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Miquel Ramos, antes de la entrevista con Crónica Global / LUIS MIGUEL AÑÓN (CG)

Miquel Ramos: “La extrema derecha quiere normalizar que hay colectivos sin derechos”

El periodista, autor del libro 'Antifascistas', critica la 'estrategia del victimismo del privilegiado' que se siente amenazado por el feminismo, el movimiento LGTBI o los inmigrantes

16 min

Miquel Ramos (Valencia, 1979) analiza en Antifascistas (Capitán Swing) la evolución de la extrema derecha desde los años 90 y de la lucha de grupos antisfascistas por evitar que determinados discursos de odio se normalicen en la sociedad española.

En una entrevista con Crónica Global, el periodista, experto en movimientos sociales, se refiere a la 'estrategia del victimismo del privilegiado', que se siente amenazado por la reclamación de derechos de colectivos como el feminista, el LGTBI o el inmigrante.

--Pregunta: El libro arranca en los 90 con el auge de movimientos neonazis. La muerte de Lucrecia en Madrid, de Sonia en Barcelona. ¿Qué llevaba un joven de entonces a militar en esos movimientos?

--Respuesta: La extrema derecha en España una vez muere el dictador, hay una parte que sigue reivindicando el legado del franquismo. Otra sigue en las estructuras del Estado al no haber depuración de elementos reaccionarios. La judicatura sigue en determinadas estructuras. Y por otro lado, empieza llegar un perfil de la extrema derecha muy similar al resto del mundo. El que empieza con los grupos neonazis y los ultras en el futbol. En una generación que no ha vivido la Transición, no ha vivido el franquismo, tiene cierta seducción, basada en elementos más allá de la ideología. De grupo, de formar parte de algo. Si le das un corpus ideológico, si le das una justificación para ejercer esa violencia, surgen grupos capaces de atacar a colectivos porque los consideran personas sin valor. Por muy aspecto de tribu urbana que tenga, hay una política detrás, hay una construcción ideológica. El nazismo no fue un movimiento pandillero, fue una ideología.

--En su momento, los periodistas debatimos si se debía dar cobertura a determinados movimientos, les encantaba aparecer en los medios.

--Desde el periodismo siempre se ha mantenido esta duda, cómo tratar a la extrema derecha, cuando en aquel momento no estaba en aquellas instituciones. Sin embargo, ejercían una violencia brutal y por mucho que los medios no hablaran de ellos, se sabía que existían. Fue a partir de determinados crímenes muy mediáticos, como el de Sonia, Lucrecia, Guillem Agulló y otros que vinieron después, la prensa no pudo dejar de hablar de un fenómeno que había sido denunciado, pero que todavía se le trataba como violencia urbana, delincuencia juvenil. La pregunta que se plantea entonces el periodista no es si habla de ello, sino cómo. Obviamente, si se pasa todo por un tamiz sensacionalista, no se va a la raíz del asunto, de dónde viene esta gente, de dónde bebe este odio. Es importante contextualizar para explicar la ejecución de esos crímenes. Luego la extrema derecha evoluciona, ya no se dedica solo a dar palizas, intenta disfrazarse de demócrata, Claro que hay que hablar de ella, es problema es saber hablar sin hacer propaganda y sin mitificarlo. Es verdad que algunas veces, queriendo denunciar, se produce un efecto de seducción, de aura de maldad. La actitud del malote. Uno debe ser responsable de los que hace y de lo que escribe.

--Contextualizas en tu libro y explicas el origen. ¿Pero cómo ha evolucionado? La presencia de Vox en las instituciones parte de aquellos años?

--La extrema derecha es plural, es diversa. Igual que la izquierda. Y el fenómeno Vox surge en un momento determinado en que todas esas opciones políticas han fracasado. Ha habido otros intentos similares que no consiguieron el éxito de Vox, a excepción de Plataforma per Catalunya, que consiguió 67 concejales, el mayor éxito de la extrema derecha española desde que Fuerza Nueva dejó de estar representada. No hay que perder de vista también que Vox nace de la casa común de las derechas españolas, en el seno del PP y de la familia neoconservadora, no estrictamente neofascista, pero que recoge gran parte del sentir de este entorno. Vox está diciendo lo mismo que decían los grupos más radicales de extrema derecha de los 90, pero lo dice de otra manera y con un aura democrática, con el aval que le dan millones de votos. Lo que hace es normalizar un discurso, un estilo de hacer política, novedoso en España, pero que en Europa ya funcionaba, ya daba votos y réditos y presencia en las instituciones.

Miquel Ramos antes de la entrevista con Crónica Global / LUIS MIGUEL AÑÓN (CG)
Miquel Ramos, antes de la entrevista con Crónica Global / LUIS MIGUEL AÑÓN (CG)

--¿Con el 15M se perdió la oportunidad de contrarrestar eso? ¿Hay menos activismo en el antifascismo?

--El 15M, en el contexto de una crisis económica y movilizaciones sociales, fue muy significativo y marcadamente antifascista. En otros países, la crisis la capitalizó la extrema derecha. El caso más extremo fue Amanecer Dorado, en Grecia, un grupo neonazi que logró cotas de poder inéditas en Europa. Y digo que era marcadamente antifascista porque las medidas que se reivindicaban no hacía distinción por origen nacional o por el color de la piel de las personas que reclamaban derechos, frente a los privilegios de los poderosos que eran intocables. La extrema derecha hizo lo contrario, culpar a las personas inmigrantes, coincidió con la guerra de Siria y se fomentó el miedo a los refugiados. Ese mensaje xenófobo y racista no caló en España. Lo que sucedió después, la institucionalización de una parte de la izquierda, como Podemos, o lo que pasó en Cataluña, han sido factores que han dibujado un escenario diferente y han alumbrado una extrema derecha que parte de un cierto desencanto de la sociedad con esas medidas que planteaba la izquierda. No hay que olvidar que esta extrema derecha está muy bien apoyada por los poderes del Estado. Es profundamente neoliberal, no molesta al statu quo, a los colectivos privilegiados, y cuenta con un buen respaldo mediático y económico. Y una muy buena estrategia. Yo siempre digo que el fascismo no se cura leyendo ni el racismo se cura viajando porque la extrema derecha es muy leída y ha viajado mucho. Hay mucho dinero invertido, mucho potencial intelectual.

--En tu libro abordas el caso de la Librería Europa de Barcelona, con el ultra Pedro Varela al frente. En su momento, los jueces plantearon si su juicio suponía una vulneración de la libertad de expresión.

--La extrema derecha ha sabido usar todas las herramientas del sistema democrático liberal. Desde la libertad de expresión a la libertad de asociación, cuando precisamente su programa quiere acabar con todo esto, con el propio sistema democrático y las libertades públicas. Hay una controversia sobre donde está el límite de la libertad de expresión. Hay artistas que han acabado en la Audiencia Nacional por sus obras, o exiliados, como Valtònyc, o en prisión, como Hasél. Artistas como Willy Toledo, absolutamente estigmatizado por sus ideas políticas. Javier Krahe, Leo Bassi, Fermín Muguruza… Que quien ha pagado la persecución, la censura e incluso la violencia ha sido una parte, mientras que nazis como Varela abanderan la libertad de expresión y se presente como un librero, pues deja mucho que desear. Tenemos un delito todavía que es injurias a la Corona, ultraje a los símbolos nacionales, apología del terrorismo… Leyes que acotan el derecho a la libertad de expresión cuando el ofendido es determinado colectivo. En cambio hacer apología del genocidio o de las cámaras de gas no está tan perseguido. O hacer un homenaje a la División Azul y decir que el judío tiene culpa de todo en el siglo XXI, no se sanciona.

--¿Tenemos una democracia todavía joven, falta más cultura democrática, jueces más valientes?

--La vía punitiva no debe ser la única herramienta para defender la democracia y las libertades públicas, debe ser el último recurso: La extrema derecha apela casi en exclusiva a la vía punitiva para solucionar los problemas sociales. Hay que cambiar la educación, la manera de vacunar contra este tipo de actitudes, contra ese odio. Son valores que no solo se transmiten en la escuela y las universidades, también son responsables los medios de comunicación.

--Parece que incluso hay una especie de negacionismo de la pobreza y la desigualdad.

--Existe el discurso de la meritocracia, el que asegura que eres pobre porque no te esfuerzas. O negar que existe la violencia machista. Se niegan estos problemas porque, si los admites, están obligado a actuar. La desigualdad es inherente al neoliberalismo, cuando culpas a las personas de su propia precariedad y defiendes un sistema que reproduce esta miseria y no la corrige, es que están defendiendo un status quo. Por eso dio que la extrema derecha es profundamente prosistema por mucho que se disfrace de antisistema. No quiere tocas ningún privilegio de las clases dominantes. Yo llamo la estrategia del victimismo del privilegiado. Las feministas son una amenaza para el hombre. El colectivo LGTBI amenaza al colectivo hetero. Los inmigrantes amenazan los privilegios de las personas autóctonas. Es un victimismo que criminaliza a los colectivos que reclaman derechos. Por eso, muchas veces, personas de clase trabajadora votan a la extrema derecha, no porque se hayan leído su programa económico, porque han apelado a alguna de sus identidades: hombre, blanco, español, heterosexual… Agitan un sentimiento de pertenencia a un colectivo amenazado. La extrema derecha juega muy bien en este terreno.

--En el libro hablas de Pablo Iglesias como luchador antifascista. ¿Que ya no esté en el Gobierno es, de alguna forma, un fracaso de una parte de la izquierda?

--Pablo Iglesias fue víctima de la extrema derecha en sus años de estudiante y conoce bien los movimientos sociales. Viene de ellos. Y llega a la vicepresidencia del Gobierno, por lo que conoce el sistema desde dentro. Y estando en el Gobierno, la extrema derecha le acosa en su propio domicilio con un sospechosa impunidad, recibe sobres con balas y amenazas de muerte. Pero por otro lado me interesa saber si vale la pena su paso por las instituciones y cómo lo interpreta él. Qué papel ha jugado Podemos, que no tiene mayoría para decidir las políticas, sino para influir en ellas.

--¿La violencia de los años 90 se puede repetir ahora o la institucionalización de la extrema derecha es un freno?

--La presencia de un partido de extrema derecha en las instituciones ha provocado que se normalice un discurso y unas ideas que hace 20 ó 30 años solo defendían los grupos neonazis o neofascistas. Obviamente Vox lo que hace es adornarlas para que no sea tan evidente. Los grupos neonazis no han desaparecido, continúa habiendo violencia en las calles, aunque no es comparable a lo que vivimos en los años 90. El skinhead ha quedado como una caricatura y folklore, pero la extrema derecha neonazi se ha reformado, a veces es difícil de identificar, en la estética y el retórica. Aunque renieguen de un partido como Vox, que consideran tremendamente neoliberal y afín al sistema, admiten por otro lado que está permitiendo normalizar sus ideas. Se sienten cada vez más legitimados en esa criminalización y exclusión de determinados colectivos. Los inmigrantes, los menores inmigrantes, el feminismo, los musulmanes…

--El crimen de Guillem Agulló (militante independentista de izquierdas asesinado en 1993) está muy presente en tu libro. Su responsable solo cumplió cuatro años de cárcel y aspiró a un cargo público. ¿La sociedad actual permitiría eso hoy en día?

--A la judicatura le falta todavía mucha concienciación en materia de protección de las víctimas de crímenes de odio. La legislación sobre delitos de odio se creó para proteger y corregir una desigualdad, como lo fue la de la violencia machista, se ha desnaturalizado de forma alarmante. La extrema derecha habla de violencia intrafamiliar para despojarla de cualquier contexto y de vinculación con las estructuras que generan desigualdad. Pero la ley de delitos de odio se usa muchas veces contra personas que luchan precisamente contra ese odio. Por ejemplo protestar contra una campaña homófoba o machista. O contra grupos neonazis. Una cosa es la carcasa legal y otra cosa es la aplicación. Falta mucha educación en general, no solo en la judicatura y las fuerzas y cuerpos policiales. La sociedad debe reflexionar sobre esta manera tan gratuita de odio y discriminación. Cuestionar que determinados colectivos tengan derecho a tener derechos no augura nada bueno. La extrema derecha quiere revertir este sentido común y presentar sus ideas, no solo como una opinión democrática, sino como un nuevo sentido común. Que a determinados colectivos se les conceden los derechos según nos convenga.