Menú Buscar
Los hermanos Antonio y Jorge Gallardo, al frente de la farmacéutica Almirall / EFE

Almirall, la fortaleza de los Gallardo

La farmacéutica con sede en Barcelona remonta tras una década perdida en la que se ha dejado buena parte de su capitalización bursátil

16.09.2018 00:00 h.
8 min

Fue en noviembre del 2015 cuando, en un acto celebrado en el Cercle d’Economia, Jordi Gallardo, el número uno de Almirall, lanzó su perfil para para pronunciar aquella frase que se hizo célebre: "Nadie puede darme lecciones de catalanidad, después de 73 años de existencia de nuestros laboratorios, creando empleo de calidad y pagando nuestros impuestos en Cataluña". Ahora, dentro de pocos días, el próximo 27 de setiembre, el vicepresidente de Almirall volverá a un foro de opinión, esta vez Empresaris de Catalunya, para intercambiar argumentos con operadores y destacados académicos. El repliegue defensivo del mundo industrial sobre la seguridad regulatoria es el gran argumento, que ni entra ni sale del discurso independentista, pero que pugna por mantener incontaminado el entorno institucional de fábricas, laboratorios y centros de excelencia.

El 2015 está escrito en sangre en el tablón de Almirall. El valor se derrumbó en bolsa, como proemio a la salida forzosa del Ceo, Eduardo Sánchez, enmarcado en argumentos que defendían la prominencia de lo industrial sobre lo financiero. Este último había cogido el cargo que rechazó Carlos Gallardo, hijo de Jordi. La continuidad de la saga estaba en entredicho, pero después de los ejercicios de la crisis, el buque insignia de los laboratorios sigue surcando mercados. El sector farmacéutico de capital autóctono tiene una implantación muy seria en nuestro país desde que, a mediados del XIX, cuando la SA Cross puso en marcha el cracking del petróleo, que daría lugar a los derivados, como los polímeros, la farmacopea moderna y la llamada química fina. Los emblemas del sector mantienen sus velas al viento: Uriach (la del veterano doctor Biodramina); Ferrer Internacional (con Sergio Ferrer Salat al frente y en memoria del pionero, Carlos Ferrer Salat, el empresario catalán más influyente de la pasada centuria); Esteve, bajo la sombra alargada de mítico Pep Esteve; la Grifols de Víctor Grífols o los restos del pasado colosal de Andrómaco, creada por Fernando Rubió i Tudurí . Y entre todos ellos, incluidas las compañías que se han quedado en el tintero, destaca la Almirall de los Gallardo, que un día pasó a llamarse Almirall Prodesfarma, en recuerdo de Antoni Vila Casas, un pionero que vendió para incrustarse en el mundo del mecenazgo y del arte contemporáneo.

Los Gallardo tuvieron también su pionero, Antonio Gallardo, padre de los actuales accionistas y farmacéutico de botica, la Farmacia Gallardo que sigue enclavada en Pau Claris esquina Gran Vía, una de las reliquias del modernismo de interiores, en el corazón de Barcelona. Gallardo padre montó los incipientes laboratorios en un tiempo de proteccionismo comercial y precios intervenidos, producto de la autarquía. Perteneció a Fomento del Trabajo Nacional, la gran patronal catalana, y vivió el entrismo de los Ferrer Salat, Carlos Güell de Sentmenat o José Felipe Bertrán de Caralt, que habrían de democratizar el mundo patronal de entonces, todavía vinculado al sindicato vertical del antiguo régimen.

Hace tres años, el 70% de Almirall que poseen los Gallardo y su socio histórico Daniel Bravo valía en bolsa más de 1.900 millones, mientras hoy la capitalización ha caído a la mitad. Ahora, en el último año de la década funesta que empezó con el hundimiento de Lehman Brothers, somos más conscientes que nunca de que los mercados descuentan el entorno con radicalidad. Lo saben los hermanos Gallardo, Jordi y Antonio, vicepresidente ejecutivo y chairman. A ellos dos, los fondos les pasaron factura, en términos de credibilidad estrictamente financiera, a partir de la regularización de 113 millones de euros, depositados en Suiza, durante la amnistía fiscal de Montoro.

Almirall, el laboratorio que hizo del Almax su bandera, dio un giro estratégico al desprenderse de su ramade respiratorio concentrada en AstraZeneca, para volver al core business, el área de dermatología. Era un paso más en la apuesta de penetración del mercado norteamericano, un mundo más y más impenetrable por las trabas indirectas y la impensable arbitrariedad del regulador más exigente del planeta. 2016 fue un año de percances en el crecimiento del negocio. El primero de ellos fue la apuesta fallida de la compra de la división dermatológica de Bayer. Además, los problemas hospitalarios del genérico Acticlate chocaron frontalmente con el Programa Asistencial de Pacientes ingresados en EEUU, otra forma de blindar el mercado interior, aplicado desde la dudosa legalidad del proteccionismo del Gobierno americano, incrementado exponencialmente ahora por Trump. Entre 2016 y 2017, la cotización de Almirall en la bolsa española era incapaz de sostenerse.

La empresa había salido a cotización en 2007, con el lanzamiento del 27% del capital. En el repique de campanas sobre el parqué, Almirall valía 2.300 millones y los accionistas históricos hicieron su agosto financiero, como suele ser habitual en la ofertas públicas de venta (OPV): los hermanos Gallardo ingresaron 460 millones y su socio minoritario, Daniel Bravo Andreu, otros 60. La actividad de los Gallardo al margen de los laboratorios se encontraba bastantes diversificada. Como grupo patrimonial, los accionistas mayoritarios de Almirall controlan el family office Landon, propietario de importantes activos inmobiliarios y del 48% de la cadena hotelera Sercotel. También poseen el 80% del grupo hospitalario Vithas, segundo en España en el ranking de medicina privada, que actualmente está encuadrado en Criteria Caixa Corp, la holding del Grupo La Caixa.

Antes de atravesar totalmente la década perdida, en noviembre de 2016 Almirall negoció con los sindicatos un ERE de 102 trabajadores. En diciembre del mismo año, los beneficios habían caído casi un 45%. Hoy, la empresa remonta para seguir portando el tótem de los laboratorios españoles. Hoy recorta las abultadas pérdidas de 2017. Sus gestores han aprendido que los fondos de inversión internacionales son los primeros en abandonar el barco cuando hay marejada. Las compañías llamadas a ser transatlánticas sostienen el oleaje a base de recursos propios en pocas manos y acompañados de la inversión institucional (grandes bancos) que tienen en sus consejos de administración a los accionistas y gestores de las empresas participadas. La base patrimonial de un negocio nunca es proporcional a la trayectoria de los ingresos. El Grupo Gallardo desparramó parte de sus intereses en el entronque entre una hija de Jordi (Susana Gallardo) y el ex accionista de Pronovias, Alberto Palatchi. Poco después de su separación, Palatchi vendió su negocio, con un retorno limpio de 500 millones, lo que muestra el flanco débil de las dinastías crecidas a golpe de gentilicio.

Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información