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Bruno Bimbi en las instalaciones de Crónica Global / CG

Bimbi: "España tiene muchos anticuerpos contra la extrema derecha, pero no debe jugar con fuego"

Periodista y activista LGTB, el investigador señala que no admite que se deba elegir "entre los discursos extremistas de Puigdemont y Abascal"

38 min

Bruno Bimbi (Avellaneda, Argentina, 1978) es un referente en Latinoamérica. Es un activista del movimiento LGTB y ha trabajado para lograr el matrimonio igualitario en Argentina, y también para promover los derechos del colectivo en Brasil. Bimbi ha sido corresponsal en Brasil para el canal de noticias argentino TN y ha colaborado para diferentes medios, Newsweek, Página/12 y The New York Times en español, entre otros. Vive ahora en Barcelona y ha protagonizado una fuerte polémica por reivindicar que se ofezcan algunos estudios de grado en la Universidad de Barcelona en castellano. Por ello, recibió insultos y graves acusaciones en las redes sociales. En esta entrevista con Crónica Global aborda los procesos de reconocimiento para las personas LGTB, y señala los peligros de que la extrema derecha pueda contaminar a los partidos de centro-liberal o conservadores, como ocurrió en Brasil, sin que, con ello, se pudiera evitar el ascenso de Bolsonaro. Asegura que "España tiene muchos anticuerpos contra la extrema derecha, pero no debe jugar con fuego", con la presión que ejerce Vox. Y reclama que no le hagan elegir entre opciones populistas: "No admito que me digan que hay que elegir entre los discursos extremistas de Puigdemont y Abascal". 

--Pregunta: España ha liderado distintas transformaciones sociales en los últimos 15 años, como el matrimonio igualitario. ¿Qué importancia tuvieron?

--Respuesta: Lo que pasó en España fue muy importante. José Luis Rodríguez Zapatero va a pasar a la historia por ello y muchos le estaremos eternamente agradecidos, también en Latinoamérica. Todavía me emociono al recordar cuando lo escuché, desde Argentina, diciéndole al parlamento español que con la ley de matrimonio igualitario no estaban legislando “para gentes remotas y extrañas”, sino “ampliando las oportunidades de felicidad" para sus vecinos, compañeros de trabajo, amigos y familiares, y a la vez “construyendo un país más decente, que no humilla a sus miembros”. Yo repetí esas palabras desde el escenario de la marcha del orgullo de Buenos Aires. Lo que hicieron los socialistas españoles nos ayudó mucho en nuestros países y provocó una revolución aquí, que cambió la mentalidad y la vida de millones de personas.

––A su juicio, y como buen conocedor de esos cambios también en Latinoamérica, ¿qué cree que no se ha hecho o falta por hacer?

--El gobierno de coalición está trabajando en algunas cosas que faltan, como la ley trans, que seguirá el camino inverso, aprendiendo de la ley argentina. También se está haciendo un muy buen trabajo desde el Ministerio de Igualdad que dirige Irene Montero y creo que las respuestas firmes de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias e Isabel Celaá a la campaña homofóbica del “pin parental” de Vox fueron importantísimas. Hay asignaturas pendientes, de las que voy a resaltar tres, aunque no son las únicas. Primero, una mejor política de inclusión social, laboral y educativa de las personas trans. Segundo, una mirada de largo plazo que, a través de la escuela y de políticas educativas y culturales, busque desterrar los prejuicios que han condenado a tantos jóvenes a perder su adolescencia, como digo en el libro. La escuela es el lugar donde más podemos hacer para acabar con el odio y por eso la extrema derecha busca generar miedo contra todo lo que se haga. Tercero, creo que España debería asumir un papel de liderazgo en Europa en la defensa internacional de los derechos de la población LGTB, que pasa por dos frentes: presionar con todas las herramientas del sistema internacional a los regímenes que nos persiguen y tener políticas de asilo para quienes escapan de ellos. Por ejemplo, decirles a Hungría y Polonia que si siguen violando los derechos humanos de la población LGTB, se tienen que ir de la Unión Europea. Y ya es hora de proteger a los homosexuales que escapan de las dictaduras islámicas de África y Medio Oriente, o de la Rusia de Putin y sus satélites, como se hace con los venezolanos que escapan de la dictadura de Maduro y habría que hacer con los brasileños que escapan del gobierno fascista de Bolsonaro.

––Ha mencionado la situación de las personas trans. Distintos líderes sociales en Cataluña y en el conjunto de España insisten en que se debería reformular la idea de la identidad binaria, hombre-mujer. ¿Es necesario?

--Las identidades son las que la gente tiene en el mundo real, más allá de que nosotros decidamos o no “reformularlas”. Hay personas que tienen identidades no-binarias y eso es simplemente un hecho. Pensemos en un debate más viejo: antes de la ley de identidad de género, las mujeres trans ya eran mujeres, aunque todavía haya gente cruel que no las reconoce. Como digo en el libro, María se llamaba María porque ese era su nombre, así la llamaban sus amigas, el verdulero del barrio, su pareja, el vecino de al lado, y era el único nombre que la hacía darse vuelta cuando lo escuchaba. Lo que faltaba era que ese nombre estuviera en su DNI. La sexualidad humana es más compleja que las categorías que creamos para describirla y clasificarla y en el libro hay varios capítulos sobre eso, con más detalle del que cabe en una entrevista. No sé exactamente qué dicen esos líderes de Cataluña y España, pero creo que la legislación y las políticas públicas deben adaptarse a lo que pasa en la vida real de las personas y tratar de ampliar, como dijo Zapatero, sus oportunidades de felicidad. Eso no le hace daño a nadie y nos hace mejores a todos. Es así como las sociedades avanzan.

Bruno Bimbi presenta su libro 'El fin del armario' / CG
Bruno Bimbi presenta su libro 'El fin del armario' / CG

––¿Entiende que choque en una parte de la sociedad, que lo considera forzado, y que puede desarrollar una reacción conservadora de la que se aprovecha Vox?

--En Estados Unidos, hasta 1967, había dieciséis estados que prohibían el matrimonio (heterosexual) entre personas blancas y negras. Había también, en aquellos años, leyes que segregaban a los negros en el transporte público, las escuelas y hasta los baños. Y la abolición de esas normas racistas generó una reacción conservadora, de gente que decía que era forzado --e inclusive antinatural y contrario a la ley de Dios-- que los negros tuvieran los mismos derechos que los blancos. Los argumentos contra el llamado “matrimonio interracial” eran idénticos a los que hoy se usan contra el “matrimonio gay” y, como aquel, un día este también perderá el adjetivo que lo acompaña y será llamado, apenas, matrimonio. En 1958, según Gallup, apenas el 4% de los estadounidenses estaba de acuerdo con permitir casamientos entre blancos y negros y, en el estado de Virginia, el 92% de los encuestados --seguramente, todos blancos-- se oponía a que niños “de diferente color” estudiaran en las mismas escuelas. Pero el caso del matrimonio interracial es impresionante por lo siguiente. ¿Sabe en qué año, por primera vez, la encuesta de Gallup mostró una mayoría favorable? Justo en 1991, y por poco: 48% a 42%. Sí, hubo que forzar esos cambios y afrontar la reacción conservadora, y qué bien que se hizo, gracias a la lucha del movimiento negro.

––Hablando de este tema, en su libro 'El fin del armario', cita a Arendt, al destacar lo que decía sobre el matrimonio interracial...

--Sí, ella publicó en aquellos años un artículo titulado Reflexiones sobre Little Rock que relata lo ocurrido en 1957 cuando un grupo de nueve estudiantes negros trataron de entrar por primera vez en la Central High School de esa ciudad, en Arkansas, después de que la Corte Suprema aboliese la segregación escolar. Hubo una reacción brutal de miles de personas que trataron de impedirles la entrada, lideradas por el gobernador, un político abiertamente racista. El presidente Eisenhower tuvo que enviar tropas federales para escoltar a los alumnos. Arendt dice que --si bien acabar con la segregación en las escuelas era justo y necesario-- el primer paso debería haber sido abolir la segregación en el acceso al matrimonio, por los efectos culturales que ello tendría. Yo creo, y lo explico en el libro, que algo de ello ocurre en relación con la homofobia. En los países donde se legalizó el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, el impacto cultural de ese cambio fue enorme y ayudó a reducir la homofobia social. Sobre todo donde se hizo por la vía legislativa y con amplio debate social, como España y Argentina. En mi primer libro, Matrimonio igualitario, también había abordado este tema, que me interesa mucho.

––¿La lucha por el matrimonio igualitario fue lo que llevó a ser un activista en Argentina y Brasil?

--Sí. Yo tenía una experiencia como militante político, en un partido de izquierda, pero no sabía mucho sobre el activismo LGTB. En ese lapso salí del armario, pasé por situaciones personales que me hicieron ver de nuevo mis prioridades y, hace quince años, conocí por casualidad, en una charla sobre matrimonio igualitario en Porto Alegre, a Pedro Zerolo. Hay un antes y un después de Pedro para mí. Nos hicimos muy amigos y él me convenció de que esa era la lucha a la que tenía que ponerle todas mis energías. No solo ingresé en el movimiento LGTB, sino que acabé siendo uno de los responsables de la campaña por el matrimonio igualitario en Argentina, luego coordiné junto a otro activista la misma campaña en Brasil y ayudé a organizarla en Ecuador. Como digo en El fin del armario, no sé quién sería yo si no hubiese conocido a Pedro Zerolo. Fue un amigo del alma, una persona a la que admiré y quise mucho, que me enseñó buena parte de lo que sé sobre todo esto. Y sin la ayuda de Pedro, y de otros activistas españoles, como Miguel Ángel Fernández y Beatriz Gimeno, no sé si hubiéramos conseguido hacer lo que hicimos en mi país. Por eso le dediqué el libro a Pedro. Cuando murió, pasé dos días llorando. Todos los activistas lo extrañamos un montón.

––¿Por qué se identifica a la equiparación de derechos para las minorías sexuales como algo que defiende la izquierda, con la oposición sistemática de la derecha? Es decir, ¿por qué la derecha no puede abrazar esas causas?

--Claro que puede, la cuestión es que quiera. Aquí en España, nunca ha querido. En el Reino Unido, el matrimonio igualitario fue aprobado gracias al impulso de un primer ministro conservador, David Cameron, quien afrontó las resistencias en su partido. En Israel, la idea de legalizar el matrimonio civil --que aún no existe-- e incluir a las parejas del mismo sexo tiene como principales impulsores políticos a los líderes del Meretz, Nitzan Horowitz, y el Yesh Atid, Yair Lapid. Hablo de ellos en el libro. El Meretz es un partido de izquierdas y el Yesh Atid, de centroderecha liberal, pero en esto están del mismo lado. En Argentina, Mauricio Macri apoyó el matrimonio igualitario cuando era alcalde de Buenos Aires y luego, en su presidencia, tuvo buenas políticas para la diversidad sexual (aunque no tan progresistas como las de Cristina Kirchner y Alberto Fernández). En Perú, el autor del proyecto de ley de matrimonio igualitario es mi amigo Alberto de Belaunde, un diputado gay y liberal, de centro. Sin embargo, lamentablemente, son excepciones.

––¿Por qué?

--Es una buena pregunta para hacerle, por ejemplo, al Partido Popular. En la mayor parte del mundo, las derechas están ancladas en un discurso homofóbico y fundamentalista religioso que es anacrónico y predemocrático. En muchos países hay derechas y ultraderechas que no sólo son homofóbicas, sino también racistas, misóginas y xenófobas, como Vox, y en algunos casos, antisemitas, como la húngara. En España, el PP históricamente se opuso a todos y cada uno de los derechos de la población LGTB, como se opone a los derechos de las mujeres y hasta a la ley de eutanasia. Cada vez que tuvieron que votar en el Congreso, lo hicieron en contra. Creo que la derecha española aún no ha renunciado a la herencia de Franco, por eso no consigue ingresar en el siglo XXI. En el pasado, lo que llamamos comúnmente “izquierda” no era gay friendly, pero aprendieron, cambiaron.

––¿Por ejemplo?

--Yo siempre recuerdo que, en Alemania, la criminalización de la homosexualidad existía antes del nazismo y continuó después a ambos lados del Muro de Berlín. Durante el nazismo fue infinitamente peor --nos enviaban a los campos de concentración junto con los judíos--, pero a los homosexuales la libertad no nos alcanzó cuando cayó Hitler. El artículo 175 del Código Penal, que criminalizaba el sexo entre varones, continuó vigente del lado capitalista y del lado socialista hasta 1994, años después de la caída del Muro. Mientras la policía reprimía a los homosexuales en Stonewall, en Nueva York, y varios estados norteamericanos criminalizaban la homosexualidad, en Cuba nos enviaban a campos de trabajos forzados. Lo que pasa es que, en la actualidad, la mayoría de los partidos de izquierda se ha modernizado y recuerda todo eso con horror y vergüenza. Fidel Castro pidió perdón por las UMAP muchos años antes de que el Partido Popular español fuera al Tribunal Constitucional para impugnar la ley de matrimonio igualitario. Y ahora, mientras el PSOE y Unidas Podemos impulsan leyes progresistas que reconocen derechos, Pablo Casado se saca fotos con los fascistas ultra homofóbicos de Vox en la plaza de Colón, que si pudieran nos mandarían de nuevo a la cárcel, o quizás a un lugar peor. Diría Obama: Yes, they can... but they don't want.

––Siguiendo en esa línea, ¿entiende las críticas de autores como Marc Lilla cuando señalan que la izquierda se está basando demasiado en las cuestiones de identidad, porque no tiene una alternativa a la derecha liberal en el terreno socio-económico y se refugia en ese eje identitario, sexual y de género?

––No leí el libro de Lilla, sí a otros autores que hacen críticas similares desde una izquierda anacrónica, como Slavoj Žižek, con el que no estoy de acuerdo en prácticamente nada. Creo que la reciente victoria de Joe Biden deja un poco desactualizada esa explicación para la elección de Trump en 2016, con la que nunca estuve de acuerdo. De hecho, Hillary había vencido en el voto popular y, en las últimas legislativas, las candidaturas que llamaríamos “identitarias” fueron las que les dieron sus mayores victorias a los demócratas. Si hablamos de España, nunca ha habido evidencia empírica que sostenga argumentos como los de Žižek. En el libro muestro que, desde la era Zapatero, cuando se produjo una revolución de los derechos civiles de la población LGTB, las encuestas muestran un respaldo cada vez mayor a esos derechos y un cambio en la percepción social sobre la diversidad sexual. Lo mismo pasa en buena parte de Europa. La extrema derecha miente.

–¿En qué?

--En todo miente, pero me refiero especialmente al mito de la mayoría silenciosa, que ha explicado muy bien Jordi Vaquer, a quien cito en el libro: la falsa idea de que hay una mayoría que cree que los gays no deberían poder casarse, las mujeres deberían estar a la cocina y los inmigrantes, de regreso a sus países, pero está oprimida por la “dictadura de lo políticamente correcto”. Las encuestas muestran lo contrario: España es un país progresista. De acuerdo con el Eurobarómetro 2019 sobre discriminación en la Unión Europea, el 91% de los españoles cree que gays, lesbianas y bisexuales deben tener los mismos derechos que los heterosexuales, dos puntos más que Dinamarca. A España solo le ganan Suecia (98%) y Holanda (97%), muy por arriba del promedio de la UE (76%). En el libro doy muchísimos datos más, de diferentes estudios. Hay, en todo caso, otra discusión, que es si la izquierda se ha quedado sin brújula en materia económico-social. En muchos casos, sí. Pero echarnos la culpa de eso a las minorías es una falacia, promovida por quienes están en contra de nuestros derechos. Sí, se puede impulsar una ley contra la violencia de género y otra que garantice derechos a las personas trans y, al mismo tiempo, frenar los desahucios y aumentar el salario mínimo, como el gobierno de coalición está haciendo. No es A o B, sino A + B.

––¿Puede la izquierda ganar elecciones a partir de la acumulación de derechos para grupos concretos de la sociedad, a partir de esas cuestiones identitarias? ¿No cree que puede ser un hecho divisivo?

--Divisivo, hoy en día, es cobrarles más impuestos a los ricos, proteger los derechos de los trabajadores y mejorar las condiciones de vida de los pobres, ¡y hay que hacerlo! Las resistencias serán mucho más pesadas que contra la ley trans, se lo puedo asegurar. Hay que encararlas, como hay que hacer frente a los discursos de odio contra las minorías, reconocer derechos civiles, promover la igualdad, luchar contra la discriminación. Repito, no es una cosa o la otra, sino ambas, y la izquierda que no lo entienda no merece llamarse izquierda.

––¿Pero las políticas identitarias no dividen, también?

--Creo que precisamos discutir esa idea de “división”. Abolir la esclavitud fue tan divisivo que Estados Unidos fue a la guerra civil, pero acabó con la división entre libres y esclavos. El voto femenino fue divisivo entre los hombres de la época, pero acabó con la división entre los derechos políticos de hombres y mujeres. El matrimonio civil fue más divisivo en la Argentina de fines del siglo XIX que el matrimonio igualitario en 2010, pero acabó con la división entre los católicos y quienes tenían otras creencias, que no podían casarse. Esta semana, la Argentina legalizó el aborto y la Iglesia católica dijo que esa ley “dividía a la sociedad”, pero esa ley acabó con la división entre mujeres ricas que abortaban en clínicas privadas y mujeres pobres que arriesgaban la vida. En Brasil, la derecha se opuso durante años a las políticas de “cupos raciales”, afirmando justamente que dividían a la sociedad, pero lo cierto es que esas políticas comenzaron, lentamente, a abolir la división entre quienes estaban en la universidad dando clases o estudiando, porque eran blancos, y quienes estaban limpiando los baños o atendiendo el restaurante universitario, porque eran negros. En España, la ley de matrimonio igualitario acabó con la división entre las parejas que podían casarse y las que no. La ley de identidad de género acabó con la división entre quienes tenían su nombre y su género en el DNI y quienes no. Hubo, también, en todos esos casos, división entre quienes resistieron el avance de derechos y quienes lo apoyaron, pero eso es inevitable si queremos que el mundo avance. Sin esa necesaria “división”, todavía habría esclavos y las mujeres no podrían votar. Pero, y creo que esto cierra la discusión, unos años después de cada uno de esos avances, esa otra división también desaparece: hoy en España es difícil encontrar quien se oponga al voto femenino y, como ya dije, también al matrimonio igualitario.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro / EFE
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro / EFE

––¿Esa política de la identidad influyó en el ascenso de una reacción como la de Bolsonaro en Brasil?

--Influyó, pero al contrario de lo que se cree. El gobierno de Lula, que fue el mejor presidente de la historia de Brasil, produjo una transformación social sin precedentes y sacó a millones de personas de la pobreza, pero no avanzó, por ejemplo, en los derechos de la población LGTB. Luego, en su presidencia, Dilma Rousseff cedió a las presiones de la mafia evangélica y la extrema derecha --que hizo diez años atrás una campaña muy parecida a la del “pin parental” de VOX-- y canceló un programa contra el bullying homofóbico en las escuelas. Yo la critiqué mucho a Dilma por eso y cuento los detalles de su decisión. Todo lo que aquí llamamos “políticas identitarias” estuvo bastante relegado en los gobiernos del PT, que sí avanzaron mucho en materia económica y social, y la “división” de la que hablábamos estuvo ahí: el golpe y la persecución al PT no fue por las políticas identitarias, sino por las económicas y sociales y por otras cuestiones más complicadas que tienen que ver con las mafias políticas de Brasil, que decidieron tomar el poder.

––En 'El fin del armario' hay varios capítulos sobre Brasil que demuestran la influencia de esos grupos, cómo?

--Sí, más que nada sobre la mafia evangélica y sobre el ascenso de Bolsonaro, pero visto en relación con el tema del libro. Para explicar la victoria Bolsonaro en su profundidad, haría falta otro libro entero, o varios. Pero se pueden explicar algunas ideas. Primero: el ascenso de Bolsonaro tuvo más que ver con el golpe parlamentario de 2016, que derrocó a la presidenta Dilma Rousseff --una mujer honesta y democrática-- y abrió la caja de Pandora, y la prisión política de Lula, que, si no hubiese sido encarcelado por un juez corrupto aliado a Bolsonaro, habría ganado las elecciones presidenciales de 2018. Segundo: si bien es cierto que las cuestiones identitarias estuvieron en el centro de la retórica fascista que llevó a Bolsonaro al poder, el error de la izquierda brasileña no fue el que dice Žižek, sino el contrario: mientras la extrema derecha usaba la homofobia y otros discursos de odio como ejes de su discurso, la izquierda descuidó ese frente por sus propios acuerdos con la bancada evangélica del Congreso, a la que necesitaban para aprobar las leyes. Es como si aquí Sánchez cediera ante Vox en su discurso contra los gays, las mujeres o los inmigrantes porque necesita sus votos para aprobar los presupuestos del Estado. Por suerte, no es el caso.

––Usted ha señalado que la voluntad de la derecha liberal clásica de apoyarse en los extremos, en populismos basados en el odio, como el caso de Bolsonaro, para ganar elecciones puede tener un efecto perverso: que logre el poder ese extremismo. Ha pasado en Brasil.

––Yo no llamaría a esa derecha “liberal”, aunque ellos se autoperciban de esa forma. Son conservadores con olor a naftalina. Si quieren ser liberales, les haría bien leer, por ejemplo, La llamada de la tribu, de Mario Vargas Llosa. En América Latina nos pasa algo parecido: tenemos “liberales” que están en contra del aborto legal, el matrimonio gay, la eutanasia, la legalización de las drogas, y que antes estuvieron en contra del divorcio vincular y la educación laica. La única libertad en la que creen es la del capital financiero, por eso nunca tuvieron problema en ser ministros de dictaduras militares o de caudillos populistas y autoritarios, siempre que les garantizaran una política económica millonarios-friendly. Si Nicolás Maduro tuviera un ministro de economía como Paulo Guedes, lo aplaudirían. Dicho esto, hay conservadores y conservadores. El PP podría seguir siendo un partido conservador y Ciudadanos, decidir si quiere ser otro PP o un partido liberal, pero podrían hacer eso sin aliarse a Abascal y su club de odiadores seriales y viudas de Franco. Lo que yo aviso es que presten atención a lo que pasó en Brasil.

--¿Cree que puede pasar en España lo mismo que en Brasil, o ve una sociedad que ha entendido y ha acogido mucho mejor todos esos cambios?

--Creo que España tiene muchos más anticuerpos contra el virus de la extrema derecha, pero no debería jugar con fuego. Nunca hay que hacerlo. En 2014, el líder de la derecha tradicional brasileña, Aécio Neves, inició un viraje parecido al de Pablo Casado y llevó a su partido a una derecha tan extrema que se tropezaron al borde del escenario y se cayeron, con un empujoncito final de Bolsonaro. En 2018, su partido, que era como el PP brasileño y había sido, por décadas, el dueño de la mitad derecha del electorado, sacó el 4,7% de los votos. Casado y Arrimadas deberían mirarse en el espejo de Aécio y pensar si quieren que les pase lo mismo. Y deberían, además, pensar en España y en Europa, en los riesgos que nos hacen correr a todos.

––El crecimiento de Vox se ve desde el independentismo catalán como un desastre del Estado español, como si no fuera con ellos. ¿Entiende que ha podido crecer como respuesta, precisamente, a otro populismo como ha sido durante todos estos años el independentismo catalán?

--El crecimiento de la extrema derecha y sus políticas de odio es un fenómeno global, no solo español. Es cierto que, antes de las últimas elecciones, las imágenes de las calles de Barcelona prendiéndose fuego mientras un inútil Quim Torra seguía confundiendo a la Generalitat con un comité independentista le dieron un plus de votos a Abascal. También es cierto que la sentencia del Supremo fue desproporcional, injusta e incendiaria, y que toda la irracionalidad que rodea el conflicto catalán es un regalo para la extrema derecha española. Pero me parece que no debemos caer en reduccionismos, porque, sin el independentismo, Abascal igualmente existiría y, tarde o temprano, estaría donde está. Hay que aprender a encararlo y entender que su proyecto es una amenaza contra los modos de vida democráticos a los que aspira la mayoría de Europa, como lo son los neonazis griegos y alemanes, Salvini, Le Pen, Orbán y otros. Y, en Cataluña, tenemos que estar atentos al crecimiento de una versión local de esa misma retórica xenófoba y racista. Las pintadas que le pedían que se fuera de aquí a una inmigrante italiana que cometió el crimen de no hablar catalán, si hubiesen sido en Madrid, las podría haber hecho un simpatizante de Vox.

––Usted se ha quejado de que la universidad catalana no tiene un espacio para el castellano, que es también la lengua de la mayoría de catalanes. ¿Puede conducir esa cuestión a un conflicto, que desde el independentismo se ha negado siempre, que el castellano no se margina en Cataluña?

--Nunca imaginé que, por escribir un artículo sobre el castellano, me caería una lluvia de insultos; miles, durante varios días, muchos de ellos xenófobos y homofóbicos. Me decían puto, escoria, lacra, subnormal, sudaca, vete a tu país. Algunos eran personas reales, fanatizadas por el discurso ultranacionalista catalán, pero muchos eran bots: esas cuentas falsas de twitter con nombres aleatorios con letras y números. ¿Quién paga por eso? Algunos medios independentistas me atacaron, difamaron y hasta publicaron mi foto con un título que decía “ya sabe dónde está la puerta”. Lo que todo ese griterío xenófobo trató de tapar es un problema real que deberíamos poder discutir con más calma, porque afecta a muchos estudiantes. Me acusaron de estar en contra del catalán. Una estupidez. ¿Cómo voy a estar en contra de una lengua?

––¿Cuál es su posición entonces?

--La cuestión es simple: si más de la mitad de los habitantes de Cataluña prefiere el español --y todos lo hablan--, no es posible que esa lengua esté prácticamente abolida, en muchos grados, en las universidades públicas. Pero la solución no es abolir el catalán, como les gustaría a los fanáticos del otro lado, sino integrar ambas lenguas, que haya espacio para ambas. La universidad debe incluir, no excluir. Es una mentira ridícula decir que el catalán va a desaparecer si, de diez o quince grupos de una asignatura universitaria, dos o tres se dictan en español, o si las escuelas son bilingües o trilingües. Que todos podamos estudiar, trabajar, atender una pizzería o lo que diablos sea. No es tan difícil y no admito que me digan que hay que elegir entre los discursos extremistas de Puigdemont y Abascal. En mi balcón no hay ninguna bandera, ni siquiera la argentina, y no me gustan en general los nacionalismos. Creo que una de las cosas más lindas que tiene Barcelona es su diversidad. En sus calles se escuchan el catalán y el español ­--un español con muchos acentos--, pero también el chino, el árabe, el urdu, el portugués y tantas otras lenguas. Acá hacen el humus como en Belén o Tel Aviv, el guacamole y los tacos como en la Ciudad de México, y hay tiendas que venden feijão, farofa brasileña y tapas de empanadas argentinas. Es una ciudad en la que convivimos los que nacieron acá y los que decidimos venir: blancos, negros, cristianos, judíos, musulmanes, ateos, gays, héteros, gente de todo tipo. Si sacamos el odio del medio, cabemos todos.