Orgullo 'charnego' / DANIEL ROSELL

Orgullo 'charnego' / DANIEL ROSELL

Letras

Orgullo 'charnego'

Las culturas periféricas surgidas en Cataluña al calor de la emigración construyeron identidades que reivindican la ‘resignificación’ de un concepto despectivo

30 mayo, 2020 00:10

La palabra charnego parece tener más de siete vidas. Con un origen controvertido, a mediados del siglo XX sirvió para marcar a fuego –despectivo y clasista– a muchos españoles emigrantes de origen humilde que llegaban a Cataluña desde otras partes de España. Era un insulto común que escupían algunos con precisión supremacista. Con el tiempo el vocablo fue perdiendo veneno al tiempo que popularidad. Parecía estar condenado definitivamente al olvido. En las últimas décadas, sin embargo, la palabra ha sido resucitada por descendientes de aquellos charnegos primigenios como marca de orgullo y señal de pertenencia a un colectivo tradicionalmente marginado. ¿En qué quedamos entonces? ¿Debemos seguir utilizando la palabra o es necesario olvidarla? 

Algunos pensarán que este artículo podría haberse titulado: “¿Otro maldito artículo sobre charnegos?” Como si no hubiéramos superado ya esa lejana fase donde los recién llegados a la estación de Francia debían encajar el epíteto con rabia o resignación. Como si lo que más nos interesara ahora fuera volver a repetir una polémica superada por la mayor parte de la ciudadanía. Como si ese debate no llegara con cuarenta años de demora. Como si los charnegos no lleváramos demasiado tiempo monopolizando el debate sobre las migraciones en Cataluña. Como si Jordi Pujol nunca hubiera pronunciado aquellas terribles palabras: “El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido […]  Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad". 

En los últimos tiempos iniciativas artísticas y culturales han recuperado el término –o acaso la memoria de los aludidos– para resignificarlo en sentido positivo. Realizando una alquimia parecida a la que obraron los colectivos LGTBI con el fantasmita multicolor de Vox; convirtiéndolo de caricatura homófoba en el simpático y reivindicativo Gaysper. O como hace el programa Polònia apropiándose con humor del insulto que algunos utilizan contra los catalanes. ¿Ha ocurrido algo parecido con la palabra charnego? ¿Se ha convertido en una etiqueta cool? ¿Es esto deseable?

En las mesas de las librerías podemos encontrar títulos que aluden al fenómeno desde diversos enfoques. Por ejemplo, el hermoso y lírico Los cuerpos partidos (Candaya) de Álex Chico y, dentro de la crónica ensayística, Yo, Charnego (Libros de la Catarata) de Javier López Menacho. También el escritor y guionista de cómics Hernán Migoya reivindica el término en su novela fetén Baricentro (Reservoir Books), una suerte de memorias íntimas y, a la vez, colectivas de lo que significó ser hijo de charnegos a finales de siglo XX. O Albert Lladó, que en La travesía de las anguilas (Galaxia Gutenberg) noveliza su pasado en Ciudad Meridiana. Cabe citar también algunos reportajes publicados en medios de comunicación que han avivado un debate que se enmarañó –por motivos más políticos que artísticos– el año pasado al celebrarse el primer festival de Cultura Txarnega comisariado por Brigitte Vasallo, con éxito de público y lapidación viral.

Baricentro, Harnán Migoya

Podríamos preguntarnos: ¿si ese concepto ya no sirve –como muchos afirman–, si no tiene nada más que aportarnos, por qué levanta tantas ampollas entre cierto nacionalismo español y catalán? ¿Por qué no cae en desuso? Es pronunciar la palabra charnego y aparecen –así de hipersensible es nuestra memoria–  una multitud de ofendidos que claman contra ella. Desde un bando aseguran que el rescate del término se debe a una campaña orquestada desde el españolismo más recalcitrante para dar bula al supuesto supremacismo de parte del proyecto independentista. Una suerte de Operación Tabarnia de nuevo cuño. Se acusa a los que reivindican su memoria, o se sienten interpelados, de inadaptados y colonos. Víctimas incapaces de subirse a los veloces trayectos del ascensor social o engreídos esteticistas, ahítos de reconocimiento, algo así como la aristocracia de la migración. Desde el otro lado tachan a los independentistas de origen charnego de traidores domesticados, de vivir bajo el influjo de un irrefrenable síndrome de Estocolmo. El viejo lugar común del charnego agradecido, rollo Uncle Tom. En el pimpampum nacionalista parece que el tiro al plato contra la identidad mestiza puntuara doble.  

El hipotético Parque Temático del Charneguismo está en ruinas. Sus abandonadas atracciones –las barracas del arrabal, la casita del pueblo, el vagón de madera, la huelga para conseguir que llegue la luz– son consideradas viejo folclore barato. Pareciera que por sus pasillos solo vagaran algunos nostálgicos o mercachifles que pretenden hacer negocio con la chatarra. Muchos de los presuntos integrantes del grupo de afectados rehúyen la palabra y lo que representa por diferentes motivos. Porque la palabra es fea y habría que enterrarla (Javier Cercas), porque ahora no es momento de dividir más (Maruja Torres) o simplemente porque no aceptan la visión que esa palabra representa (Javier Pérez de Andújar). Nada que objetar.  

Yo, charnego, Javier López Menacho

Hablamos con Javier López Menacho, uno de los culpables del revival. En su estupendo libro, Yo, charnego –donde da cabida a la disparidad de criterios respecto al término–  mezcla el reportaje, la crónica y la memoria personal para reflexionar sobre la vigencia o no del vocablo. Y llega a la conclusión de que casi no se usa ya en sentido peyorativo; es decir, que si tuviera alguna clase de futuro sería el de expresar el orgullo de pertenecer a la clase obrera de origen emigrante, esto es, un símbolo de memoria e integración. Pero ya lo dice el clásico: “si quieres mantener un secreto, publícalo en un libro”. Hay que tener en cuenta que algunas reacciones a la portada del libro –muy pocos de los que lo critican parece haberlo leído–  han sido desaforadas e infundadas.

López Menacho afirma que se sintió interpelado al llevar un tiempo en Barcelona, en plena crisis financiera, cuando la  precariedad salvaje arreciaba, hace más de diez años. Se preguntó qué le unía –y a la vez le separaba– de aquellos primeros andaluces que llegaron a la ciudad. Se encontró con que escuchaba flamenco sin saber exactamente el motivo, cuando no lo hacía en su tierra natal. Desde ahí construye su libro, donde reivindica una especie de neocharneguismo de nuevo cuño, desprejuiciado y podríamos decir que optimista. La verdad es que causa cierta desesperanza observar cómo algunos todavía le niegan la posibilidad de ser lo que desea ser, afirmando que en realidad no es charnego. ¿Quién demonios es él para considerarse parte de este club, deslegitimando de paso incluso sus propias vivencias? ¿No les suena parecido a algunos de los desplantes que sufrieron los primeros charnegos? ¿Quién es nadie para dar carnets sobre identidad? 

López Menacho admite que hay otros relatos sobre la migración y la desigualdad entre clases sociales alternativos al suyo, como el de la clase obrera catalana, vecina de los mismos barrios que los charnegos, con la obligaciónn de ocultar su acento ante la mayoría castellanoparlante, de la misma manera que los charnegos forzamos nuestro propio acento català para no desentonar en determinados ambientes catalanoparlantes o aceptamos que nos catalanicen el nombre de pila.  

Javier López Menacho

Javier Lopez Menacho

Una buena parte de los hijos de la migración interna no se siente concernida por esta discusión. Miguel Ángel Esteban, autor de El fin del bienestar (Témenos Edicions), una aproximación a las clases medias de la Ciudad Condal, es uno de ellos. Barcelonés, de padre soriano y madre aragonesa, declara que nunca se ha visto reflejado en esta etiqueta. Jamás sintió pulsión identitaria alguna ni nadie de su entorno familiar la fomentó. A su juicio, al relato pujolista le convino convertir a toda la migración española en un mismo subproducto de folclore, ideal para poder ser desprestigiado.

Esteban echa de menos relatos sobre figuras como sus padres; maestros con una trayectoria vital dedicada a la alfabetización y la escolarización básica en lugares especialmente sensibles, como las casas baratas de la Zona Franca. O el reverso de la moneda: su tío materno, cirujano de toreros y doctor de confianza de alguno de los patricios de la ciudad. Pareciera como si la única emigración llegada a Cataluña fuera la de maleta de cartón, con un falsa incultura y la morriña del terruño tatuada a una epidermis curtida por el trabajo en el campo. ¿Dónde quedaron los habitantes de otras partes de España? ¿No llegaron también trabajadores con estudios, ofertas de trabajo y oposiciones ganadas? ¿Por qué nunca las contempla el relato oficial del nacionalismo?   

¿Qué hacer con la palabra charnego? Proponemos una humilde solución. Hace unos meses se descubrió en l’Espluga de Francolí un asentamiento paleolítico con representaciones de arte rupestre figurativo y abstracto. Nadie puso en duda que este conjunto arqueológico debe ser objeto de estudio y protección. Deberíamos conservar la palabra charnego con el mismo objetivo: para preservarla como si fuera una vasija neolítica rasgada. Así no olvidaríamos a los que la utilizaron –y todavía la utilizan– para lanzarla contra los otros. Y, al mismo tiempo, dotarla de un nuevo uso, cauterizador. Si algún sentido tiene conservar el vocablo es para darnos cuenta de lo racistas y clasistas que fuimos y somos todavía con las nuevas migraciones. Tal vez nos sirva también para aprender a respetar toda las maneras que existen de sentirse (o no) catalán. Por ejemplo, estar orgulloso de una catalanidad no normativa, cada vez más cómoda fuera del armario del nacionalismo reduccionista. Si para algo sirve este reclamo, más allá de pequeñas modas, es para asumir nuestro pasado clasista, tan parecido al de muchas otras naciones. 

Tampoco deberíamos soslayar los descubrimientos que nos legan las obras que giran alrededor de la órbita charnega. Sus puntos de vista, aparentemente excéntricos, consiguen que nos replanteemos la posición privilegiada del centro. La misma existencia o inexistencia de algo llamado centro. Consiguen que pongamos en valor buena parte de una cultura que siempre fue considerada de segunda o tercera categoría, desligándola de prefijos despreciativos. Construyendo un legado popular con elementos que otros considerarían de derribo: el barrio, el camping, la fábrica, el descampado, las luchas obreras, las ferias, las vacaciones en el pueblo, el ocio en el centro comercial. Resignificando estos símbolos y ganándolos para una memoria que es la de todos. 

El principal logro de la cultura charnega es que enriquece nuestra manera de mirar al mundo. Nos muestra a las claras, sin un gramo de impostura, que tan importante pueden ser los tebeos de quiosco como las obras completas de Proust. Tan digno de estudio y respeto puede ser el centro de interpretación del Sitio del 1714 como la calle todavía sin asfaltar de un polígono industrial de barrio. Los yacimientos de Atapuerca pueden enseñarnos tanto sobre la esencia de la humanidad como un puente bajo la riera del Vallés lleno de fragmentos de revista eróticas, condones usados o la memoria olvidada de las víctimas de las inundaciones. La Plaza Mayor de Salamanca con su magníficos soportales es tan capital en nuestra historia – y tan hermosa–  como la llegada de la luz eléctrica a un asentamiento de barracas tras años de manifestaciones.

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Obras culturales de un posible canon charnego 

Nada, Carmen Laforet

El amante bilingüe, Juan Marsé

Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé

Los cuerpos partidos, Álex Chico

La barrera del sonido, Juan Trejo

Un calor tan cercano, Maruja Torres 

Yo, charnego, Javier López Menacho

Baricentro, Hernán Migoya

Yo fui Johnny Thunders, Carlos Zanón

El día del Watusi,  Francisco Casavella

El fin del bienestar, Miguel Ángel Esteban

Suburbio y lejanía, Xavier Rodríguez Ruera

La travesía de las anguilas, Albert Lladó

Carne de cañón, Aroha Travé (Cómic)

Charnego, David Romero (Espectáculo de danza)

Desglaç, Miguel Poveda (Música)

Destrangis, Estopa (Música)

La piel quemada, José María Forno (Cine)

Charnego (A La Manera De Gato), Loquillo

Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar

Rayos, Miki Otero

Lectura Fácil, Cristina Morales