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El cantante Mick Jagger / EFE

Mick Jagger

5 min

Estoy hecho un chaval

Lo de Mick Jagger es admirable. No solo sigue de gira con los Stones a los 78 años, sino que llega con tiempo a los sitios para hacerse fotos en ellos y que se note que disfruta con la espera hasta el concierto de turno. En Madrid, antes de la primera entrega de la que se supone que es su última gira (¿alguien se lo cree? Yo no), lo hemos visto sentado en un parque, posando ante el Guernica de Picasso y tomando cañas en una cervecería con solera del centro de la ciudad. Llegada la hora del concierto, se ha vuelto a tirar dos horas cantando, brincando y corriendo por el escenario como si tuviese veinte años. Se hacen muchas bromas sobre la longevidad de su compadre Keith Richards, que tiene su misma edad, pero en directo Keith se limita a quedarse en un rincón echando un pitillo y dando cuatro guitarrazos para que no se diga: aquí, el que suda la camiseta es siempre Mick Jagger.

No sé qué pensará Jagger de ABBA y sus avatares, pero intuyo que lo considerará una muestra de flojera por parte de los suecos. Y un despilfarro, pues tiene cierta fama de roñica (de ahí que su ex mujer, y exnovia de Bryan Ferry antes, Jerry Hall, se haya tenido que asegurar la vejez casándose con el carcamal de Rupert Murdoch). Los suecos no saben divertirse, debe pensar el cantante de los Stones, pues él se lo sigue pasando pipa actuando en directo y no es de esos que van del hotel al estadio y del estadio al hotel, sino que disfruta visitando museos, tomando cañas con el populacho y hasta acabando la noche en un tablao flamenco. Mick Jagger es la versión optimista de Bob Dylan, que también se empeña en tirarse medio año de gira, pero no parece disfrutarlo en exceso, pues no se deja ver ni por los teloneros (Mick le regaló una púa de guitarra firmada al líder de Sidonie), no le dirige la palabra al respetable, retuerce sus canciones hasta hacerlas irreconocibles y da la impresión de que va de ciudad en ciudad metido en un ataúd del que solo lo sacan para apalancarlo en un armonio, colgarle la armónica al cuello y dejarle que se desahogue un rato con sus leales.

Visto desde fuera, el fenómeno puede resultar inexplicable. ¿Qué necesidad tiene un millonario que se acerca a los 80 años de dormir cada noche en una cama distinta, revisitar ciudades en las que ha estado un montón de veces y volver a cantar canciones que se sabe de memoria porque lleva más de cinco décadas interpretándolas? Aparentemente, ninguna. Lo de Jagger no es como lo de Cohen cuando tuvo que volver a los escenarios porque su contable lo había dejado tieso. Lo de Jagger es voluntario, vocacional, entregado, admirable. O eso o se aburre como una ostra en todas sus mansiones y aún sigue necesitando el aplauso del respetable, que es lo que lo mantiene hecho un potro. En su lugar, cualquier otro se habría retirado del directo y viviría de los royalties y del dinero acumulado tras una fértil carrera musical de sesenta años. Pero Mick, por las razones que sean, sigue disfrutando con las actuaciones, los viajes y el movimiento constante. Y el público sigue llenando los conciertos de los Stones, como ha pasado en Madrid y pasará, previsiblemente, en los siguientes capítulos de esta gira. Un público transgeneracional compuesto por abuelos, padres y nietos que acuden por sus respectivos motivos, que se resumen en uno: los Stones siguen en la brecha y se han convertido en una leyenda viva del rock & roll. Dios los bendiga. Sobre todo, a su cantante, esa fuerza de la naturaleza, ese tesoro internacional, ese superviviente de sí mismo.