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El corazón de la probeta (2): de Félix Escalas a Pep Esteve

Solo un sector de la empresa, especialmente los laboratorios, mantiene raíz autóctona y escamas en la piel, gracias a la propiedad familiar que cierra el paso a la sociedad anónima

Félix Escalas, presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona entre 1934 y 1936, y 1954 entre 1963 / CASA LLOTJA DE MAR
09.12.2018 00:00 h.
13 min

Joan Uriach recuerda en sus memorias que él y su amigo Josep (Pep) Esteve, el hijo de Antoni Esteve i Subirana, habían comido moltes farinetes en la difícil universidad de posguerra. Se llamaron a sí mismo la generación silenciada y, con el paso del tiempo, observaron con retranca a sus descendientes de la gauche divine, reunidos en los bares de Tuset o en la barra del Bocaccio. Como buenos científicos, los farmacólogos​ no han dejado de malpensar de los humanistas vocacionales, aureolados en torno a la ficción, a la confabulación política de chambergo y pañuelo de angora, a los paraísos artificiales o a los elixires alotrópicos de uso mundano.

Ellos, los químicos, también flipan; pero por cosas útiles al prójimo, dicen, como cuando Esteve Subirana junto a su compañero investigador Oriol Anguera fueron al Hospital de Sant Pau extrajeron penicilina de la orina de los enfermos a los que se les había aplicado el antibiótico y volvieron a utilizarla. Todo un reciclaje de la medicina de trinchera, parecido a las amputaciones con morfina de segunda mano que practicó el joven Moisés Broggi en el frente del Jarama. Cuando Alexander Fleming vino a Barcelona y le contaron lo que habían hecho con la penicilina extraída de la orina, él no se lo creyó; estaba seguro de que la orina habría destruido las propiedades del medicamento. Oriol Anguera y Esteve Subirana difundieron sus descubrimientos sobre el tratamiento de la sífilis, una enfermedad entonces incurable, en una monografía que Josep Laporte consideró una síntesis definitiva de arsenicales y sulfamidas. Esteve afrontó la investigación para obtener vitamina D por irradiación: el esterosol, que marcaría la vida del laboratorio. Fue un logro similar a los que llevaría a cabo más tarde Puig Muset, digno de la cita de Einstein recogida en las mismas memorias de Uriach: ”Lo más bonito que puede captar nuestra experiencia es el misterio. La emoción fundamental que se encuentra en la cuna del auténtico arte y de la verdadera ciencia".

El bloque farmacológico que perdura en la batuta de la química catalana se forjó en los años más duros de nuestra historia. Hubo un momento en la contienda civil española en que la suerte de los heridos de metralla pasaba por la rebotica que los Esteve tenían en Manresa. Las sulfamidas del alemán Domagk se inventaron en el altillo de la farmacia familiar, gracias al empeño incansable de Esteve Subirana, referencia del cluster español del medicamento. Tras vivir un año en el exilio, se forjó el encanto del hombre invisible, el mejor disfraz para el catalanismo científico al que dedicó su vida. Su hijo Pep Esteve y Joan Uriach estudiaron juntos, asumieron el liderazgo de sus respectivas empresas de laboratorios (la historia de los laboratorios catalanes podría llamarse Esteve versus Uriach) y han competido durante toda su vida para sobrepasar al adversario. Ambos pasaron por la misma experiencia académica y ambos llegaron a ser, en dos ocasiones, los presidentes de Farmaindustria, la patronal del sector, la más amablemente opaca de las organizaciones empresariales españolas.

Ellos han recordado juntos el trolebús andrajoso que les llevaba a la facultad; los andares de goma por el Paseo de Gracia, desde el Términus al Cinc d’Oros; la laca del pavoneo varonil; los bailoteos en el Rigat; el high life de Plaza Cataluña y la amistad de tres inseparables que marcaron un tiempo pedregoso: Luis Miravitlles, Bassegoda y Federico Gallo. Desde los segundos cuarentas y los primeros cincuentas, hasta el desarrollismo de los sesentas, España voló a pesar de la autarquía. El crecimiento cimentado en la paz de los cementerios fue olvidado pronto para dar paso a la aventura del conocimiento, en una economía que se abría al exterior a pesar de los corsés. Las medias tintas de la política, siempre exigida como un diálogo entre colaboracionistas y resistencialistas, no tenía futuro. El conjuro de las Brujas de Munich, la reunión de liberales y demócratas cristianos españoles y la Capuchinada de estudiantes en Sarrià anunciaban el fin del consenso franquista en las clases medias urbanas. García-Valdecasas, otro químico sobresaliente y rector magnífico severamente atacado por las nuevas promociones, emblematizó aquel cambio interior a menudo mal entendido. A la muerte de Pere Puig Muset, investigador incansable y brillante fundador de los laboratorios Pevya, Valdecasas, hijo de un magistrado del Tribunal Superior de Justicia, leyó el obituario del gran farmacólogo que había atravesado por delante de todos las puertas de la modernidad. Valdecasas mostró aquel día su talante liberal en la Real Academia de Farmacia de Cataluña, al destacar al maestro Puig Muset, que había ocupado la presidencia de la Sociedad Catalana de Farmacología. Los científicos cerraban, de puertas adentro, una herida que tardaría años en restañar en la calle.

La peripecia intelectual y humana de la tribu de Esteve Subirana fue un claro antecedente en la adolescencia de Joan Uriach, la figura que hoy ocupa el centro de la endogamia farmacológica catalana. Los Uriach vivieron en el edificio de Diagonal-Tuset que fue demolido y reconstruido para convertirse en sede de Habitat (obra del Alfonso Milà y Federico Correa), la inmobiliaria fundada por Josep Maria Figueras, expresidente de la Cámara de Comercio de Barcelona. Enfrente y en el lado mar de la misma arteria, preexistieron hasta casi ayer las farmacias Bofill y Surinyac, donde se fabricaba a escala menestral el Bismuto Surinyac, una suerte de mejunje curalotodo de éxito clamoroso en los tiempos de la alquimia inofensiva del azúcar y el anís. En el mismo rellano del edificio vivían los Daurella, comercializadores del Sandaru, que más tarde se hicieron con la representación de Coca-Cola; y el último piso del inmueble fue el domicilio de Félix Escalas y Chamení, empresario, naviero y financiero, que en los últimos años de la II República fue Gobernador General de Cataluña. Es bien conocido que Escalas fue condenado a muerte por Franco tras la entrada de los nacionales en Barcelona y posteriomente indultado por el propio caudillo, al enterarse de que un hijo del industrial había sido uno de los héroes del Baleares, buque insignia de la flota nacional.

Su sombra se proyectó sobre la Barcelona de imaginería y el arte. Licenciado en derecho, pasante de Ildefonso Sunyol y afiliado a la Lliga Regionalista de Cambó, se inició pronto en las finanzas hasta presidir el Banco Urquijo, brazo líquido de la expansión de compañías como Catalana de Gas o Hidroeléctrica de Cataluña. Puso orden en la Maquinista Terrestre y Marítima de la mano del entonces joven ingeniero Pere Duran Farell, el empresario que sin duda representó la excelencia a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado. Creó el Servicio de Estudios del Urquijo, el think tank económico de referencia en aquellos años, y le encargó su dirección a Ramon Trias Fargas. Presidió la Cámara de Comercio de Barcelona y dio los primeros pasos de su fusión con la Cámara de Industria, una operación que culminaría más tarde, en 1966, de la mano de Andreu Ribera Rovira. La unión de las dos corporaciones maridó el comercio emergente con los sectores industriales que tomaban el relevo del textil, como el metalúrgico y el químico; significó el fin del proteccionismo arancelario y el inicio palpitante de la Cataluña librecambista.

El contacto con Escalas y Chamaní dejó una huella intensa en los Uriach, que la expandieron en el resto de laboratorios entonces emergentes, los Prodesfarma (Vila-Casas), Esteve, Almirall (Gallardo) o Andrómaco (Fernando Rubió i Tudurí). En la Cataluña que iba de una transición a otra, dejándose plumas por el camino, Escalas, de origen mallorquín, significó la autoafirmación y la complacencia: el deseo de mantener en alto los logros de una industria volcada en el invención aunque vencida por los sectores reptantes, como el inmobiliario, el turístico y el cementero; y paralelamente la aceptación de una realidad política que se prolongaría hasta la Transición.

En la enseñanza, el país del catalanismo burgués pasaba de la Blanquerna republicana de los Galí, Badia Margarit, Mercé Varela, Bassols, Dexeus, Vila-Abadal, Trias de Bes, Cirici Pellicer, etc. a la Virtèlia resistencial de los Roca, Bofill, Figueras, Sunyol, etc. Desde entonces, las universidades han puesto en pie la diversificación masiva, el arte ha dado zarpazos intermitentes pero de auténtica revalida internacional (Dau al Set, Llimona, Plensa, Macba), la cultura ha permeabilizado las tangentes internacionales y se mundializado. Solo un sector de la empresa, especialmente los laboratorios, mantiene raíz autóctona y escamas en la piel, gracias a la propiedad familiar que cierra el paso a la sociedad anónima y al descuento público de los mercados de valores. A excepción de Almirall, la compañía original de los Gallardo que cotiza en Bolsa, los laboratorios siguen siendo privadísimos desde el punto de vista de la gestión. El espíritu expansivo de Escalas y Chamení y la experiencia de crecimiento exponencial y fusiones, dejada en otros ámbitos por hombres como Josep Vilarasau (Las Caixa), Pere Duran (Gas Natural) o Antoni Brufau (Repsol), no ha calado en la actividad de la probeta, medio científica, medio económica. Al margen del tamaño, las particularismos te hacen genuino, como les ocurrió a los Esteve del comienzo, que “necesitábamos alcohol y azúcar para hacer el Cesterol” (decía Pep Esteve con sorna); pero la invención para crecer precisa economías de escala que solo llegan con los recursos propios de un gran accionariado.

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