Los catalanes nos vamos a quedar mudos

Guillem Bota
15.07.2019
5 min

La gran preocupación, en Cataluña, no es que ésta se vaya al carajo, que se está yendo, ni que se larguen empresas, que se siguen largando, ni mucho menos conseguir un gobierno que gobierne, eso sí sería un susto para la mayoría de catalanes, hace tanto que no sucede tal cosa que no son pocos los que creerían que algo malo sucede. No, la gran preocupación, porque lo dice TV3 y ella es el oráculo que nos dicta las preocupaciones, es que el idioma catalán corre peligro de desaparecer. Incluso se nos cuenta que hay niños, los muy ladinos, que aprovechan el recreo para comunicarse en castellano. Eso se denuncia periódicamente cada cierto tiempo, que en Cataluña no tendremos un Nessie que haga las veces de serpiente de verano, pero siempre tenemos a mano a algún pequeño monstruo que cambia cromos en castellano, y así vamos trampeando las épocas del año parcas en noticias.

Claro, uno escucha a los doctos especialistas que salen por televisión alarmados, cuasi llorando por lo que le espera al idioma, y comprende que el problema de la lengua catalana es más serio de lo que creía. Por la manera en que lo cuentan, supongo que la desaparición del catalán sucederá de golpe, sin previo aviso, el día menos pensado, dejándonos a todos lo que lo hablamos normalmente, sin la posibilidad de comunicarnos. A poco que uno lo piense, resulta realmente aterrador. Imagínense a miles de personas saliendo a la calle sin poder pronunciar palabra porque ha desaparecido su lengua materna. Sí, claro que a base de gestos uno puede hacerse entender por la panadera para que le sirva una barra de medio, incluso puede echar gasolina al automóvil. Pero hay muchos otros quehaceres diarios que esa sociedad de mudos en la que está a punto de convertirse Cataluña, será incapaz de llevar a cabo. El horror, el horror.

En la historia de la humanidad no son pocas las lenguas que han desaparecido, y probablemente todas las que hoy se hablan se habrán extinguido en un futuro más o menos lejano, aunque siempre muy lentamente, tanto que ni siquiera sus hablantes se apercibirán. Lo del catalán tiene pinta de ser mucho peor. De los signos de alarma que se perciben aquí cuando se habla del tema --y siempre intentamos tocar madera al hacerlo, lagarto, lagarto-- queda claro que será una hecatombe, que no será una simple evolución hacia otra lengua, como le ocurrió al latín, entre otros muchos. No, el catalán va a desaparecer de un día para otro, dejándonos a todos con la palabra en la boca. Y entonces van a llegar los problemas. ¿Cómo le dice usted sin palabras a su señora que le queda muy bien ese nuevo vestido, sin que sus gestos inviten a mofa? No quiero ni imaginar que tan luctuoso hecho --me refiero a la extinción del catalán, no a las conversaciones sobre moda con su señora de usted-- suceda de noche, cuando los honrados trabajadores estamos durmiendo. ¡Qué despertares habrá a la mañana siguiente! ¡Cuántos intentos de vocalizar un 'buenos días' no acabarán en llanto, no tanto por no poder desear tal ventura a los seres queridos, como por la imposibilidad de hablar la que hasta la noche anterior era nuestro idioma!

Con toda seguridad será el primer caso --que me corrija algún lingüista si me equivoco-- de idioma que se extingue al modo dinosaurio, o sea de golpe y porrazo y sin haber tenido tiempo de evolucionar hacia otra especie. O eso interpreto yo, porque no creo que en este rinconcito del mundo esté la gente tan loca como para preocuparse por el futuro lejanísimo de una lengua, como si no fuera el sino de todas ellas acabar desapareciendo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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