Elsa llora por el fin de una época

Guillem Bota
16.05.2022
5 min

Nos vamos quedando sin los frikis del procés, y ello es signo de fin de época. Los que fueron sus líderes y que tanto nos divirtieron, se hartaron, primero de penar cárcel y, una vez indultados, de que nadie les hiciera ni puñetero caso, como no fuera para reírse de ellos. Así, los Junqueras, Romeva, Rull, Turull, Sánchez, Cuixart, Bassa, Forcadell y no recuerdo quienes más, hicieron un mutis digno de los mejores actores de teatro y abandonaron las tablas, casi todos con la frase “ahora trabajaré desde la base”, eufemismo que significa “me he dado cuenta de que he estado haciendo el idiota”. Ahora le ha llegado el turno de abandonar la política a Elsa Artadi, aunque en su caso con un mérito añadido: aun sin haber pasado por la cárcel y por tanto habiendo gozado de libertad para dedicarse a lo político, igual que los anteriores tampoco será recordada por nada. Me refiero a nada que haya contribuido a mejorar la vida de los ciudadanos, porque por sus modelitos y sus pucheros quedará por siempre en la memoria.

Supongo que por eso, para que no olvidemos lo único que ha aportado, se despidió entre pucheros. No me refiero a los de cocina, ya que alguien de su clase social no puede ensuciarse las manos con tales aperos, sino a los que hacen los niños cuando no se les concede un capricho. Los niños bien, claro, puesto que las de familias trabajadoras traen aprendido desde la cuna que a nada pueden aspirar, así que se toman los reveses de la vida con dignidad. Como quiera que tal cualidad no la ha poseído nunca Elsa Artadi --ni ninguno de los líderes del procés--, al anunciar que se largaba nos puso el atril perdido de lágrimas. Normal. Otra que ha visto que estaba haciendo el primo. Lo de que lo deja todo porque se siente sin energía para servir a la ciudadanía no se lo cree nadie, porque nadie recuerda tampoco que haya servido en nada a esa ciudadanía. De hecho, nadie recuerda que Elsa Artadi haya servido de nada, así, en general. Me da que esa ausencia de energía para servir a los ciudadanos la traía ya desde casa, incluso diría que es condición sine quae non para optar a un cargo en Junts per Catalunya, ya que servir a los ciudadanos resta tiempo y energía para servir al partido y al líder supremo.

A Elsa Artadi nadie la va a echar de menos, o sea que, si es por nosotros, no hace falta que sienta pena alguna. No es que nos alegre su muerte política, ni siquiera eso podemos decir, la verdad es que ni fu ni fa, que nos da igual, vaya, que es como si alguien a quien no conocemos de nada, alguien que además ha pasado por la vida sin hacer nada de provecho, nos anuncia que se va a vivir al Uruguay. Pues muy buen oiga, pero no nos venga con lloros.

Seguro que el relevo de todos los frikis que nos van dejando, está bien planificado. En Cataluña hay una buena cantera que permite mirar al futuro con optimismo, e indudablemente la nueva generación nos seguirá proporcionando horas de diversión. Pero ya nada será lo mismo. Un día echaremos la vista atrás y nos daremos cuenta de que nadie nos aportó tantas risas como los originales, con sus huelgas de hambre de día y medio, sus declaraciones altisonantes, sus juramentos de fidelidad al mandato popular, sus viajes a Waterloo, sus Consells per la República, en fin, unos gags que la nueva hornada de procesistas --a quien no niego su talento-- no podrá superar.

Tal vez Elsa sabe que es la última de una generación irrepetible, y no llora por ella, sino por el final de la edad de oro de la comedia catalana. Alegra esa cara, que no hay para tanto.

Artículos anteriores
¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.