Cotarelo, el último independentista

Guillem Bota
29.07.2019
5 min

El pobre Cotarelo anda enfurruñado: acaba de darse cuenta de que no hay en Cataluña nadie tan independentista como él, salvo por supuesto el fugado Puigdemont, que incluso un trepa como el exsocialista sabe que no hay que morder la mano que te da de comer. Cotarelo, que ya en su día se las tuvo con la CUP porque tuvieron la indecencia de alojarlo en un hotel que no tenía ni wifi ni ninguna de las demás comodidades que una star de su calibre merece, la ha tomado ahora con ERC, partido que en su opinión no ha sido jamás independentista. Y en particular con su diputado Gabriel Rufián, de quien ha declarado que "es más español que la cabra de la legión", dicho sea como insulto equiparable al de ciscarse en sus difuntos (ande usted presumiendo de doctorados y carrera política, para acabar usando comparaciones que ya estaban anticuadas cuando nuestros abuelos usaban pantalón corto; el pobre hombre se esfuerza en comprar la ropa en la sección juvenil del Zara, pero en cuanto abre la boca le sale su verdadera edad por las costuras).

En realidad, además de él mismo y su mesías Puigdemont, Cotarelo salva al "pueblo", sea eso lo que sea, que según su docto parecer es también independentista. A saber a qué pueblo se refiere el otrora intelectual y hoy vejete que viste y peina --e incluso piensa-- como prepúber. El hecho es que de los tres independentistas que quedan en Cataluña, hay uno, o sea el pueblo, del que poco se sabe, ya que Cotarelo no ha desvelado su identidad. Y en una región con tantos pueblos, pueblecitos, villorios y pedanías, ímproba tarea será tratar de adivinar de cuál se trata. Habremos de fiarnos de la palabra de Cotarelo, aunque la haya empeñado tantas veces en vano que apenas queda rastro de ella, y dar por bueno que queda un pueblecito independentista. Y eso que a mí me sucede como a aquél jerifalte nazi le ocurría con la cultura, y en cuanto oigo la palabra "pueblo" me echaría mano a la pistola, si la tuviera.

Dejemos al pueblo en paz. En cambio, del independentismo de Cotarelo y Puigdemont no se puede albergar duda alguna, en eso doy la razón al insigne profesor. Extintos ya los días en que había quien creía en el independentismo como ideología política, incluso como la primera revolución pija de la historia, quedan ya solamente adscritos a él quienes siempre lo han tenido como modus vivendi, y nada más. Cotarelo y Puigdemont. Ellos son los únicos que desde el principio han tenido clara la utilidad del procés para sus propios bolsillos, en contraste con tantos iluminados que creían en utopías, pobres diablos. El caso del profesor madrileño tiene mérito, puesto que la distancia no le impidió reconocer a la primera dónde podría ganarse bien la vida con sólo decir lo que la gente quería oír, ni le impidió tampoco trasladarse a Gerona con hacienda y familia, oliéndose que en tal páramo intelectual, un tipo cuyo bagaje se limita a usar gafas de diseño y a cometer cinco faltas de ortografía en cada línea que intenta redactar en catalán, vendría a ser el Sartre del lacismo, como así ha sido. En estos momentos, cuando tantos políticos e intelectuales están bajándose del carro reclamando diálogo, prudencia, acuerdos y otras mandangas que no aportan un euro al bolsillo, Cotarelo y su mentor Puigdemont atesoran el mérito de no haberse movido ni un milímetro de sus postulados iniciales, que se resumen en seguir engordando cajas de resistencia, a la par que asegurarse hoteles con unas mínimas condiciones de lujo y un palacete en Waterloo, respectivamente. Lo que los intereses monetarios ha unido, que no lo separen ni ERC ni la cabra de la legión.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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