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El corazón de la probeta (1): de Joan Uriach Feliu a Pere Puig Muset

La industria farmacéutica catalana de origen familiar germinó con fuerza en el siglo XIX y hoy aún resiste a la colonización de las multinacionales

Joan Uriach Feliu y Pere Puig Muset
02.12.2018 00:00 h.
9 min

El brazo químico de la industria catalana rompe todos los récords con los laboratorios farmacéuticos de origen familiar. Es el dominio de los Esteve, Ferrer-SalatUriach, Rubió, Maragall, Grífols, Gallardo, Vila-Casas, Puig Muset o Ylla-Català entre otros antecedentes de los patronos actuales de tercera y cuarta generación, hacedores del catalán power. El empuje de los pioneros sostiene todavía hoy a las marcas autóctonas, frente a la colonización de las multinacionales.

Durante una centuria, el sector germinó en figuras como la de Joan Uriach Feliu --el bisabuelo del actual Joan Uriach--, un adroguer del  barrio del Born de Barcelona en pleno ochocientos. Cuando todavía las pandemias azotaban a los grandes centros urbanos, Uriach Feliu salvó sus huesos gracias a un pastor y curandero de Darnius (Figueras), que le trató siguiendo el consejo de Bartolomé Robert, el archiconocido Doctor Robert, aquel médico de familia que fue alcalde de Barcelona y figura prominente del regeneracionismo catalán. La ciencia y la tradición, como la farmacopea y la alquimia, fueron los binomios que levantaron lo mejor del brazo industrial, un mundo hecho de principios activos y difusión.

El esplendor de la probeta llegó a mediados del siglo pasado, un momento en el que el escenario de la investigación fue entubado por la farmacopolítica de Jordi Pujol (como médico de carrera, sus comienzos tuvieron lugar en la empresa de laboratorios Cuatrecasas). Pujol creía fielmente en aquel principio tantas veces explotado por el exconsejero de Sanitat Josep Laporte: “La higiene y la farmacopea han salvado a la humanidad”. Eran los años de Els fets del Palau, que acabaron con Pujol en la cárcel, después de un consejo de guerra. El Antiguo Régimen se iba demoliendo por dentro con la ruptura del consenso de las clases medias, que acompasaban la expansión de nuevos mercados abiertos. Coincidió con el momento de la aparición de la revista Industria farmacéutica, cuyos patrocinadores --Puig Muset, Massons, Jordi Maragall Noble (el padre de Pasqual Maragall) o Francesc Donada-- quisieron presentar la publicación especializada a a las autoridades del régimen para difundir en la instancia política los problemas del sector.

Uno de los amigos íntimos del expresident de la Generalitat era entonces Joan Uriach i Marsal, actual chairman de los laboratorios familiares, quien recuerda en sus memorias (Doctor Biodramina, Ed 62, un trajabo riguroso editado por Genís Sinca) aquella etapa de oposición silenciosa, con la neutralidad de una Europa débil, marcada por el resistencialismo antifascista, una vez derrotados Hitler y Mussolini. Fueron también los años de Perpignan, con el cine prohibido de Mourir à Madrid, antecedente sacrílego de El último tango (del mejor Bertolucci, recién fallecido en este frío otoño) o L’empire du sens (Kurosava). La publicación Industria farmacéutica nunca llegó al Pardo y pronto fue sustituida por la creación de una bienal del sector, celebrada en Barcelona en 1963, con la participación del resto de laboratorios españoles, con sede en Madrid, como Ivis, Gayoso, Alter o los laboratorios de Juan Abelló, el gran industrial del grupo Antibióticos, que acompañó más tarde a Mario Conde en la captura de Banesto.

El desarrollo científico de los laboratorios tuvo de referencia a Pere Puig Muset (accionista absoluto de Pevya) por sus investigaciones sobre la vitamina E, con descubrimiento como la quimotripsina que hizo famoso mundialmente al oftalmólogo Joaquín Barraquer, que utilizaba este fármaco en sus operaciones de cataratas. De las probetras de Muset salieron también los derivados que combatieron la tuberculosis, expandida en los años de la Guerra Civil, una enfermedad que apenas pudo curarse con la hepatocalasa de Puig Muset. Fue el medicamento mágico que salvó a enfermos ilustres de nuestras letras, como Josep Maria Castellet o Manuel Sacristán, pacientes del Sanatorio de Puigdolena, auténtico homólogo catalán de la estación alpina de Davos, en La montaña mágica de Thomas Mann.

La peripecia profesional de Puig Muset quedó reflejada en una libro biográfico de difusión limitada en el que participaron García-Valdecasas, Oriol i Anguera, Josep Antoni Salvà i Miquel o el científico de la NASA Joan Oró. Puig Muset, investigador puro, fue profesor de la Facultad de Química de la UAB con un influencia en varias generaciones de alumnos. De aquel enclave salieron nuevas propuestas como el Instituto Químico de Sarrià o la misma Sociedad Catalana de Farmacología, que presidió el propio Muset. La ciencia jugó en su cabeza de línea divisoria entre la ideología y la investigación. Su enorme amistad con García-Valdecasas, el rector franquista de la universidad encendida de los setentas, transitó por el lado de la investigación, como le ocurrió asimismo con el doctor Salvador Moncada, un farmacólogo salvadoreño que años más tarde se afilió como guerrillero al Frente Farabundo Martí, hasta su entrada victoriosa en San Salvador en 1992.

 A lo largo de su vida, la comunidad científica, poco dada al halago, fue arrodillándose ante el reconocido Puig Muset. El mismo Josep Trueta, el exiliado que pasó la Segunda Guerra Mundial como coordinador sanitario del gran Londres, nombrado por Churchill, recibió de Puig Muset el uso de su  laboratorio en la España nacional. El regreso del exilio no fue fácil para Trueta; propuesto para el Nobel de medicina por la comunidad científica, pero vetado por el hombre cercano al régimen y encargado de gestionar los primeros escarceos de la apertura: Salvador de Madariaga.

El recuerdo de Puig Muset se ha ido perdiendo en la desmemoria de un tiempo enfermo de novedad. Pero los mejores farmacólogos catalanes lo reconocen como su maestro. Uno de ellos, Antoni Esteve Subirana (pionero de Laboratorios Esteve) repitió muchas veces que él era un empresario-científico invisible. Siguiendo el hilo de la discreción ganada con esfuerzo, Esteve tildó a los Uriach de silenciosos y reservó el calificativo de mudo para Puig Muset.

Con la ciencia como colofón, podemos decir que la investigación resuelve a veces por pura insistencia. Con la cuarta generación de los Uriach al frente del negocio familiar, el veterano Joan Uriach, el Doctor Biodramina de sus memorias, recuerda las numerosas peticiones de vecinos, pacientes y amigos que se mareaban en los cruceros o en los dulces viajes a la isla de Mallorca. De esta inquietud, aparentemente baladí, nació el mejor remedio para los millones de seres humanos que sufren vértigos. Joan Uriach i Marsal dice con sorna prescriptiva que tiene ciento setenta y tres años, porque, aunque nació en 1919, su edad es la de una farmacia creada por sus bisabuelos, en 1838.

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