ventas inmobiliarias que provocó la inflación de los segundos años ochenta, las villas del Tranvía Azul que conduce al pie del Tibidabo, la montaña mágica, fueron el centro de reuniones, veladas, conciertos de cámara y breves exposiciones de arte contemporáneo celebradas en los salones o bibliotecas de las mansiones. La aristocracia catalana recuperaba el resuello en un momento de protagonismo sutil de las damas, con dos protagonistas como Bibis Salisachs, la esposa de Juan Antonio Samaranch (ex presidente del COI y hombre clave en la designación de Barcelona 92) y Madronita Andreu, la hija camarógrafa del mítico doctor Andreu. Al calor de un paréntesis de bonanza, Barcelona quiso ser la ciudad de interiores en la que la filosofía del tocador impuso sus leyes al estilo del París decimonónico, mezcla de enciclopedistas, músicos y científicos.

A caballo entre el art decó que había embellecido la ciudad y el noucentisme de línea diáfana y esgrafiados, la Villa Andreu despedía el penúltimo gran momento de la ciudad (la Expo del 29) y abría las puertas al olimpismo del 92. La ciudad quiso mostrarse al fin abierta al mar, y lo hizo con el pasado  (la sierra de Collserola) pegado a la nuca. Los Andreu se deshacían de su última raíz, poco después de vender el Tibidabo, el emblemático parque de atracciones de espejos deformantes, casas del horror, autómatas y un avión de cartón piedra, reproducción de aquel Prater vienés amado por escritores como Joseph Roth y Elías Canetti.  

Cerca ya de su abismo empresarial, pero con gran proyección pública gracias a sus contactos co la vieja guardia del INI, Juan Antonio Andreu Bofill utilizó los laboratorios para encaramarse a la presidencia de Farmaindustria, patronal de la probeta. Andreu supo apoyarse en farmacólogos de prestigio, como  los hermanos Gallardo, los Esteve o el mismo Joan Uriach para tender puentes entre Barcelona y Madrid. Su principal apoyo en la capital fue Miguel Ángel Alonso Samaniego, un hombre fiel al régimen con pasado en la División Azul, patrón de los laboratorios Alter y vertebrado por lazos familiares y profesionales con los viticultores Solar de Samaniego. Aquella organización que aglutinaba a lo mejor del sector químico español fue testigo de los desencuentros entre el sabio Pep Esteve Subirana (pionero de sus laboratorios de origen familiar), partidario de blindar las patentes españolas, y Juan Antonio Andreu, un heredero sin interés por la investigación convencido de que recibir a un socio en el golf de Puigcerdà era siempre más rentable que firmar documentos estrictos. Andreu desvalijó lo que quedaba del gran investigador y comercial que fue su abuelo. Liquidó un patrimonio irrepetible al encaminar sus esfuerzos al bien entender de políticos instalados en el lado más oscuro de un Régimen que se caía a trozos. Andreu apostó por Arias Navarro y desempeñó el cargo de jefe de gabinete de Presidencia de Gobierno, con despacho en el mismo Pardo, pero su suerte en los hilos del poder acabó en noviembre del 75.

El nieto del Pastilletes había perdido todo du protagonismo en el mundo farmacológico y concentró sus esfuerzos en Puigcerdà, una zona vacacional de patronos barceloneses con nombres reconocibles en las sociedades limitadas o en las anónimas que funcionan como comanditas de origen y vocación familiar. La casa solariega del pionero Salvador Andreu, Ca l'Aranyó, contenía los solares que su nieto José Antonio vendió a Pepón Vilà Marsans, y sobre los que se había edificado el Real Club de Golf de la Cerdanya, inaugurado en 1929 por Alfonso XIII. La entidad presume todavía hoy de los mejores greens de montaña de la Europa continental, con socios vinculados al mundo de la empresa, como los Daurella, Godó, Bertrand, Godia o Núñez, entre otros. El fin de Laboratorios Doctor Andreu significó también el último capítulo de una enorme fortuna cuarteada por hijos, nietos sobrinos, hermanos y primos.

El documental de Madronita, Un instante en la vida ajena, volcado en la anécdota humana y alejado del laboratorio o de la planta industrial, envuelve la farmacología en el papel cuché y recoge innumerables datos del Legado Klein (apellido del segundo marido de la autora), en el que se incluyen más de novecientas latas de película filmadas en 16 mm, que suponen aproximadamente 150 horas de grabación. El entronque Klein-Andreu dio visibilidad a las estrechas relaciones entre un sector como el de la imagen, tecnológicamente puntero en el mundo, y los altos cargos del Régimen. Sin embargo, tratando de proteger la memoria del pionero, los descendientes de Salvador Andreu han excluido del documental las imágenes que reflejan la amistades de un empresario, como Max Klein, en los círculos de autocracia española uniformada.

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