El discreto encanto de la CUP

Ramón de España
6 min

Hay quien cree que Pablo Iglesias, con su adquisición de un chalé de dudoso gusto en Galapagar, abrió la puerta a todos los tontos y/o cínicos de la mal llamada nueva izquierda para que hicieran de su capa un sayo y se contradijeran constantemente sin que eso les causara la más mínima preocupación. Yo diría que algunos ya se habían abierto la puerta a sí mismos mucho antes, y en esa labor pionera nadie destaca tanto como las tontas del bote de la CUP (incluyo a los hombres en el colectivo, ya que en la CUP hasta los tipos con barba hablan en femenino), comandadas actualmente por un señor de mi edad con pinta de monje de Montserrat que cada vez que abre la boca es para soltar una gansada impropia de los años de estancia que acumula en este planeta.

Carles Riera --que así se llama el seudo político frailuno-- no es el único de la banda que se hace notar con sus ideas de bombero. Como en la CUP abundan las lumbreras, cada día aparece una nueva estrella en su firmamento que supera en estupidez a la anterior. Si ustedes creían que habíamos tocado techo con Eulàlia Reguant, Mireia Boya o Mireia Vehí es porque no conocen a la asombrosa Mar Ampurdanés, una pija que vive con papá y mamá en una casa con piscina situada en una urbanización de lujo, pero que tiene el cuajo de defender la lucha de clases y de encontrar bastante normal, dentro de esa lucha, que alguien le prenda fuego a una furgoneta de la guardia urbana con un agente dentro. Sobre todo, si ese alguien igual forma parte de Arran, el frente de juventudes de la CUP compuesto por lo más bruto y primario de nuestra muchachada independentista. Ampurdanés, como Riera, cree que habría que disolver la Brimo porque sus agentes van por ahí dejando tuerta a la gente con bolas de espuma (igual pretenden sustituir tan letal armamento por unas raquetas y unas pelotitas de badminton, de esas tan monas que llevan plumitas). A cualquiera que no sea de la CUP se le ocurre que los antidisturbios existen porque previamente se producen disturbios --de la misma manera que los antifascistas surgen porque hay fascistas, ¿lo pilláis, pandilla de atontadas?--, pero en esa secta tienen explicaciones para todo y, como ya nos dijo Riera, los disturbios los promueven policías infiltrados para desprestigiar a la valerosa juventud soberanista (o sea, que en estos momentos hay, por lo menos, un mosso que atesora un patinete de Decathlon, otro que se hizo con unas bambas Hilfiger y un tercero que pilló un vestido de Dolce & Gabanna para la parienta; una explicación tremendamente verosímil, ¿no es cierto?).

Pese a lo poco que pintan y lo mucho que incordian, las tontas del bote de la CUP tienen lamiéndoles el trasero a los principales partidos lazis, por si las necesitan para formar otro de sus estupendos gobiernos. Si Cataluña fuese un paisito normal, medio Arran estaría en el trullo --no veo que detengan nunca a ninguno de sus matones, aunque nos rompan los cristales a los de Crónica Global y a los de El Periódico o le intenten prender fuego a un pitufo de la urbana (aunque igual de esto se encargó alguno de esos simpáticos anarquistas italianos que ante el coronavirus dicen, como Mussolini, Me ne frego y se plantan en Barcelona a combatir el fascismo)-- y el otro medio en casa de sus padres, castigado sin salir durante bastante tiempo. La CUP, por su parte, ya habría sido ilegalizada en un paisito normal, pero esto no es un paisito normal, como podemos comprobar a diario. La gente (supuestamente) seria de ERC y Junts x Puchi mide cuidadosamente sus palabras para no ofender al monje de Montserrat, a la pija con piscina que habla de la lucha de clases y al resto de la pandilla de tarugos malcriados que nos quieren llevar a Ítaca a golpe de pito (para alegría de Lluís Llach, el cantautor abstemio que hace vino --¿quién puede fiarse del vino de un abstemio?-- y que, sintiéndose viejuno, tiene prisa por llegar a puerto).

Que una banda de taraditos que debería ser considerada una versión coral del tonto del pueblo goce de tanto respeto entre los independentistas supuestamente sensatos (sí, es mucho suponer, pero…) es una clara muestra de cómo funciona esta Cataluña idiota y miserable que llevamos fabricando desde 2012, por lo menos, o desde 1980, siendo algo más realistas. Que se escuchen con aparente atención las chorradas que sueltan unas pobres peponas que, como me dijo un día el gran Jaume Sisa, todo lo que saben lo aprendieron con el mosén de la parroquia, en el esplai y leyendo algún libro de Bakunin que no acabaron de entender muy bien es, prácticamente, una señal del apocalipsis inminente que se nos viene encima. Si es que no llevamos años instalados en él.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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