Menú Buscar
Antón Costas, en el despacho en el Círculo de Economía, con Crónica Global, donde reclama que se recupere la sala de mandos empresarial en Cataluña, la que decide las inversiones de futuro /CG

Antón Costas: "Cataluña se juega perder la sala de mandos empresarial"

El expresidente del Círculo de Economía considera que sólo un Gobierno en Cataluña que ofrezca un mensaje claro podrá revertir la marcha de empresas

11.03.2018 00:00 h.
32 min

Voz pausada, reflexión sobre un autor, vigor en la crítica y, de nuevo, el matiz y la precisión. Es Antón Costas, (Vigo, 1949) expresidente del Círculo de Economía, que ha vivido con intensidad los últimos años, empujado por unos y por otros, con una conexión directa con el empresariado catalán, y con el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Costas acaba de publicar El final del desconcierto (Península), un libro en el que apunta que España necesita un nuevo contrato social, que sepa recomponer los estragos de la crisis económica, pero también las disfunciones institucionales, con Cataluña como uno de los principales problemas. Señala, en una entrevista con Crónica Global, que la vía unilateral del independentismo "está muerta", y que ahora se trata de "ritualizar esa muerte", y que eso explica la lentitud en el aterrizaje a la realidad, pero que éste se acabará produciendo.

Y señala que el peligro, en todo caso, sigue existiendo para la economía catalana, y, por tanto, para todo el país, porque se corre el riesgo de "perder la sala de mandos empresarial", las plazas donde se toman decisiones estratégicas a medio y largo plazo. Costas no se muerte la lengua, a pesar de su prudencia, y cree que los intelectuales y académicos que dieron apoyo al proceso independentista se equivocaron por completo, y ahí sitúa también al exconsejero Andreu Mas-Colell, que acaba de publicar en el libro Turbulències i tribulacions (Edicions 62) sus propias experiencias al frente del departamento de Economía.

-- El exconsejero Andreu Mas-Colell asegura en su libro que se siente "decepcionado" con la actitud de los empresarios catalanes, que no le apoyaron con sus negociaciones con el FLA, que creyeron que esa era la solución, sin valorar que se vaciaba el autogobierno. ¿Está de acuerdo?

--No, para nada. Cuando se acaba el periodo de transferencias de competencias, a principios de los años noventa, comienzan a aparecer disfunciones entre el poder del Gobierno central y las autonomías. Eso es evidente. Pero no estoy de acuerdo en que ahora se traslade al mundo empresarial esa responsabilidad. No me parece bien, porque Mas-Colell formó parte de un gobierno que, desde el primer momento, se enfrentó contra el Gobierno central, con un proyecto soberanista que fue cobrando intensidad, arrastrado por la ANC. En ningún momento se intentó un modelo de financiación, poniéndose al frente, como había pasado siempre. Hay que recordar que Cataluña siempre ha negociado de forma bilateral con el Gobierno, siempre. Luego, los acuerdos sobre el modelo de financiación se imponían al resto de autonomías. Eso pasó con el último acuerdo, el de 2009.  En la entrevista de Artur Mas con Mariano Rajoy se propuso un pacto fiscal de sí o sí. Por eso Mas-Colell no puede decir ahora que se siente decepcionado. Él, junto a otros, como Jordi Galí, decían que no iba a pasar nada, que Cataluña podía funcionar fuera del euro, o que, en cualquier caso, no se saldría de la Unión Europea. Otra cosa es que yo sí estoy de acuerdo en que se repartió mal el objetivo de déficit, en que las autonomías tuvieron más carga en esa necesaria reducción, una vez se puso en marcha el FLA.

--La asociación de empresarios de lengua alemana ha alertado sobre esos peligros que corre Cataluña, con formas contundentes. ¿Cree que, realmente, tiene razón?

--Sí, lo hemos ido analizando en los últimos meses. Es una preocupación que comparto. Cataluña ha sido siempre una economía con una buena sala de máquinas, y con una buena sala de mandos. El riesgo es que podemos seguir siendo la primera, pero corre el riesgo de perder la sala de mandos empresarial, la sala donde se toman las decisiones estratégicas, las decisiones financieras, y que suelen corresponder a las sedes sociales. Es ahí donde se tomarán las decisiones sobre la industria 4.0, sobre la digitalización, a diez y quince años. Ahora bien, no puedo compartir las formas, lo que se ha dicho sobre la cárcel. Eso no.

--Insiste en los mandos, ¿eso es recuperable?

--En la de mandos están las direcciones generales estratégicas, las financieras. Eso equivale, como le decía, a las sedes sociales. Yo creo que si hay, en breve, un Govern estable, que propone un mensaje claro sobre hacia dónde quiere ir, algunas empresas reaccionarán y anunciarán su vuelta, y eso podría ser un punto de inflexión. Pero eso todavía no se ve. Lo primero, lo más urgente, es que se vea que hay un Govern que quiere gobernar dentro del marco estatutario y de la Constitución. En ese caso, insisto, en que habría un anuncio de dos o tres empresas que podría ser determinante para el conjunto de la economía catalana. 

--España ha vivido hasta ahora con un contrato social y político surgido de la transición. ¿Por qué cree usted que se ha roto, como señala en El final del desconcierto, por una crisis económica especialmente virulenta o por la emergencia de nuevas generaciones que consideran que tienen el derecho a coprotagonizar el presente?

-La idea conductora de El final del desconcierto es la pregunta de cuál es el pegamento que hace que una sociedad plural permanezca unida y la prevenga del conflicto social extremo y del caos político. La respuesta es que ese pegamento es la existencia de un adecuado pacto social y político. Tiene partes escritas y no escritas, que afronta problemas y compromisos de corto y de medio y largo plazo y que se mueve tanto en el plano político como en cada una de las instituciones sociales, incluidas las empresas. Un pacto social de ese tipo se construyó en las sociedades occidentales a la salida de la Segunda Guerra Mundial. Mediante ese contrato, en primer lugar, los gobiernos asumieron nuevas funciones en la gestión y estabilización, de acuerdo con el nuevo enfoque macroeconómico keynesiano. En segundo lugar, las izquierdas --en particular, la socialdemocracia y los grandes sindicatos-- dejaban de considerar al capitalismo como el enemigo irreconciliable que derribar para pasar a legitimarlo como una fuente adecuada para el necesario dinamismo empresarial y la creación de riqueza, pero exigieron el reconocimiento pleno de los sindicatos como actores fundamentales en la fijación de los salarios y las condiciones laborales. En tercer lugar, los liberales clásicos y los conservadores aceptaron y apoyaron la creación de un nuevo Estado social capaz de redistribuir mejor la riqueza que generaba el mercado y de construir una sociedad más equitativa y meritocracia. Ese nuevo Estado social  se apoyaba en dos grandes pilares. Primero, un sistema educativo público universal y gratuito para fomentar la igualdad de oportunidades de los jóvenes, independientemente de la cuna en que naciesen. Segundo, un nuevo Estado del Bienestar para acabar con la “pobreza de mayores”, que era el gran problema social de la época. Esa pobreza venía de tres fuentes para las cuales no había cobertura para la pérdida de ingresos que venía de tres frentes: a) de la pérdida de empleo provocada por las crisis económicas; b) de una enfermedad o accidente que  provocaba la pérdida de ingresos salariales; y, c) de la jubilación. Para ello se crearon tres tipos instituciones sociales en forma de seguros sociales públicos: el seguro de paro, el de enfermedad y el de pensiones. A la vez que acabó con la pobreza de ingresos,  jugó un papel estabilizador en situaciones de crisis de demanda de consumo de las familias provocada por las eventuales crisis económicas.

La crisis económica de 2008 y la presupuestaria de 2010 fueron un golpe de gracia a los contratos sociales y políticos en España

Este acuerdo social fue el pegamento que unió a las sociedades occidentales de postguerra. Durante las llamadas ”tres décadas gloriosas” --los años 50, 60 y 70 del siglo pasado-- todo mejoró. La economía de mercado se reconcilió con el progreso social y la democracia. España construyó uno social de ese tipo en el inicio de la transición a la democracia. Los Acuerdos de la Moncloa de 1977 (firmados entre el gobierno reformista de Adolfo Suárez y, por un lado, el Partido Socialista de Felipe González y el Partido Comunista de Santiago Carrillo, con el apoyo de los dos grandes sindicatos, CCOO y UGT y, por otro, por el partido de centro conservador CDS y la nueva patronal CEOE) fue un acuerdo social de ese tipo. La Constitución de 1978 añadió un contrato político: la construcción del Estado de las Autonomías, con lo que significa de distribución territorial del poder político y la aparición de gobiernos nuevos territoriales dotados de cierta soberanía política. La Transición democrática hubiese sido imposible sin esos dos contratos. Pero esos dos contratos comenzaron a resquebrajarse a partir de los años noventa. En primer lugar, la continua caída de los salarios reales y el retorno de la desigualdad afectó al contrato social. En segundo lugar, la aparición de fallos y conflictos competenciales continuos en el funcionamiento del modelo territorial debilitó el contrato político territorial. Las crisis económica de 2008 y la presupuestaria de 2010 fueron un golpe de gracia para esos dos contratos.

--Dice usted en el libro que el independentismo representa la señal más clara de la ruptura del contrato político de la democracia española. Pero, ¿quién lo rompe? ¿qué parte lo acaba rompiendo? ¿Y cómo se podía haber evitado desde el Gobierno español?

--El proceso secesionista catalán que se pone en marcha a partir de 2012 con la creación de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y su capacidad de arrastre sobre los partidos nacionalistas tradicionales --CDC y ERC-- es la señal más extrema del malestar que había ido surgiendo en los años anteriores con el funcionamiento del modelo territorial de las Autonomías. La ANC, con sus masivas convocatorias en las calles cada 11 de septiembre, supo aprovechar muy bien el malestar social existente en Cataluña con el funcionamiento con el modelo territorial del Estado. Ese malestar venía de dos frentes. Por un lado, de las desigualdades en la financiación de las Autonomías. En segundo lugar, con la invasión de competencias autonómicas por parte del Gobierno central y la administración del Estado. Una invasión que degradaba la soberanía política de la Generalitat y la aspiración a un mejor autogobierno. Ese malestar con el funcionamiento del Estado de las Autonomías no fue exclusivo de Cataluña, pero encontró aquí su expresión más radical y extrema. Los sucesivos gobiernos centrales, ya fuesen los socialistas o los populares, no fueron capaces de dar respuesta a ese malestar y a la aspiración a un mejor autogobierno. La crisis de 2008 y, especialmente, las políticas de recortes de gastos sociales en sanidad, educación y servicios sociales exacerbó el malestar. El secesionismo supo aprovechar la indignación social que explotó el 15-M de 2011 para llevar las aguas de ese malestar a su molino. En este sentido, el secesionismo catalán es un síntoma de una enfermedad más general española relacionada con el mal  funcionamiento del modelo territorial.

Hay que dejar un tiempo para que la unilateralidad del independentismo ritualice el luto por lo que murió

--¿Puede el independentismo pasar página ahora, con un nuevo gobierno y olvidar lo que ha protagonizado?

--No veo fácil que PDeCAT y ERC puedan pasar página de un día para otro, aun cuando dan señales de querer hacerlo. Por un lado, la frustración dentro de los votantes independentistas es intensa. Por otro, la ANC sigue presionando en esa dirección. Pero en la medida en que muchos dirigentes políticos y sociales del secesionismo van renunciando a la “unilateralidad” y aceptando los cauces constitucionales y estatutarios, el camino hacia la formación de un nuevo gobierno estable se irá abriendo paso poco a poco. Pero no será fácil. Hay que dejar un tiempo para ritualizar el luto por lo que murió.

--Sin un diagnóstico claro, será imposible una solución. ¿Se puede establecer una verdad de lo ocurrido, que pueda ser objetivable, aunque con el acento que cada uno le quiera poner? ¿Usted podría señalar esa verdad?

--En ocasiones no es necesario tener un diagnóstico claro para comenzar a dar solución a los problemas. Los médicos lo saben. Ahora bien, no hay una “verdad” absoluta. Cada uno tiene la suya. Pero si que pienso que hay hechos objetivables de la estrategia de la unilateralidad. Tanto en el terreno económico-empresarial como en el social están a la vista: la huida de la sede de empresas y la fractura civil de la sociedad. En este sentido, se puede decir que cada uno tiene derecho a tener su propia “verdad”, pero no el derecho a tener sus propios datos. Estos son los que son, y están a la vista.

--Considera que lo ocurrido en los últimos años en Cataluña es la culminación, aunque llegara antes de lo previsto, de un proyecto previo diseñado por el pujolismo?

--No. Sería otorgarle al pujolismo una capacidad profética y de “fabricar la historia” que ninguna idea o fuerza política tiene. Más bien pienso que el nacionalismo tradicional y algunos movimientos sociopolíticos como la ANC han sabido aprovechar el malestar social y la debilidad del Estado provocada por la crisis financiera y económica de 2008 para intentar llevar a cabo su aspiración máxima. Pero ha mostrado que no está tan debilitado como los dirigentes secesionistas pensaban.

El Estado debería aprovechar ahora para acometer una reforma constitucional para resolver disfunciones y mejorar el autogobierno de Cataluña

--¿Cree realmente que estamos en un momento de urgencia, como apunta José Luis Álvarez en un artículo reciente, 'Els de casa' frente a 'els de fora', en el que el Estado debería acometer una reforma constitucional para cerrar el paso al independentismo, con medidas como el final de la inmersión lingüística antes de que el independentismo gane su causa en los próximos años?

--No. Al contrario. Pienso que se debería aprovechar la situación para acometer una reforma constitucional orientada, por un lado, a corregir las disfunciones objetivas del modelo territorial de las autonomías a las que me he referido antes y dar satisfacción a la aspiración mayoritaria en Cataluña de un mejor autogobierno en el marco de la Constitución. No encuentro datos objetivos a la idea de que la escuela catalana es un instrumento de fabricación masiva de jóvenes independentistas. Al contrario, las encuestas señalan de forma unánime que el independentismo es más elevado en los mayores que en los jóvenes. El aumento del independentismo, como ha señalado antes, no viene de la escuela sino del malestar con el funcionamiento del modelo territorial y de la crisis. Una escuela catalana única pero más bilingüe de lo que lo ha sido en las últimas décadas pienso que es un buen instrumento de cohesión social. Se trata de volver a los postulados iniciales de la pedagoga Marta Mata. En todo caso, de acuerdo con el Estatuto y la Constitución, esta es una competencia exclusiva de la Generalitat. Algo que tenemos que decidir entre todos los ciudadanos de Cataluña, que de forma mayoritaria no son independentistas.

Antón Costas, en la entrevista con Crónica Global /CG

--¿Qué fuerza política a su juicio considera que ha roto los consensos, desde la transición? Algunos académicos como Santos Juliá consideran que fue el PSOE, al poner en solfa la transición con la ley de memoria histórica, que defendió la idea de que las cosas se quedaron cojas, dando alas a un sustrato que se acabó configurando y que más tarde dio origen a Podemos.

--No soy capaz de identificar una fuerza política en particular a la que se le pueda atribuir la ruptura del pacto social y político del que he hablado más arriba. Además, pienso que es un ejercicio inútil y hasta peligroso. Las cosas son como son. Responden a dinámicas objetivas más que a conductas subjetivas. Con la ruptura del consenso de la transición sucede como en todos los grandes accidentes, cuando ocurren nunca hay una sola causa sino una concatenación de varias. Responden a lo que coloquialmente se llama una “tormenta perfecta”. Las cosas se deterioran con el paso del tiempo si no se renuevan. Y eso es lo que ha sucedido con el pegamento español de la transición.

El caso de Unilever, retirando su publicidad de Facebook, es un ejemplo de responsabilidad social que se irá extendiendo

--¿Los empresarios españoles se han mantenido a la altura? El empresario español, el financiero español, ¿ha sido determinante en que se rompa ese pacto político en España por su inacción o por su rechazo a reformas?

--Ha habido de todo, como en botica. La fauna empresarial es muy variada: empresarios, altos directivos, financieros, banqueros, hombres de negocios, comisionistas, autónomos. Unos han sido más conscientes que otros. Lo que sí es cierto es que desde una parte del mundo empresarial y patronal se ha hecho un discurso basado en la competitividad mediante bajos salarios y en la “excelencia” meritocrática que ha sido profundamente antisocial. Por otro lado, el hecho de que un presidente de la mayor patronal española esté en la cárcel por conducta fraudulenta no es un buen ejemplo de ejemplaridad social. Lo mismo cabe decir de esas elevadas retribuciones y pensiones de oro que se autoconceden algunos altos directivos de empresas que en muchos casos actúan en sectores regulados o con poder de mercado. Estas conductas afectan al pegamento del consenso social. Frente al descrédito de la política y los políticos en algunos países desarrollados, como en Estados Unidos o el Reino Unido, está apareciendo un activismo cívico y político de los CEO, de los altos directivos, que es muy interesante. El caso de Unilever, la gran multinacional británica de bienes de consumo, retirando su publicidad de Facebook, es un ejemplo de responsabilidad social empresarial que pienso que se irá extendiendo. A España aún no ha llegado.

--¿Nos debemos resignar o preparar y asumir que, como mínimo en Europa Occidental, el esquema de dos o tres partidos, con un gran consenso en cuestiones esenciales, ha saltado por los aires, y es irrecuperable y, por tanto, es muy complicada la gobernabilidad? Lo hemos visto en España, en Reino Unido, en Alemania y ahora en Italia.

--No veo porque hablar de resignación. Pienso que el pluralismo político es bueno. Ayuda a recoger mejor el interés general de la sociedad, el bien común. El bipartidismo goza de demasiada buena prensa. Holanda es un excelente ejemplo de un país multipartidista desde la postguerra que es gobernable. Lo que es evidente es que la gobernanza política bipartidista de las últimas décadas no ha sido capaz de ver el deterioro que se estaba produciendo en el pacto social y en la dinámica política interna de nuestras democracias. Hay una demanda de populismo en nuestras sociedades en el sentido de políticas económicas y sociales orientadas al bien común, al interés general. Y, como ocurre en cualquier mercado de bienes y servicios, allí donde hay una demanda insatisfecha aparece la oferta. El populismo político que estamos viendo en muchos países es la respuesta a esa demanda. Lo que está por ver es si el nuevo populismo (Emmanuel Macrón se ha declarado “populista”), además de ser un síntoma de una enfermedad que no ha sabido ver el bipartidismo, es también parte de la solución.

La economía española ha experimentado una profunda transformación estructural de la que no somos conscientes

--Al margen de las dificultades, usted suele buscar todo aquello positivo de la economía española. ¿Ha dado un salto España que nos pueda llevar a pensar que el próximo decenio será mejor?

--El pesimismo está sobrevalorado. Si eres pesimista da la impresión de que eres más serio. Hay motivos objetivos para el optimismo. La economía española ha experimentado una profunda transformación estructural de la que no somos conscientes. Quizá la mejor forma de verlo es mirar la evolución que ha experimentado la balanza comercial y de servicios. Desde 2001 la economía española ha sido la que mejor comportamiento exportador ha tenido entre los países desarrollados occidentales. No sólo en la balanza de bienes sino también en la balanza de exportación de servicios no turísticos de elevado valor añadido. Y lo extraordinario de este cambio estructural en la capacidad competitiva internacional de la economía española es que no es debido a los bajos salarios sino a la mejora de productividad. Hay motivos para la autoestima y no estar flagelándonos continuamente. Hay, sin embargo, que seguir mejorando. Especialmente en cuanto a la dimensión media de las empresas y, especialmente, en la mejora de la calidad de la gestión empresarial. La mejora de la productividad vendrá de este frente, no de la depauperación de los salarios y del empleo.

--Hace unos años se hablaba del modelo renano. Se miraba hacia Alemania como una potencia económica pero que mantenía la cohesión social. ¿Se ha perdido por completo, Alemania es ahora tan anglosajona como Estados Unidos y esa será la tendencia global?

--El aumento de la desigualdad en Alemania ha sido importante desde los años noventa, coincidiendo con las reformas laborales que se llevaron a cabo para aumentar la exportación y hacer frente a los costas de la integración alemana. Pero aún así Alemania no se ha convertido en un “anglosajón honorario”, por así decirlo. Su modelo “renano” de participación de los trabajadores en los consejos de las empresas y su sistema de formación profesional dual sigue siendo un modelo a imitar.

Los medios de comunicación independientes y veraces son fundamentales, son insustituibles

--¿Italia puede ser el gran laboratorio mundial --ya lo fue con la idea del compromiso histórico--, teniendo en cuenta lo que usted analiza en el libro con un esquema en el que hay populismo de izquierdas, populismo de derechas, liberal socialdemócrata y cosmopolita tecnocrático?

--Italia es siempre difícil de imitar. Y en ocasiones es un modelo a no imitar. Por el contrario, veo a Francia como un laboratorio más capaz de experimentar con nuevos modelos de pacto social. Emmanuel Macron es, en este sentido, la “esperanza blanca” del nuevo acuerdo social liberal socialdemócrata que hay que ensayar en los próximos años. Un contrato que afronte el problema de desigualdad no por la vía del proteccionismo, como hacen las derechas, o por la vía distributiva de las nuevas izquierdas, sino a través de reformas económicas que liberen las fuerzas de la nueva economía y de reformas sociales que impidan que nadie se quede atrás en el reparto de los frutos de la innovación y el crecimiento. En este sentido, la política de defensa de la competencia y contra los monopolios es un componente fundamental de la política social de las próximas década. La competencia tiene un valor social que las izquierdas no saben aún ver.

--¿Sabe votar la gente con información suficiente? ¿Se puede garantizar hoy que se tiene la mejor información? ¿Eso nos responsabiliza a todos los medios de comunicación y nos puede alertar sobre la cada vez mayor fragmentación mediática?

--La información es importante para tomar buenas decisiones. En este sentido, yo le digo continuamente a mis estudiantes que hay que medir los efectos de toda política o reforma. No sólo los efectos sobre la eficiencia (sobre el PIB) sino también los efectos sobre la desigualdad social y política. Lo que no se mide empeora, y lo que se mide puede mejorar. La mejora de la información viene de medir. Pero la vida me ha enseñado que el conocimiento no es poder. Por lo que voy viendo, los médicos utilizan mejor el conocimiento existente de lo que lo hacemos los economistas o los políticos. Pero no hay que desfallecer. Y en este camino de mejora de la información y de las consecuencias de las políticas y reformas los medios de comunicación son esenciales. Sin un buen debate público sobre los problemas y las posibles soluciones, no hay buenas políticas ni buena política. En este terreno, los medios de comunicación independientes y veraces son fundamentales. Insustituibles.

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información