Pedro el Magnánimo

Guillem Bota
31.05.2021
5 min

En principio, el acuerdo parece beneficiar a todo el mundo: Pedro Sánchez suelta a los presos del procés, y éstos besan sus pies allá por donde pise. De esta forma, ambas partes conseguirán lo que más les gusta en esta vida, los unos dejarán de ser reclusos y el otro será venerado como un semidiós. Todo esto, claro, sobre el papel, porque falta saber hasta qué punto se prestarán los presos a lamer los pieses al presidente del gobierno, no por falta de ganas sino porque igual su parroquia se lo toma a mal. A esa gente le gustan los mártires --siempre que los mártires sean otros-- y no se toma nada bien que dejen de serlo. Veremos, veremos.

De momento, quien no parece muy dispuesto a ello es Jordi Cuixart, uno de los presuntos beneficiados, que a la que tiene ocasión, repite que "ho tornarem a fer", de hecho, es la única cosa que se le entiende cuando habla, ya que el hombre no fue dotado con el don de la palabra. Es posible que su "ho tornarem a fer" no sea más que una argucia, una forma de disimular que están todos ellos dispuestos a venerar a Sánchez el liberador, una manera de mantener contenta a la parroquia. O es una argucia, o cualquier día encuentran a Cuixart tirado en las duchas de Lledoners entre un charco de sangre, que es como se resuelven en la cárcel estas cuitas. No debe de gustar mucho al resto de presos que, cada vez que se habla de la posibilidad de salir libres, repita el tal Cuixart que volverán a hacerlo. También es cierto que nadie sabe qué es lo que volverá hacer Cuixart, bien podría ser otro hijo durante el vis-a-vis con su señora, la frase no ayuda demasiado a la libertad de sus colegas. Sea como sea, esperemos que no, que la cosa no termine con apuñalamientos en la ducha mediante una cuchara o un cepillo de dientes, con los restos de varios bocadillos en el lugar del crimen apuntando a Junqueras. No se descarte que el abrazo que Cuixart escenificó ante las cámaras con el ministro Iceta durante la investidura de Aragonès fuera precisamente una manera de calmar los ánimos de los demás reclusos, una forma de decirles "de boquita tengo que decir que volveré a hacerlo, pero mirad, mirad como no le hago ascos a solazarme con el Gobierno para que nos dejen salir de aquí". Por lo menos así puede ducharse tranquilo en la cárcel.

¿España 2050? Cuán largo me lo fiais, Pedro. Con eso no vamos a ningún lado. Si se trata de reclutar a unos cuantos fieles que hagan sentir a uno como el gran líder de occidente, mucho más fácil es sacar a unos desgraciados de la cárcel, que seguro van a mostrarse agradecidos hasta el ridículo. Por algo era tradición arraigada entre los reyes absolutos de toda la historia, el soltar de vez en cuando a unos cuantos presos para mostrar hasta donde alcanzaba su magnanimidad. Pedro Sánchez no iba a ser menos, y no se descarta que después de dejar salir a los políticos independentistas, su serenísima persona se desplace hasta el virreinato de Cataluña, para repartir limosna entre los pobres, desde una carroza tirada por seis corceles. Incluso, si aquel día se ha levantado de buen humor, podría liberar a unos cuantos siervos y permitir que en adelante trabajen su propia tierra.

Uno empieza indultando a media docena de presos y termina por creerse tanto su papel de "monarca que sabe ser benévolo con sus súbditos cuando lo merecen", que no puede frenarse. Ahora que las cajas de resistencia ya no tendrán razón de ser, y aprovechando que los independentistas se han acostumbrado a pagar sin preguntar, es el momento de recaudar unos cuantos miles de doblones, digo de euros, y levantar una estatua ecuestre de Pedro el Magnánimo. Una en cada plaza de Cataluña, digo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.