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En la guerra como en la guerra

Ignacio Vidal-Folch
5 min

El pacto del gobierno con Bildu, o sea la firma de un compromiso para derogar la reforma laboral de Rajoy; su ocultación durante las horas necesarias para que Ciudadanos votase sí a la prolongación del estado de alarma; la pantomima del discurso de la portavoz de Bildu, Maite Aizpurua, fingiendo que aún no estaba decidido su voto; y luego la retractación del Gobierno de lo pactado; y todavía la reiteración en lo pactado-y-luego-derogado por parte de un vicepresidente (Iglesias); y la tensión en el seno del Gobierno… todo eso escandalizará a quien quiera pasar por hermano de Kaspar Hauser, aquel bendito Segismundo de la vida real. Otros bostezamos. 

Hace ya tiempo que los usos políticos cambiaron de registro hacia un cinismo práctico. No hace falta ahora recordar las declaraciones de tantas eminencias políticas en un sentido y en el contrario. La franqueza y la coherencia han dejado de tener valor y la palabra dada vale lo que un duro sevillano. La política es de una levedad gaseosa. ¿Alguien creía otra cosa? 

Plumas bien afiladas ya han destacado los aspectos más lancinantes de este asunto, y algún tertuliano se ha roto la camisa, la camisita que es la única que tiene, ay, ay. Aquí, en vez de decir “qué escándalo”, vamos a recordar el punto fundamental del sainete, que es positivo, y luego apuntaremos algún efecto colateral interesante.

Y lo fundamental es que el pacto –tú te abstienes en la Alarma, yo derogo la reforma laboral de Rajoy— con Bildu, que es lo más parecido que tenemos en España a una Asociación de Asesinos y sus Amigos (AAA), salva muchas vidas, al garantizar el control gubernamental de los desplazamientos por el territorio nacional. Que en tiempos de pandemia es una prioridad absoluta, y no una nimiedad. En memorable apogtema de Deng Xiapoing vía Felipe González, “gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones”.

Asunto de menor enjundia son las especulaciones de los partidos que para poner de rodillas al Gobierno han procurado sabotear esta imprescindible medida profiláctica --como ERC, Vox y el PP, tres figurantes de una nueva, singular “foto de Colón”--. Otros han puesto precio político a su apoyo (PNV, AAA); unos y otros han jugado literalmente con la vida de los españoles, cada uno a su manera y todos hermanados en un tacticismo repulsivo que hubiera podido tener consecuencias letales. Comparado con este escándalo el del Gobierno es menor.

Otro aspecto secundario interesante, más allá del ataque de celos que hayan sufrido los señores de ERC (que no son precisamente “interesantes”), se puede destacar la sorpresa del PNV, socio preferente de los socialistas en la gobernación del País Vasco y cuyo representante en el Congreso, Aitor Esteban, funge de hombre sensato y cabal y da lecciones de sensatez y buenas prácticas a diestra y siniestra, aunque sea la encarnación del aldeano “que tira la piedra y esconde la mano.”

Recordemos que el PNV había negociado los presupuestos de Rajoy, que siguen siendo los vigentes, de los que salían muy favorecidos con el desarrollo de la “Y vasca” y otras prebendas millonarias. Hoy parece que nadie se acuerde de que después de esa conquista el mismo PNV que va dando lecciones de modales y moral votó (con la AAA y ERC) a favor de Sánchez en la moción de censura de 2018: a Rajoy ya le había sacado lo que se le podía sacar. Había que elegir otra vaca que ordeñar.

Ahora con este pacto firmado por Adriana Lastra, Pablo Echenique y Mertxe Aizpurua, que supuestamente es un éxito y una excelente campaña de publicidad para la AAA de cara a las próximas elecciones en el País Vasco, han sufrido un pequeño desengaño, una decepción. Que sin duda sabrán superar y devolver al remitente, cuando se presente la ocasión.  

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.