Así regaba Forcadell, así regaba que yo la vi

Guillem Bota
11.07.2022
5 min

Al lacismo, a lo que queda de él, le ha molestado sobremanera que la buena de Carme Forcadell usase una urna del 1-O para regar un manzano. No es que no soporten los manzanos, nada tienen contra ellos, puesto que no es ningún árbol especialmente español, creo que se hubieran molestado igual si se hubiera tratado de un naranjo o de una higuera. Sucede que los auténticos independentistas, lo que queda de ellos, no usan las urnas para nada, es una reliquia que tienen en lugar sagrado. Le rezan en fechas señaladas --Sant Jordi, 11-S, 1-O y el aniversario de Puigdemont-- y únicamente pueden acercarse a ella de rodillas. El único uso que le está permitido a una urna es la ejecución de un milagro, están convencidos de que tarde o temprano ocurrirá que un paralítico eche a andar al haberle caído una urna en el pie. En eso están, esperando, pero mientras no suceda tal prodigio, las urnas no pueden usarse para nada. Y mucho menos, para regar, hasta ahí podríamos llegar. Tampoco, es un suponer, para hacer aguas menores --e incluso mayores--, aunque de momento no ha salido a la luz ningún caso de los que con toda seguridad existen, sus medidas e impermeabilidad son demasiado tentadoras para ignorarlas.

En cambio, Forcadell es ya una abuelita, y como tal, encuentra utilidad a todos los trastos que tiene en casa, lo más seguro es que use la bicicleta estática para tender la ropa y haga trapos de cocina con la ropa interior vieja. Si, como tantos desilusionados del procés, hubiese usado la urna para guardar la ropa sucia o los juguetes del nietecito, nada hubiera pasado, porque nadie se habría enterado. El pecado de Forcadell fue hacer a la vista lo que tantos hacen de puertas adentro: darle utilidad a un cacharro que hasta entonces no había tenido ninguna. Como mucho, un día sirvió para meter en su interior unas papeletas inservibles, a las cuales no les hicieron el menor caso ni siquiera quienes habían instado a meterlas ahí dentro. O sea, utilidad cero. Era eso, o tirarla, las abuelas son así, no les gustan las rémoras que, encima, ocupan espacio.

Si Forcadell fuese tan cínica como sus sucesores al frente del Parlament, habría podido replicar algo así como "lo riego con esta urna porque, igual que de ella crece la libertad, así de hermoso crecerá este manzano". O "el agua que procede de tan sagrado recipiente hará que este manzano produzca la mejor sidra del mundo que nos mira". Con un par, sin ruborizarse, que es como esas frases cursis se pronuncian en Cataluña. No solo no la habrían vilipendiado e insultado como han hecho, sino que habrían encontrado para ella un huequecito en alguna lista electoral de Junts, previo besamanos en Waterloo (besamanos activo, no pasivo: sería ella quien debería besar la mano del jefazo allí instalado).

Aunque no es descartable que Carme Forcadell, que hace tiempo quedó desencantada de lo que un día tramaron sus excompinches, nos esté insinuando sutilmente que los artífices del procés y buen número de sus seguidores, han demostrado estar como una regadera. Que solo unos tipos con la cabeza en grave estado podían pensar que de aquellas urnas saldría algo bueno. Para redondear la parábola, en lugar de un manzano, Forcadell hubiera tenido que plantar un guindo, para ver si de una vez se caen del mismo los que siguen encaramados a él, bien es cierto que cada vez menos.

Forcadell debería ahora mostrar una nueva foto del día que acuda a abonar el manzano, que no solo de agua vive el pobre árbol. Posando con la urna llena a rebosar de abono natural, se entenderá mejor lo que fue en realidad el 1-O.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.