'Libertad creativa, manual de instrucciones'

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Letras

Libertad creativa, manual de instrucciones

En un momento de ausencia de censura, los escritores notan una asfixia en el pecho que responde a la nueva función que juegan las instancias de ‘autoridad literaria’

14 julio, 2020 00:00

Escribir ficción hoy en día en más difícil que nunca, escribir hoy en día es más sencillo que nunca; la escritura nunca ha merecido menos atención, la escritura recibe una atención estricta (¡está asediada!) por grupos de presión que señalan y censuran si se dice algo que no les gusta; el escritor nunca ha sido tan libre para escoger el tema y el tono, el escritor nunca se ha sentido tan presionado para escribir sobre temas correctos… Se trata de afirmaciones que circulan en las cafeterías, que se escuchan en las editoriales, que se repiten en las entrevistas y resuenan en las redes sociales. Cada una parece encerrar su cuota de veracidad, solo al contrastarlas nos damos cuenta de que se trata de contradicciones casi diría que excluyentes. ¿Qué diablos ocurre? ¿Está invadiendo el mundo una tierra paralela? ¿Comparten el planeta dos realidades distintas, de valores contrarios?

Antes de dejarnos arrastrar por las seductoras pero improbables respuestas que nos ofrece la ciencia ficción, quizás no sería mala idea recurrir por una vez al refranero: “todo es verdad, todo es mentira, todo depende del cristal con que se mira”. Aunque sean en apariencia divergentes, estos enunciados responden a una serie de cambios en las condiciones de trabajo, ante los que el escritor (y por extensión el artista de cualquier disciplina) puede reaccionar de maneras muy diversas. En el primer párrafo de este artículo se contrastan reacciones extremas, entre las que cabe imaginar matices variados, según el carácter, la situación personal o el ánimo del momento. 

Me atrevería a decir que las peculiares condiciones en las que se desarrolla la escritura de novelas sigue siendo la misma que desde hace varios siglos: una situación de desgaste (y de presión) de la que si ya no nos quejamos de continuo quizás sea porque a fuerza de costumbre nos hemos convencido de que no tiene remedio, o porque después de todo nos estimula, vaya uno a saber. Diría que este incómodo estado permanente se puede resumir en tres rasgos.

Retrato del escritor ruso Evgeny Chirikov (1904) / IVAN KOULIKOV

Retrato del escritor ruso Evgeny Chirikov (1904) / IVAN KOULIKOV

Primero: los libros no son un bien de consumo, se deterioran los ejemplares, no los textos (a diferencia de lo que ocurre con los zapatos, los plátanos o los encendedores). De manera que sobrepasados los quince siglos de escritura el ser humano dispone de un número acumulado de obras accesibles más que suficiente para abastecerle desde que se le despierta el gusto por la lectura hasta la muerte se lo arrebata todo. De manera que el de escritor es un oficio sin demanda, en el que constantemente se reciben señales de la propia insignificancia, avisos de que uno se está embarcando en un proyecto para el que no existía demanda. O si se prefiere: de irrumpir en un mundo donde nadie le había llamado ni se le esperaba.

Segundo: la literatura responde por lo menos a tres instancias de autoridad (si aceptamos un empleo laxo del término) no siempre bien avenidas. La autoridad oficial, la autoridad pública y la autoridad privada. La primera la han ejercido las distintas instancias religiosas y estatales, los encargados de autorizar la publicación y la circulación de los textos, o de propiciarla bajo mecenazgo. La segunda corresponde al debate crítico, y se juega con las armas blancas del espíritu: no puede impedir la publicación ni la distribución de un texto, pero puede alzar o arruinar reputaciones, contribuir a hundir o a rescatar a un autor del olvido. La tercera corresponde a la autoridad privada de los lectores, decisiva para fijar el precio y sostener o derrumbar la economía del escritor.

Tercera: la escritura no es un oficio. Aunque existen escuelas (y otras prótesis teórico-prácticas como los estudios de literatura comparada o los departamentos universitarios), no son imprescindibles para ejercer, luego no son tan decisivas ni necesarias como las escuelas de ebanistería o de repostería, ni como los estudios de ingeniería ni de química. El escritor no está sindicado y no existe una escaleta de precios fijos para su trabajo ni se puede establecer una previsión de las ventas ni del dinero que ganará. Sus objetivos son con frecuencia distintos al del mercado, ni siquiera puede defenderse que coincidan con los de la editorial donde publica. 

Un caballero leyendo JOHANN HAMZA

Un caballero leyendo / JOHANN HAMZA

Las relaciones entre la literatura y las vías editoriales es compleja: la literatura requiere de estos conductos, pero por ellos viajan títulos que no siempre son literatura. El cuidado de la obra y el cuidado de la carrera no siempre coinciden, y en ocasiones entran en conflicto: quien busca lectores no siempre encuentra público. La cantidad de escritores que viven exclusivamente de sus libros siempre ha sido pequeño, y el número de grandes escritores que han vivido exclusivamente de sus libros es irrisorio. Ya lo advirtió Cyril Connolly: ganarse la vida es uno de los primeros problemas literarios a los que debe enfrentarse un joven escritor.

Para ser sinceros las cosas no parecen haber cambiado mucho. Quizás la apariencia de sector consolidado (¡de industria!), el espejismo de prestigio de la literatura compleja en los setenta, la fantasía de los adelantos en la gran época de la concentración editorial y la presencia en los medios de páginas dedicadas a jóvenes editores, a fusiones corporativas, de fiestas envolviendo premios corruptos hayan podido germinar en alguna mente sensible que el escritor tenía derecho a ganarse la vida, como cualquier ebanista o pastelero, como cualquier médico o piloto de avión, como cualquier otro profesional acreditado por una escuela, que puede ofrecer garantías de una dedicación y de un éxito constante, y de cuya producción existe una demanda real y concreta.

Hay escritores que manejan el vocabulario de los derechos sociales sin participar en la lucha de los derechos sociales, y otros cuyas fantasías sobre las propias posibilidades distorsionan el carácter gratuito de la escritura de ficción, de apuesta y de salto al vacío. Cualquiera de los dos puede llegar a creerse que le estaban esperando, que tiene derecho a escribir y a ser leído, que su trabajo es necesario.

Donde el cambio es más notorio es en el juego de fuerzas entre las distintas autoridades ante las que rinde cuentas la obra. Uno de los cambios importantes es que la autoridad oficial parece adelgazada hasta la insignificancia; muchas circunstancias insólitas deben converger para que un gobierno secuestre un libro o se le decrete una fatwa. Un libro rechazado en una editorial por motivos morales o de conciencia puede circular por otras doscientas. El punto de partida nunca había estado tan abierto, los campos de la libertad nunca habían parecido tan anchos. 

Samuel Johnson retratado por Joshua Reynolds (1772)

Samuel Johnson retratado por Joshua Reynolds (1772)

También se ha rebajado la fuerza de la autoridad pública conocida como crítica, no tanto porque haya perdido influencia sobre el grueso de los lectores del presente (que tampoco ha sido nunca excesiva, ni en tiempos del Doctor Johnson), sino porque está menos articulada en escuelas con un ideario claro, y muchas veces enfrentadas, que polarizan el debate y condicionan la recepción. La crítica es menos militante y por tanto menos sensible a detectar y atacar formas que no puede dejar pasar de ninguna manera. El escritor está también más libre, deberá enfrentarse a los miedos y a la cortedad de miras de los críticos (y también de sus entusiasmos y hallazgos), de uno en uno, pero no articulados y apoyados en presupuestos comunes. No siente la presión de una serie de prejuicios y antagonismos consolidados y resabidos. En el encuentro con el crítico puede pasar de todo. La imaginación puede estremecerse por el reto pero se enfrenta a tantas resistencias anticipadas.

La autoridad que ha incrementado su poder es la privada, la de los lectores, que al articularse en grupos (a veces identitarios) y acceder a medios de difusión han asaltado la esfera pública con sus juicios y sus ideas. Se dejan oír. Clubs de lectura, páginas digitales donde se puntúan y se recomiendan libros, reseñas digitales, blogs, pero sobre todo grupos que han conquistado una voz y cobrado conciencia y exigen de los escritores una mejor representación, o por lo menos que no se reiteren los errores del pasado, que sugieren, insisten y supervisen que la literatura de ficción transmita una visión de la realidad más acorde con la suya. 

Creo que esta es la presión que sienten muchos escritores de ficción, la que provoca que en un momento de plena libertad creativa (o por lo menos insólita en la historia de las tradiciones literarias occidentales) noten una asfixia en el pecho. Aunque también es cierto que para otros colegas se abre una oportunidad inequívoca de hacerlo bien, de introducir un catecismo con el que ganarse el aplauso de entrada, a priori, sin otro esfuerzo que cumplir con la representación de estereotipos positivos. De nuevo, nos lo podemos tomar de maneras bien distintas, casi contrarias.

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Libros antiguos en una biblioteca

A título personal, el marco me parece beneficioso: el poder auténtico, el que podía impedir la publicación y la difusión de las obras está desactivado. No puede obligarnos a dar rodeos complicados, a recurrir a retorcidas alegorías, a presionar la imaginación con la conciencia de la censura. Y también considero interesante que la relación con la crítica se desarrolle (mayoritariamente y con todas las excepciones que se quiera) con los marcos teóricos desactivados, y sin la mediación de escuelas, cara a cara, de uno en uno.

En cuanto a la presión de las nuevas voces es indudable que en un plazo breve se han constituido como instancias de presión, pero al mismo tiempo nos ofrecen la posibilidad de profundizar en la áreas de representación que ocupan, señalan y defienden. Entre el estereotipo denunciado (la representación de las mujeres, los homosexuales, la clase trabajadora, el enfermo, el emigrante...) y la consolidación de un nuevo estereotipo, de signo buenista, se nos abre un campo de exploración y de juego fascinante. Claro que sentimos la presión de la mirada, pero, ¿no sería más triste quejarnos de no tener público, de no suscitar interés, de no estar trabajando sobre la materia viva y en disputa del presente?