Chucky y la vacuna de las infantas

Ignacio Vidal-Folch
8 min

Al salir de la cura de sueño que sigo escrupulosamente desde hace años en la clínica del doctor Traumas, en Marbella, y que me mantiene dormido cinco días a la semana (se la recomiendo a todos: ¡la vida pasa a toda velocidad, y ni te enteras!), lo primero que suelo hacer es ponerme al día de las noticias.

Así, ahora, por ejemplo, entre los bostezos del despertar de mi cura de sueño, leo que las infantas Cristina y Elena, que habían ido a ver a su atribulado padre a Abu Dabi, se han vacunado allí contra el Covid.

Y parece que esto ha levantado tremendo escándalo en el Gobierno y en otros estamentos políticos… El vicepresidente Iglesias dice que la sociedad española “no acepta que los miembros de la Casa Real se vacunen en Abu Dabi”. Y al flamante ministro Iceta --al que, por cierto, aprovecho la ocasión para felicitar desde aquí por su nombramiento-- le parece “fatal que se salten el orden de vacunación”.

¿Qué pensar sobre este asunto? ¿Qué es aquí lo significativo? Yo creo que…

--¡Aquí lo significativo es que esa chorrada sea significativa! --exclama Chucky, que también acaba de despertarse, y de mal humor, como de costumbre--.

¿Les he presentado a Chucky? Es un muñeco diabólico que vive en mí. Tiene muy mal carácter, grita mucho y sobre cualquier cosa tiene opinión. Repite “¡No hay derecho”, y “¡Es un escándalo!”, y “¡A tomar por culo, gilipollas!”, y cosas así… Vamos, que en el fondo es como todo el mundo. Pero, eso sí, diabólico.

--¡Aquí lo que de verdad es un escándalo –dice Chucky-- es que una pandilla de zánganos publiquen y juzguen cosas en las que no tienen ni arte ni parte!

--Hombre, Chucky, que en España existe la libertad de expresión, y lo que hagan las hermanas del Rey, pues…

--…¡Calla y escucha, pasmarote! ¡Aquí, lo que hay, es mucha precipitación en el juicio y en la condena! Y mucho filisteísmo, mucha cursilería, mucha mezquindad, mucha envidia, mucha necedad y mucho tiempo libre que esos ineptos de la prensa y la política deberían dedicar a identificar y resolver los enormes problemas de la sociedad, si tuvieran la más remota idea de por dónde enfocarlos. Pero, como trabajar cansa, prefieren fiscalizar lo que dos mujeres, que, contra lo que ha dicho Iglesias con su malignidad habitual, no son miembros (¡ni miembras!) de la Casa Real, han hecho o han dejado de hacer en Abu Dabi. Si han tomado un té a la menta, si han dado un paseo en camello por el desierto o si se han puesto una vacuna, ¿qué le importa a Iceta ni a Iglesias? ¿Ni a Montero ni a Rufián, que también han tenido que meterse en camisa de once varas? Nada, pero se trata de enredar.

--Sí, bueno, Chucky, en parte tienes razón, pero yo…

-- ¿Tú? ¿Tú qué hubieras hecho en la situación de esas mujeres? Imagínate que estás visitando a tu padre en el extranjero, se te presenta la oportunidad de ponerte la vacuna china… ¿Y dices “no, gracias, prefiero esperar a que me toque el turno en España, donde las instituciones están llevando tan bien la campaña”?

--¡No, claro! Yo me vacunaría también.

--¡Todos hubiéramos hecho lo mismo!... En  vez de someter a inquisición pública a esas señoras, que no han robado ni perjudicado a nadie, si acaso habría que darles las gracias, ya que al inmunizarse allá han dejado aquí dos vacunas libres, las que les corresponderían en su momento, para que las aprovechen, en su lugar, dos ciudadanos españoles. Y uno de esos dos podrías ser tú, por ejemplo.

--Vale, tus argumentos me han convencido, Chucky.

--Menos mal que entras en razón --el muñeco diabólico, complacido por su, llamémosla así, “victoria dialéctica”, se sonríe, baja la voz y adopta un tono reflexivo-- …Aunque también es verdad que más valdría que esas señoras tuviesen mucho cuidadito con todo lo que hagan, porque al fin y al cabo son hermanas del  Rey y este tiene enemigos poderosos. Que aprovecharán cualquier nimiedad, cualquier excusa, cualquier equivocación o acto como este, justificado pero de apariencia estéticamente discutible, para socavar la institución. Y, en Abu Dabi o aquí, es evidente que alguien se ha ido de la lengua, posibilitando que se haga público lo que hubiera sido mejor callar.

--Pues sí, Chucky, eso también es verdad.

--En fin, la cosa, en el fondo, no tiene mayor importancia. No es como lo de las menores de edad del príncipe Andrés de Inglaterra. Ni como las muertes que causó el 8-M del año pasado. Cambiemos de tema, ¿quieres, Ignacio? Dime, ¿qué más trae la prensa?

--Pues mira, Chucky, aquí dice que en Chequia…

--Vuelve la burra al trigo. Qué manía con ese país.

--Es por el exotismo, Chucky. La cosa centroeuropea, ya sabes…

--Ya, ya. ¿Y qué pasa en Chequia? Ahora están fatal con la pandemia, ¿no?

--Sí, fatal. Angustiadísimos. Y dice que se ha disparado increíblemente la venta de caravanas y autocaravanas.

--Qué graciosos. Se ve que la gente quiere huir de las ciudades. Claro. No son tontos. También yo quisiera huir de estos miasmas. ¿Sabes qué te digo?

--¿Qué?

--¡Cómprate una caravana, Ignacio! ¡Abandónalo todo y vámonos de viaje! Burlemos, gracias a tu carnet de periodista, todos los confinamientos, so pretexto de grandes reportajes de viajes sobre las maravillas del mundo.

--Pero ¿qué estás diciendo? Yo no soy un flâneur. Yo tengo una responsabilidad con mis lectores. Yo vivo para explicarles lo que veo desde mi atalaya informativa.

--Oh, llévame por las onduladas carreteras de los prados de Bohemia, llévame a los tupidos bosques de robles de la Selva Negra… Salgamos a la aventura…. Recorramos la interminable monotonía de la puszta húngara, la llanura panónica salpicada de castillos en ruinas…

--Ni hablar. Compréndelo Chucky: no puedo faltar a mi compromiso con los lectores. El periodismo es un sacerdocio, y yo me debo a LA VERDAD.

--Anda que eres soso...

 

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.