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Ofrecer el 'trasero' por Cataluña

Guillem Bota
29.10.2018
5 min

Al final, el “otoño caliente” que auguraba Quim Torra a finales de verano no era otra cosa que un otoño de calentar sillas, actividad de la que en Cataluña hay tanta tradición que sorprende que el presidente de la Generalitat dejara de lado por unos instantes su actividad de viajante de ratafía para anunciarla. Calentar sillas es costumbre tan catalana como los castellers o el pan con tomate, así que la cosas se han llevado a cabo según el procedimiento homologado por estos pagos y que tantos beneficios ha dado siempre. Por lo menos a quien ha sabido arrimarse donde debía: en primer lugar se construyen las sillas y después se eligen los culos que les darán calor. De hacerlo al revés, existe el riesgo de quedar con el culo al aire.

En el caso que nos ocupa, primero se crea un “consejo asesor” para impulsar un “foro cívico y social” que a su vez promoverá un “debate constituyente de la república catalana”. Nótese la cantidad de sillas que saldrán de la suma de tanta palabreja vacía. Y acto seguido, se designan los culos que van a acomodarse en ellas.

La elección de los culos recayó en un experto como Lluís Llach, a quien Torra dio carta blanca para elegir los que más le gustaran. Si una cosa se le debe reconocer al presidente catalán es la de saber delegar en los mejores. El otrora cantautor y actual escritor para solaz de tías solteronas y descrédito de la literatura, anunció el viernes los propietarios de los trece primeros culos agraciados, que no los últimos. Lo apunto por si algún lector se siente ninguneado y se cree capacitado para dar calor con sus nalgas a una silla de terciopelo (me arriesgo a aventurar el tejido porque no creo que nombre tan pomposo como Consell Assessor per al Fòrum Cívic i Social se conforme con menos).

Entre ellos, culos tan serviles como el de Dante Fachin, que pasó de ser azote de CiU a arrodillarse cada día ante una estampita de Puigdemont; culos tan necesitados como los de los exdiputados Antonio Baños y Gabriela Serra, que dejaron el escaño de la CUP y más triste es de robar; culos tan prestos a ofrecerse a lo que sea de menester puesto que eran diputados de la lista de Puigdemont, como el propio Llach, Montserrat Palau y Carmina Castellví; o culos tan promiscuos como el de Beatriz Talegón, al que tanto le da sentarse en sillas del PSOE, de la Izquierda de Garzón, de ERC o de cualquiera que le asegure unos diez minutos diarios de exposición mediática, con lo que le sobran once para exponer sus pensamientos (a los catalanes nada nos gusta más que adoptar un madrileño como mascota procesista. Lo mostramos a todas las amistades como si fuera un caniche, sólo que en lugar de dar la patita le hemos enseñado a lucir lazo amarillo con prestancia autóctona. No hay más que ver a la propia Talegón y a Cotarelo cuando salen por TV3, es decir casi a diario: se reprimen las ganas de mover la colita).

Todos ellos, y los que van a conocerse en los próximos días, calentarán sillas en el nuevo chiringuito catalán. Naturalmente, se han apresurado a asegurar que nadie va a cobrar un solo euro, pero los que sabemos cómo funcionan las cosas en Cataluña damos tanto crédito a esa afirmación como a la proclamación de la república catalana que realiza cada mañana en Waterloo el presidente fugado mientras se afeita.

En el procés no se mueve nadie sin sus buenos dineros de por medio y pueden ustedes dar por seguro --o por sentado ya que de culos hablamos-- que no habrá nalga de las mencionadas que no se lleve unos mil euros mensuales a cuenta de dietas, desplazamientos y otros emolumentos más o menos ocultos. Multiplíquese tal cantidad por dos, que son las nalgas que tiene un culo incluso en la Cataluña del fet diferencial, y entenderán por qué este fin de semana los teléfonos echaban humo ofreciendo el culo. Para una silla, se entiende.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.