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Aznar o Zapatero, ¿quién rompió España?

Ensayistas e intelectuales señalan que la pugna por el relato de la transición, con Aznar y Zapatero como pioneros, impide ahora nuevos acuerdos entre Sánchez, Casado y Rivera

José María Aznar y José Luis Zapatero ante una España partida por la mitad / FOTOMONTAJE DE CG
03.03.2019 00:00 h.
14 min

La ruptura de relaciones es total. Tras el 28 de abril, con los resultados en la mano, los dirigentes políticos deberán tomar decisiones. Pero ahora el discurso de Pedro Sánchez y el de Pablo Casado o Albert Rivera colisionan sin buscar un punto en común, el que facilitó, precisamente, la transición que tanto destacan los tres. Con el independentismo catalán como agente rupturista de aquel supuesto consenso –se pone en cuestión la figura del Rey Felipe VI y los propios acuerdos que posibilitaron la Constitución de 1978—ensayistas e intelectuales debaten, a iniciativa de Crónica Global, sobre quién rompió España, si fue José María Aznar, con su proyecto de segunda transición y su supuesto proyecto de recentralización de España, o José Luis Rodríguez Zapatero, con la Ley de Memoria histórica. Porque aquellas posibles grietas se pagan ahora con esa derecha dispuesta a dejar a los socialistas en la oposición, porque no forman parte, a juicio de Rivera o de Casado, del núcleo del constitucionalismo. Rivera, incluso, rechaza pactar con Sánchez y con el PSOE.

CRÓNICA GLOBAL ILUSTRACIÓN

El senador del PP, Carlos Aragonés, exjefe de gabinete de Aznar, abre el fuego. Y lo hace porque ve una ventana de oportunidad, que, a su juicio, se abrió históricamente en la etapa de Aznar y que el nacionalismo catalán no quiso ver. Ni tampoco la izquierda española. Es su visión. Pero es la visión de una gran parte de la derecha española, de intelectuales y de poderes económicos que, desde los partidos nacionalistas catalanes, se desdeña, sin atender la letra pequeña. Aragonés cree que ni ese nacionalismo ni los socialistas quisieron abrir los ojos.

Los ojos cerrados de los nacionalistas

“Me parece que es Zapatero quien se reclama de una tradición distinta a la transición, y salta hacia atrás, con los abuelos, con la memoria histórica de la República, como fuente directa de esta democracia, y no como un mero antecedente”. Para Aragonés el nacionalismo vasco y catalán se desentiende de ese debate, porque las raíces se buscan en algo precedente, aunque pudieran estar en el mismo barco que la izquierda. “Su acuerdo no versa sobre el régimen común, --que si democrático o elitista, que si recentralizador descentralizador—sino sobre el régimen particular, o el derecho histórico que les asiste”.

Aragonés: "El nacionalismo español no tardará en adquirir carta de ciudadanía"

Carlos Aragonés

Es decir, la transición como mito de una España que nace, de un acuerdo entre todos, que legitima y que puede ser la palanca de un orgullo colectivo, no se comparte. Y cuando se intenta dar un paso más allá, no se quiere entender. Aragonés remata su idea, que es la idea de una gran parte del PP que acompañó a Aznar en los años 90. A juicio, pese a las tradiciones distintas, con el ánimo de resolver la convivencia interior, todo cambia con los efectos de la globalización, con la fuerza del capitalismo y la potencia internacional. Aznar se agarra a ello y quiere colocar ahí a España. No todos lo entienden. Aragonés habla de dos presidentes: “Eso lo sienten fácilmente Felipe González y Aznar, niños de la guerra fría, porque uno lo aprende bajo la OTAN, y el otro porque siente la potencia desatada de Estados Unidos en sus años de presidente”. La idea es que España podía dar un salto, y lo da, pero entonces todos deben adaptarse, y no todos pueden o quieren hacerlo.

¿Y el PP en la oposición, qué hace?

Manuel Cruz, diputado del PSOE, filósofo de reconocido prestigio, con una obra publicada de altura, discrepa de la interpretación sobre esos dos precedentes, Aznar y Zapatero, como elementos que rompen el consenso sobre una transición que había que cuidar y mimar. “Yo no veo que Zapatero rompiera los consensos. Me parece que ha sido siempre el PP el que, desde la oposición, ha buscado más la bronca. Debemos recordar que a Zapatero le llamaban Bambi, porque se dedicaba a ‘lanzar acuerdos’ a Aznar, para establecer nuevos consensos. No me parece que esa Ley de Memoria histórica tuviera que levantar ampollas, porque el PP podía haberse podido sumar, perfectamente, ¿qué le ataba a no hacerlo, una derecha sociológica franquista en algunas partes de España, lo hacía por eso? Luego debemos recordar la oposición de Aznar a González entre 1993 y 1996, que fue terrorífica. Se trata de una particular forma de ejercer la oposición del PP, que rompe la voluntad de establecer grandes acuerdos desde el centro, con los socialistas”.

El filósofo Manuel Cruz / CG

Manuel Cruz

La cuestión es esencial, en un momento en el que Pedro Sánchez se encuentra sin posibles socios, más allá de la periferia, de esos partidos que ahora ya no apuestan por la gobernabilidad, como los independentistas catalanes. Queda el PNV, siempre en una posición central, en la defensa de unos intereses particulares, pero, pese a todo, en defensa de la arquitectura del Estado –que le beneficia, porque el concierto económico es una pieza aprobada en la Constitución— y lo que pueda constituir Podemos, como herederos de Izquierda Unida y del PCE.

La izquierda y la transición

Intelectuales como Santos Juliá o Tom Burns sostienen que fue Zapatero quien, al legislar sobre la memoria histórica, abrió una grieta que luego aprovecharía Podemos y el independentismo catalán para cuestionar la transición y figuras como la monarquía. Juliá no entiende como “la izquierda le cedió la defensa de la transición a la derecha, cuando fue la izquierda la protagonista”, mientras que Burns remata: “La ley, efectivamente, rompe el consenso y era innecesaria salvo que su intención era ‘aislar’ a la derecha, cosa que Aznar nunca hizo con la izquierda. Sánchez ha dado ahora muchos más pasos en esa dirección y pienso que se frota las manos con el auge de Vox”, señala.

Como herederos, con matices, de Zapatero y Aznar, tanto Sánchez como Casado, se encuentran en una tesitura similar. Y de nuevo aparece la transición, en un país muy necesitado de símbolos que aglutinen, que aporten orgullo por las cosas bien hechas.

Aquí llega la voz de Jordi Amat, ensayista, autor de enormes biografías, como la de Vilaseca Marcet, o la de Josep Benet, y de visiones particulares y esclarecedoras como Largo proceso, amargo sueño.

La transición, mito sin regenerar

Amat sostiene que el mito de la transición se evapora porque no se ha sabido “regenerar”, de una forma consensuada, y coincide con los dos proyectos diferentes de Aznar y de Zapatero. “Aznar no se avergonzó por construir un discurso nacional fuerte, que apostara por una idea de Estado unitario basado en una idea unitaria de nación”, mientras que “Zapatero emprendió una batalla cultural profunda en diversos niveles, desde la educación por la ciudadanía, la memoria histórica al matrimonio homosexual, y con la idea de construir una idea federal del estado a partir de España como nación con naciones”.

Jordi Amat, autor de La confabulació dels irresponsables, una crítica a la lucha entre CDC y ERC, con reproches también a la actitud del PP desde la elaboración del Estatut / GB

El ensayista Jordi Amat

Las dos visiones “fueron incompatibles y el trauma de la alternativa, después de los atentados, creó las condiciones para que el consenso implosionara. Y sin el odio que se enquista en aquellos años en la vida pública no estaríamos donde estamos”.

¿Y la monarquía?

¿Qué falló, entonces? Amat respira y señala que la maduración del Estado del 78, como él le llama, huyendo de esa idea de “régimen del 78”, pasaba por asumir como origen del mito fundacional una determinada lectura del pasado que “situara como origen la lucha democrática contra la dictadura y eso no se hizo”. Y tampoco, a su juicio, se asumió de forma inteligente que la transición “no fue pacífica, que fue un proceso con una enorme tensión social. En Francia, el Estado se apropia de momentos disruptivos para afirmarse, pero aquí se percibe esos momentos como una debilidad que se debe atacar”. Ante esa falta de “regeneración del mito”, ahora se impugna con fuerza. “Nunca como ahora, creo, la llave del cambio de régimen –la monarquía—ha estado tan problematizada”.

El ensayista Juan Claudio de Ramón ofrece otra visión. Lo que desconcierta, lo que crea una tensión que rompe esos consensos es para él lo que denomina “el gran ciclo del Estatut”. Es esa apuesta que, en realidad, a su juicio, como interpretó el PP, fue una reforma de la Constitución por la puerta de atrás, y, por tanto, era “inconstitucional”, la que obliga a rehacer los consensos.

Amor a una España real

¿La recentralización de Aznar como argumento para ese Estatut? “Yo no veo ninguna prueba que sustente esta afirmación. Con Aznar pasa lo contrario: se avanza en la descentralización y si es cierto que hay un Aznar más españolista en su segundo mandato, lo cierto es que ese españolismo se vuelca hacia el exterior y nunca se plantea una política centralizadora. El Aznar centralizador es, sencillamente, una de tantas leyendas que buscan dar cobertura a la deriva del catalanismo”.

Juan Claudio de Ramón, diplomático español, autor de 'Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña' /CG

Juan Claudio de Ramón

Entonces, ¿qué es lo que está en juego ahora?, ¿qué es lo que ha provocado tal grado de enfrentamiento entre Pedro Sánchez y Albert Rivera o Pedro Casado? Juan Claudio de Ramón tiene su visión: “El problema que yo veo es el agotamiento de la fórmula según la cual los partidos españoles compran el apoyo de los nacionalistas periféricos a cambio de ir desmotando el Estado. Porque el Estado ya no puede seguir dando más cosas sin desaparecer de parte del territorio y a eso no cabe llamarlo federalismo”.

Pactar sin nacionalistas

Lo que se ha generado, a su juicio, es una “ansiedad” en la sociedad española, porque se defiende “España”, sin que ello deba tener una connotación negativa o propia del pasado. “No se trata de negar al nacionalismo catalán o vasco un sitio en la gran conversación española; deben hacer sus aportaciones. Pero sí hay que evitar ponerles una y otra vez en una situación donde son ellos los que dictan las condiciones de convivencia. Mientras muchos españoles perciban que España como comunidad política plural corre el riesgo de deshacerse, los ánimos no se van a calmar. En otras palabras: si queremos serenar el ambiente, la política territorial debe ser totalmente pactada entre el centro izquierda y el centro derecha. Si no se saca la cuestión catalana de la competición política y cada partido hace lo que considere, vamos a seguir a garrotazos”.

A pocas semanas de iniciar la campaña electoral, esa es la idea que se mantiene, con la transición de fondo, con nuevas generaciones en el poder, y con el independentismo catalán como factor de cambio o como palanca populista para evidenciar esa falta de consensos.

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