Ganar poco dinero es demagógico

Guillem Bota
08.02.2021
5 min

Rebajarse el sueldo es demagógico, eso lo sabe cualquiera, en especial quienes aspiran a cobrar un buen sueldo. Salvador Illa se comprometió a rebajar un treinta por ciento lo que cobra el president de la Generalitat, en caso de que llegue a ocupar ese cargo. De ser así, le quedaría un sueldo apañadito, unos 105.000 euros anuales que a nadie disgustan, pero los partidos de la derecha independentista, JxCat y PDECat, le han respondido que de eso nada, que ganar sólo 105.000 euros es demagogia barata, que lo suyo es hacerse a fin de año con unos 140.000. O sea, que demagogias, las justas, y todos a ingresar millonadas, que este tipo empieza aceptando cobrar menos como presidente y acto seguido es capaz de rebajar el sueldo a todos los diputados, y hasta ahí podíamos llegar.

Rebajarse el sueldo es demagógico, todo lo contrario que aumentárselo en plena pandemia, cuando los abuelos morían en residencias y los comercios cerraban para siempre, cosa que hemos vivido en Cataluña hace poco. Tener un trabajo que le permita a uno mismo aumentarse el sueldo cuando le viene en gana, y que más adelante la coherencia y la falta de demagogia impida reducirlo, es el sueño de todo empleado, pero de momento tal prerrogativa está solo al alcance de quienes se dedican a la política. Por lo menos yo desconozco de ninguna otra profesión con tales prerrogativas, salvo quizás las prostitutas, y eso en el caso de que trabajen por libre. Será por eso que hay cada vez más gente que confunde ambas profesiones.

Las razones demagógicas son útiles para un roto y para un descosido. Cuando uno no quiere entrar en un tema, basta con decir que no es más que demagogia y ahí se acaba la discusión. Pero no satisfechos con ello, quienes aspiran a cobrar un buen sueldo y se resisten a menguarlo, esgrimieron otra carta clásica: que se lo rebaje primero el rey. A quienes dudan de la utilidad de la monarquía, se les puede responder que el rey sirve también para cualquier cosa, la utilidad de la monarquía en todos los ámbitos de la vida es innegable. ¿Que alguien solicita investigar un caso de corrupción? Que se investigue primero al rey. ¿Que algún otro es acusado de evadir impuestos? Más evade el rey emérito. ¿Que su señora le pilla en adulterio flagrante? Pues anda que el emérito. ¿Que mi mamá me quiere obligar a comer verdura para cenar? El rey come faisán. ¿Que el presidente de la Generalitat cobra demasiado? Más cobra el rey. Al parecer, utilizar la carta del rey para zanjar cualquier debate no es demagógico, eso no, lo demagógico es pretender bajarse el sueldo.

Además, si en algún lugar del mundo está mal visto que uno se rebaje el propio sueldo es en Cataluña, donde el dinero lo es todo. De hecho, lo que en realidad se le está echando en cara a Salvador Illa cuando pretende renunciar a parte de sus emolumentos, es no ser un catalán de pura cepa. Alguien capaz de renunciar a más de 30.000 euros anuales así, porque sí, no merece representar al pueblo catalán, que si por algo se caracteriza es por no soltar una moneda de cinco céntimos ni aunque le abrasen la mano con un soplete.

En el Parlament catalán existe la sana costumbre de pagar dietas a los diputados aun cuando, a causa de la pandemia, se queden en su casa, que un sobresueldo es siempre de agradecer y es detallito sin importancia ganarlo tumbado en el sofá. Ese Illa es un peligro. Empieza uno renunciando a parte del sueldo como president, e igual al día siguiente le da por eliminar esas dietas, cosa que por supuesto sería otra muestra más de demagogia, y en Cataluña podemos aceptar demagogias que nos aseguren que en dieciocho meses vamos a sentarnos en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero no aquellas que supongan dejar de ganar dinero fácil. Además, el rey también cobra dietas, qué caramba.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.