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Miguel Durán: “La burguesía catalana se ha disparado en los genitales”

El abogado, ex director general de la ONCE, señala en ‘Lo que hay que ver’ cómo Jordi Pujol manejaba Cataluña como un reino

26.05.2019 00:00 h.
20 min

Lo que hay que ver

Miguel Durán (Badajoz, 1955) ejerce de abogado, como socio, junto con su sobrino, del bufete Durán&Durán. Acaba de publicar Lo que hay que ver, memorias de un ciego que se impuso a todas las adversidades (Península), una autobiografía en la que repasa lo que ha ocurrido en España y Cataluña en los últimos treinta años. Y de ello habla en esta entrevista con Crónica Global, con la convicción de que ni los gobiernos españoles han sido responsables ni la burguesía catalana. Para Durán, exdirector general de la ONCE, expresidente de Telecinco y hombre influyente durante décadas, “la burguesía catalana se ha disparado en los genitales”, al considerar que no quiso parar el movimiento independentista cuando pudo, y que a toda la clase política conectada con esa burguesía la cuestión se les fue de las manos. Durán escucha con atención y mide sus palabras. Sabe lo que quiere decir y pide que no se busque una matización o una expresión que pueda suavizar lo que ha mantenido. Durán tiene claro lo que ha pasado en Cataluña, pero no sólo en los últimos cinco años, sino desde los años ochenta, con Jordi Pujol, como dueño “de un reinado”.

--Pregunta: ¿Es usted de los primeros empresarios que percibe que en Cataluña se puede hacer negocios si se contribuía a lo que se llamaría después el 3%, la financiación de Convergència? En el libro explica varias entrevistas con el hijo mayor de Jordi Pujol para que la Generalitat no pusiera trabas a una empresa de juegos, Recreativos Franco.

--Respuesta: Yo percibí con toda nitidez que en Cataluña no se jugaba limpio, sin poderlo comprobar. Entendí que había un sustrato de corrupción, sin pruebas de orden judicial, pero sí ontológicas, de que si no pasabas por ventanilla era complicado hacer nada. Tuve dos entrevistas con Jordi Pujol junior. Yo lo que le planteaba eran cosas legales, si se quería más implantación del grupo en Cataluña, con la posibilidad de fabricar aquí. "Eso se podía estudiar". Pero cuando llegó el momento de la verdad, lo que me dijo Jordi Pujol junior es que había una determinada forma de hacer, pero que lo quería hablar con otro, con Joaquín Franco, que no quiso entrar en nada extraño. Yo tuve esa evidencia. Fueron dos entrevistas, en octubre de 1995 y el 1 de noviembre de 1995, y también tuve una entrevista con Jordi Pujol.

--¿Y qué ocurrió?

--Me dicen que quien tenía que tomar decisiones era esa persona, es lo que se me hacía llegar. Y yo no he tenido nunca miedo de afrontar ninguna situación. Lo comenté a Joaquín Franco y él me dijo que lo fuera a ver, con cuidado, siempre sin traspasar la legalidad. Yo era su representante en la tierra, por decirlo así.

--Pero es una persona, Jordi Pujol 'junior', que no forma parte del Govern.

--Sí, pero es importante el contexto. Se iban a convocar elecciones, que fueron el 19 de noviembre de 1995. Hay que pensar que en Cataluña, mediáticamente y en relación al poder establecido, había una política de omertá y, al margen de algunos picotazos entre partidos políticos, no se movía nada. La prueba es que hasta la frase sobre el 3% de Pasqual Maragall, en 2005, hasta ese momento, el PSC no exhibió ese arma y la tenía desde hacía mucho tiempo. E incluso, cuando Artur Mas hizo alarde de hacer cosas más duras, Maragall casi lo retiró. En 1995, si hacías determinadas cosas, te machacaban, te podías dar por jodido. Era así. En Madrid se han vivido cosas, no podemos decir que las instituciones sean santas, pero aquí en Cataluña esto ha sido un reinado casi absoluto.

--¿Por división de papeles o por miedo de una parte del PSC?

--Por las dos cosas. Por un reparto tácito, con un bipartidismo claro, durante los años ochenta y noventa. La Generalitat era de un color, y Barcelona y el área metropolitana de otro, y la Cataluña profunda estaba un poco repartida. Pero lo que ocurrió es que Pujol diseñó una política inteligente de coparlo todo y ha derivado ahora en una sociedad dividida. Ellos, los nacionalistas, han hecho su política, pero también hemos llegado hasta aquí por la imbecilidad de dirigentes de Madrid, en el primer gobierno de Rodríguez Zapatero y por la absoluta inactividad e inacción de Mariano Rajoy. Por eso estamos así. Lo de José María Aznar, con lo del catalán en la intimidad, es una anécdota, pero no lo es el pacto del Majestic​ ni lo que se derivó de ahí.

--¿Se pudo percibir realmente lo que se aproximaba?

--Yo no lo vi, no lo percibí. Sería presuntuoso decir que lo sabía. Esa política de ir inoculando el independentismo, a pequeñas dosis, pero en el tejido social y en los centros neurálgicos sin que nadie se diera cuenta, conquistando la educación, como un compartimento estanco de adoctrinamiento, no se vio como problema. Pero sí vi la tontería de Rodríguez Zapatero, cuando le quitó la espoleta a la bomba de relojería de la reforma del Estatut, que ni los nacionalistas querían. Yo se lo dije entonces a Alicia Sánchez Camacho, presidenta del PP en Cataluña, y ella lo sabe. Le dije que una parte de la sociedad catalana estaba desamparada. Algunos lo vimos. Mientras se inyectaba dinero a la ANC y a Òmnium Cultural y a todo el corifeo mediático, desde Madrid nadie se enteraba. Es de una imbecilidad política increíble. Estamos donde estamos por los fallos garrafales que se han tenido en Madrid y aquí.

--Con la relación que usted ha tenido y tiene con los empresarios catalanes, ¿qué cree que ha pasado, que no pudieron o que no quisieron parar el procés porque les podía ir bien en el fondo?

--El empresariado catalán se ha movido entre una gran dosis de miedo, porque eso existe, ha existido y existe, en Cataluña. Un miedo abstracto, que no se concreta muy bien en algo. He tenido conversaciones con altos directivos de entidades financieras que me decían que también tenían clientes a favor del procés. Y yo les decía que de acuerdo, pero que tenían que tomar decisiones. Y éstas sólo se toman y con los dientes apretados, cuando tras el 1 de octubre de 2017 se ven en la necesidad de mover los domicilios fiscales, las sedes, por un riesgo evidente, y no sólo por sus clientes. La burguesía catalana no se ha tirado un tiro en el pie, sino que se ha disparado en los genitales, porque se ha quedado inútil para toda la vida. La burguesía catalana, que defendía el espacio del centroderecha, se ha quedado sin referencias. ¿Quién la representa? ¿Ciudadanos? No estoy seguro de eso, porque hay un centro-derecha catalán, catalanista, que está muy bien que sea así, que no se siente representando, ni con el PP, ni con Ciudadanos o Vox, ni con el esperpento que significa Quim Torra, ni en Waterloo, ni en la figura de Oriol Junqueras, ni en nadie.

Retrato de Miguel Durán después de la entrevista en Crónica Global / LENA PRIETO

Miguel Durán, entrevistado en 'Crónica Global' / LENA PRIETO 

--¿Esa burguesía catalana existe?

--Claro que existe, ¡hay dinero para aburrir! Pero insisto, ¿se siente representada por esa ley limitadora de los alquileres, por el actual Govern? ¿Quién la representa? ¿Qué hicieron los de Unió Democràtica sin saltar a tiempo del tren cuando se despeñaba por el desfiladero?

--Precisamente, usted explica una anécdota sobre la jura de la bandera española, que el ministro de Defensa español le facilita y que le causa una bronca de las juventudes de Unió. Josep Antoni Duran i Lleida le dice que no se preocupe, que ni caso. ¿Pero Duran no vio que eso pasaba en su propio partido, que se empezaba a encauzar un movimiento independentista? 

--Sí, claro que eso tenía su importancia, porque cuando la sociedad va transformando sus valores, poco a poco, te das cuenta que se ha vuelto del revés lo esencial, lo que vertebra las estructuras. Yo alguna vez se lo he recordado a Duran, le he dicho que era una pena que no se bajara antes del tren, porque podía haber representado eso que decía antes. Me decía que era muy difícil, y ya sé que era difícil, pero en política las cosas suelen ser buenas cuando son difíciles. Y ahora no ha quedado nada.

--La burguesía, esos directivos a los que aludía antes, ¿no expresaban, en realidad, una simpatía difícil de confesar sobre el movimiento independentista? 

--No sólo había simpatía, en no pocos de ellos, no sólo. Algunos y no escasos, se han deslumbrado con un discurso en el que se decía que si lo conseguimos --el proceso independentista-- el poder lo vamos a ejercer desde aquí. Se han sentido deslumbrados por eso. Y algunos han pensado que tal vez el proceso independentista no iba a culminar, pero que, a cambio, algo se podría conseguir. Es la estrategia clásica desde Francesc Cambó y Prat de la Riba. Y no pensaron que se montaban en un tigre que tenía el rabo incendiado, y lo que ha pasado es que se les ha ido de las manos. No han tenido valor para coger a esos señores y decir que no iban a acompañarlos. Que de aquí para allá, basta, que no se iba a avanzar más. No cogieron a Artur Mas en 2014, y le dijeron, por ejemplo, que hasta el cupo vasco le podían acompañar, pero no más adelante. No han tenido el valor para parar. Es una burguesía que se merece lo que tiene ahora. Pero no olvidemos una cosa, y es que el rico, aguanta. Pero el que no lo es, se lo cree, se lo quiere creer, y sigue hacia adelante con el procés.

--Por tanto, esos no van a sufrir tanto, pero ¿sí las pequeñas o medianas empresas que se han identificado tanto con el procés?

--Sin duda, seguro. En el reparto de bofetadas veremos qué le toca a cada cual. Nosotros le hemos plantado cara a este desatino, y ya tenemos nuestra dosis de penalidad. No sé qué pasará, pero en Madrid no se han enterado ni se enteran, porque, incluso los que no somos independentistas, valoramos que el café para todos podía ser una buena fórmula a finales de los setenta pero ahora muchos de esos no independentistas no compran ya ese mensaje. Cuando decimos eso algunos en Madrid nos miran con cara extraña, y ni tan sólo quieren escuchar nada sobre hechos diferenciales catalanes. Y eso es peligroso.

--Pueden pagar justos por pecadores.

--Si, te llaman independentista, que para mí es como mentarme a mi madre, y cuando dices que no se puede caer en el despeñadero, te dicen que eres de una raza inferior, como ha dicho Quim Torra. Estamos como atrapados entre dos frentes.

--Usted, un hombre ligado a los medios de comunicación, con el impulso de Telecinco, en su momento, ¿cree que ese ha sido el problema en Cataluña, la falta de medios independientes y eficaces? 

--Yo esto lo expliqué a algunas personas importantes de Madrid en 2012. Lo dije a algunos dirigentes del PP. Cuando apareció el editorial conjunto de los medios catalanes ya se tenía que haber prestado mucha atención. La responsable de comunicación con el Gobierno del PP, Carmen Martínez Castro, no sé qué política mediática llevaba, pero no han olido nada. Cuando nos dieron la concesión televisiva de Telecinco en 1989, Jordi Pujol comenzó a decir que debíamos emitir algunas horas en catalán. Y yo me presté, siempre que se pagara por ello, porque era una televisión comercial. Se me criticó mucho por decirlo. ¡Puñetas!, éramos una televisión comercial, de éxito, de audiencia y económica. Aquí, en cambio, en Cataluña se ha subvencionado todo lo que se podía, con generosidad y el Gobierno central ni se enteraba. Zapatero no es que no se enterara, es que como estaba contando nubes.... Además, le iba la marcha. Pero Rajoy no se enteraba, no se enteraba ni de que le iban a arrebatar el Gobierno, con el magistrado De Prada, manipulando la pieza principal de Gürtel, como algunos ya le habíamos explicado.

Miguel Durán durante la entrevista en Crónica Global / LENA PRIETO

Miguel Durán, entrevistado en 'Crónica Global' / LENA PRIETO 

--¿Confiaron demasiado en ellos mismos?

-No es un problema de confianza, es de inacción, de cobardía, de no querer enterarse. Todos podemos tener tendencia a rehuir los problemas, a aplazarlos, eso está muy estudiado. Pero cuando eres presidente del Gobierno... Rajoy se merece sobradamente lo que le ha pasado. Rajoy no gana las elecciones en 2011, las pierde Zapatero, pero tiene un poder enorme, con una mayoría absoluta, con 186 diputados, con una mayoría absolutísima en el Senado, con diputaciones, después de decir justo 24 horas antes que no servían para nada. Es un presidente que no es capaz de ver que Artur Mas se va a meter en un referéndum, y que no resucita el tipo penal para impedir el referéndum que Zapatero había eliminado. No lo hace a través de una ley orgánica, utilizando la mayoría absoluta que tenía. Artur Mas no se hubiera atrevido a realizar el 9N, ni el referéndum posterior. A Zapatero no le tembló la mano al llegar a la presidencia, con la retirada de las tropas de Irak, por ejemplo. Este gran registrador, Rajoy, ha sido un pésimo gobernante. Y Soraya Sáenz de Santamaría pasó de querer dialogar a no enterarse, a pesar de mandar en el CNI, de la huida de Puigdemont.

--¿Qué le interesa a los empresarios de Madrid, respecto a la política, un PP que se aguante, influir en el PSOE, o apoyar definitivamente a Ciudadanos?

--Yo creo que, por lo que conozco, no se ha planteado ni lo que quiere ser de mayor. Se dice que la política está controlada por los poderes económicos. Pero no creo que sea así. Desde el punto de vista de la vertebración nacional, es igual que la política, igual de mediocre, muestra su incapacidad de poner las luces largas. Los empresarios americanos lo tienen más claro, y los lobistas de Bruselas también, aunque les saliera un David Cameron. Y los españoles están asistiendo impotentes e impasibles a lo que está sucediendo. 

--¿No cree que quieren un PSOE apoyado puntualmente por Ciudadanos o PP?

--No veo que Albert Rivera haga caso a los empresarios. Yo apostaría por esa fórmula, claro, antes que dejar a Pedro Sánchez a su aire, pero no estoy seguro que Sánchez quisiera una coalición de ese tipo, con Ciudadanos. Le ha cogido gusto a eso de la geometría variable, y está jugando a eso. Rivera podría jugar a garantizarle que no le echaría en manos de Podemos a la mínima. Pero no sé si se mueven en ese sentido. Los sindicatos actúan más, y tanto José María Álvarez (UGT) como Unai Sordo (CCOO) están tratando de tener más comunicación con Pedro Sánchez que Antonio Garamendi (CEOE) con el presidente, por ejemplo.

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