La televisión que quiere Míriam Nogueras

Guillem Bota
22.04.2019
5 min

Miriam Nogueras, política del PdeCAT y cercana a Puigdemont, se lamentaba hace poco de que la Junta Electoral Central obligue a TV3 a dedicar espacios electorales a según qué partidos, o sea, a los que ella considera desafectos al régimen. De Nogueras me contaba hace poco alguien que la conoce, que es tanta su veneración por el ex presidente Puigdemont, que si éste le solicita que se lance por un precipicio, en lugar de preguntar por qué razón, se limitará a preguntarle si desea que realice piruetas mientras se despeña. Hay perras menos fieles. Para Miriam Nogueras, rubia ella, una televisión seria debería limitarse a ensalzar las gestas de su amado presidente en el exilio. Y a falta de gestas, ingestas, que los ágapes de Puigdemont en el extranjero mientras sus ex compañeros se juegan el futuro en el Supremo, bien merecen programas especiales en TV3.

Si, según se ha sabido, el proyecto de constitución catalana contemplaba ilegalizar aquellos partidos contrarios a la República, qué menos que empezar por impedir que salgan en televisión, de esa forma cuando ya no existan nadie los va a echar de menos, la no-existencia televisiva es en estos tiempos el paso previo a la no-existencia física. El ideal televisivo de la Nogueras, sin embargo, iría un poco más allá: que la parrilla televisiva en Cataluña fuera eliminando poco a poco también las apariciones de los partidos que, aunque independentistas, no tuvieran en Carles Puigdemont su líder absoluto. Ello supondría, en un plazo más corto que largo, la desaparición en pantalla de absolutamente todos los partidos, ERC por supuesto, pero también el PDeCAT, cuyos dirigentes empiezan a estar de Puigdemont hasta los mismísimos. Tanto mejor. Así estará más cerca el sueño húmedo de la Nogueras, que no es otro que una televisión dedicada en exclusiva a canonizar la figura y el peinado de su amado líder.

Por eso es bien pertinente el rótulo que aparece en la pantalla de la TV catalana en cada ocasión que sale un político de algún partido no lo suficiente del agrado de Puigdemont, advirtiendo que lo sacan por obligación, que si por TV3 fuera, a buenas horas los espectadores se enterarían de lo que opine Iceta, Arrimadas o Cayetana.

Si Miriam Nogueras tuviera mando en plaza, y a fe que ganas no parecen faltarle a tenor de los masajes metafóricos que suele hacerle al hombre de Waterloo, en TV3 aparecería sólo su líder, gurú y sumo sacerdote. Con Puigdemont presentando y protagonizando los noticiarios, con él mismo moderando y siendo el único tertuliano en los debates, y encargando a la productora externa de algún amiguete una serie dedicada a recordar los años de infancia y juventud del mismo Puigdemont, alcanzaríamos la perfección.

Ya que tantas quejas suscita el presupuesto exacerbado de la televisión catalana, un sencillo plan de recortes consistente en que sea Puigdemont su único presentador, tertuliano, realizador, guionista y protagonista, dejaría sin argumento a tanto crítico preocupado por el gasto. Como mucho se podría hacer una excepción con Pilar Rahola y permitirle seguir graznando en prime time, como pago por los servicios prestados. No es que Puigdemont salga barato, que el hombre se ha acostumbrado con rapidez a la buena vida, pero a poco que se le insista, seguro que se conformaría con la mitad de los 227 millones de presupuesto anual que la cadena tiene en la actualidad. Para ir tirando, por lo menos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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