Auge y caída de Alonso el trepilla

Ramón de España
7 min

Siempre me ha fascinado la teoría científica del gen egoísta en el reino animal. Hace años, para demostrar que los irracionales podían ir tan a su bola como los seres humanos, unos investigadores (creo que británicos) se dedicaron a observar a un grupo de pingüinos en el momento de lanzarse al mar. Sabedores de que en su hábitat surcaban las aguas unos bichos muy desagradables, los pingüinos se acercaban a la orilla del mar y se quedaban esperando a que el más osado (o el más tonto) de ellos se arrojara al agua para ver qué le pasaba. Si el infeliz que chapoteaba tan tranquilo era devorado por un tiburón, sus congéneres daban media vuelta y dejaban el baño para mejor ocasión. Por el contrario, si el tonto de la pandilla se remojaba sin ser atacado por alguna bestia del averno, todos seguían su ejemplo y se tiraban al agua.

Hace unos días, el abogado Jaume (antes Jaime) Alonso-Cuevillas decidió interpretar el papel de pingüino tontorrón y descolgarse, desde su silla en la Mesa del Parlament, con algo que se le podría ocurrir a cualquiera con dos dedos de frente: que arriesgarse a la inhabilitación por culpa de iniciativas independentistas unilaterales o críticas a la monarquía era una chorrada que más valía evitar si no se quería pagar las consecuencias, inevitablemente molestas y desagradables. Sostiene Cuevillas que él está a favor de la confrontación inteligente con el Estado --una entelequia, pues no hay nada menos inteligente que enfrentarse a alguien más fuerte que tú y siempre dispuesto a demostrártelo zurrándote la badana-- y que las bravuconadas simbólicas --como la que le costó el cargo al inútil de Torra, apunto yo-- no le parecen nada inteligentes. Es público y notorio que el abogado de Puchi es un oportunista y un trepa, pero ahí tenía más razón que un santo (luego se ha echado atrás para que no lo pongan en la calle los neoconvergentes, que tampoco es cuestión de tener que volverse a ganar la vida de una manera más o menos honrada, pero ya había soltado la bomba). No fue consciente nuestro hombre de que los suyos se mueven siempre en el terreno de la farsa y suelen mostrarse renuentes a reconocer la realidad de las cosas. Nada más escuchar su anatema, el anterior vicepresidente del parlamentillo, Josep Costa, ese señor cenizo y amargado que siempre se muestra indignado, cabreado o una mezcla de ambas cosas, le dijo que, si se ponía en ese plan, más le valía ceder su asiento en la Mesilla del Parlamentillo a alguien con más arrestos patrióticos. Dicho y hecho: La Geganta del Pi ya se ha deshecho de Alonso-Trepillas (perdón, Cuevillas) y ha puesto en su lugar a lo más talibán que ha encontrado, Aurora Madaula, esa señora también permanentemente humillada y ofendida a la que le revientan los tímpanos cada vez que oye hablar a alguien en castellano en el parlamento regional.

A diferencia del pingüino insensato, al amigo Cuevillas no se lo han comido, pero le han dado unas buenas dentelladas y le han transmitido un mensaje: el que intente hacer uso de la razón en JxCat será convenientemente castigado. Y es que empiezas diciendo cosas como las de Cuevillas y acabas dándote cuenta de que el Consell per la República es un tocomocho que se ha sacado de la manga Cocomocho para disponer de dinerito fresco, que los mejillones en Bélgica no los regalan. Aunque lo del Consell sea la versión indepe del timo de la estampita, un buen procesista debe hacer como que es un instrumento esencial para el futuro de la república catalana que no existe, idiota. No es que la cosa haya salido muy bien --Puchi, como Roberto Carlos, quería tener un millón de amigos y solo ha engatusado a 92.000 patriotas con posibles--, pero menos da una piedra: a diez euros (y a cambio no te dan ni un carnet como el del Club Súper 3) por pringado soberanista, ahí hay casi un millón de euros para que el presidente legítimo permanente se pueda pegar la vida padre en Flandes un tiempecito más.

La tarea de decirle a Puchi que se vaya al carajo y se meta el Consell por donde le quepa le ha caído a ERC, que se muere de ganas de hacerlo, pero no acaba de atreverse. En JxCat, mientras tanto, prietas las filas y a seguir agarrados al simbolismo inútil. Según el desaborido Costa, si no estás dispuesto a que te inhabiliten y hasta que te envíen al talego, eres un pusilánime que se merece lo peor. Cuevillas ha aprendido la lección y opta ahora por un perfil bajo y la sobreactuada renovación de su inquebrantable adhesión al régimen. Pero queda su ejemplo, que puede acabar cundiendo entre otros pingüinos ya cansados de declaraciones altisonantes, provocaciones de chichinabo y decisiones supuestamente radicales que no llevan a ninguna parte y que no acarrean más que llanto, crujir de dientes, inhabilitaciones y posibles estancias en el trullo. Como el separatismo constitucional del gran Nuet, la confrontación inteligente del cansino de Waterloo es una bestiesa más de las que denunciaba ese abogado bajito que acaba de caer en desgracia por decir lo que piensa. Para una vez que lo hace, véase cómo se lo pagan.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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