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La nueva izquierda es la vieja derecha

Ramón de España
10 min

Empezaré con una vieja historia que ya he contado alguna vez, pero que ilustra muy bien mi preocupación por la deriva estúpida e intolerante que aprecio en la izquierda española en particular y en la mundial en general. Mis disculpas para que los que ya la conozcan. Para los demás, ahí va y es muy didáctica. Se trata de una conversación mantenida en París a principios de los 80 con el ya difunto dibujante de comics Gerard Lauzier. Nuestro hombre se distinguió por reírse de las tonterías de la izquierda sin dejar de chinchar a la derecha, actividad a la que uno dedica ahora, justo es reconocerlo, una cantidad considerable de su tiempo. En aquella charla me comentó que la misma semana había publicado dos historietas con distintos objetivos críticos; respectivamente, la Virgen María (y su inverosímil manera de concebir un hijo, por mucho que el padre de la criatura fuese Dios Nuestro Señor) y el sector más memo e irracional del feminismo: nadie se quejó por sus bromas sobre la esposa del carpintero y su peculiar encuentro sexual con un palomo, pero las feministas me lo pusieron de vuelta y media y le pidieron su (supuestamente reaccionaria) cabeza al director de la revista en la que había aparecido su enmienda gráfica al feminismo intolerante. Mientras la iglesia católica y las inevitables asociaciones de meapilas ignoraban las bromas del amigo Lauzier, las feministas radicales y carentes de sentido del humor se indignaban y exigían represalias contra el maldito hereje de la bande dessinée, cuya conclusión al respecto fue la siguiente: “La izquierda ha acabado ocupando el papel tradicional de la derecha. La derecha es consciente de que mandará por los siglos de los siglos y ya no se toma la molestia de hacer como que se indigna ante los réprobos. Ahora los que se indignan son los que se consideran de izquierdas, que quieren aprovechar su momento de gloria porque no saben cuánto les va a durar”.

Nunca he olvidado esa charla en París, y me vuelve a la mente cada vez que aprecio en los supuestos progresistas unas actitudes que me recuerdan más a las de la derecha de toda la vida que a lo que se espera (o se esperaba, ya que ahora ni yo ni muchos otros esperamos nada de lo que se considera en España fuerzas de izquierda o de extrema izquierda) de la izquierda. Definitivamente, los tiempos en que todos los tontos eran apolíticos o de derechas han quedado tristemente atrás. La penetración social de Podemos, a nivel nacional, y de los Comunes, en el ámbito catalán, se ha distinguido por el acceso de imbéciles a granel a la (supuesta) izquierda española. Y a nivel europeo y occidental en general las cosas no están mejor: véase ese manifiesto de origen estadounidense en el que se señala la burricie, la intolerancia y las drásticas medidas, supuestamente progresistas, de cierta parte importante de lo que se supone que es el pensamiento de izquierdas, cuya tendencia a prácticas inquisitoriales va en aumento a diario y se están cobrando cada vez más víctimas, sobre todo entre pensadores por cuenta propia, profesores con criterios que no siempre siguen las normas de la corrección política, escritoras a las que les parece una memez llamar a las mujeres “personas que menstrúan” y comentaristas sociales que insisten en que la biología tiene su importancia a la hora de decidir el sexo de los seres humanos, en que la naturaleza es tozuda y poco dispuesta a que le lleven la contraria y en que, por poner un ejemplo, Caitlyn Jenner parecerá lo que le quede de vida un hombre disfrazado de mujer, aunque se haya puesto tetas y se haya cortado el pene, sustituyéndolo por un vistoso pero insensible gurruño de carne.

La noticia más leída esta semana en Crónica Global ha sido la del sujeto de más de 50 años que insiste en que es una niña de ocho. Adoptado por una pareja de imbéciles partidarios de esa autodefinición sexual que defiende Podemos, el hombre-niña hasta se ha quitado dos años (¡ahora tiene seis!) porque a su hermanastra le apetecía tener una compañera de juegos menor. Hace un tiempo, un sujeto de más de 60 insistió en quitarse 20 años en el DNI porque se sentía un alegre cuarentón: creo que lo mandaron a la mierda, pero no sé si hoy les resultaría tan fácil ignorar su delirante voluntad.

Mientras uno echa de menos a santos varones como Jordi Solé Tura o Jorge Semprún, la izquierda española se llena de ignorantes dispuestos a darle la razón a cualquier ofendidito profesional. Si es preciso, se echa con cajas destempladas al Partido Feminista de Lidia Falcón, a la que se convierte en una peligrosa reaccionaria por decir que el lobby gay está utilizando a los transexuales para basurear a las mujeres, digamos, de verdad, principales beneficiarias del feminismo desde un buen y necesario principio. Puedes no estar de acuerdo con la provecta Lidia (y su aventajada alumna, mi amiga Carmen Domingo), pero no les puedes negar su derecho a opinar, que es lo que pretende ese club de negacionistas de la biología que últimamente está tomando el poder en el feminismo mientras sueña con un mundo lleno de mujeres con rabo y hombres con chichi.

Tienen de su parte a la nueva izquierda, siempre dispuesta a respaldar lo más peregrino, a indignarse, a censurar, a hacer callar, a silenciar las opiniones que no les gustan. Una nueva izquierda que se comporta sospechosamente igual que la vieja derecha de toda la vida y que te puede acusar de homófobo como su predecesora te tildaba de pagano. Y a sus tonterías se pliegan periódicos, universidades, editoriales, productoras cinematográficas y cualquiera que no quiera problemas con una seudo izquierda que se comporta de una manera sospechosamente parecida a la Cosa Nostra en los tiempos de Totó Riina.

Gerard Lauzier lo vio venir hace 40 años. Algunos de sus alumnos no estamos dispuestos a mordernos la lengua constantemente para ahorrarnos problemas. Las cosas no son siempre blancas o negras. Fíjense en mí: no me considero homófobo, pero reconozco que el mundo LGTBI me importa un rábano. Como el de los aficionados al fútbol. No aspiro a complicarles la vida a los integrantes de ambos colectivos. Solo quiero reivindicar mi derecho al desinterés: cada vez me queda menos tiempo en este planeta y no dispongo de tiempo para todo. Tampoco tengo nada en contra de la filatelia o de la coprofagia (mientras ambas pasiones se desarrollen en privado), pero no estoy dispuesto a defender sin unos motivos que no encuentro la primera actitud seudo progresista que me salga al paso: lo lamento, pero un hombre de más de 50 años no es una niña de seis. Me parece magnífico que el cantante inglés Sam Smith se sienta hombre unos días y mujer otros, pero no pienso seguir el ejemplo de The Daily Mail y obedecer sus instrucciones de que nos refiramos a él como They (Ellos).

Ya aguanté la intolerancia de la derecha durante años y no pienso soportar la de la seudo izquierda y el seudo progresismo. Que me llamen facha no me la puede pelar más. Entre otras cosas porque, como la izquierda, es un concepto que en mi país ya no quiere decir absolutamente nada y todo el mundo lo utiliza como mejor le conviene y, por regla general, para disimular la propia estupidez y/o incompetencia.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.