¿Qué le pasa a la izquierda catalana?

Iceta y Domènech copian los errores de Hillary Clinton y desconectan con la clase trabajadora, entregada al discurso simple y claro de Arrimadas, en unas elecciones donde ERC y CUP también pinchan

Miquel Iceta (PSC), Xavier Doménech (Catalunya En Comú), Xavier Riera (CUP) y Oriol Junqueras (ERC) / CG
23.12.2017 00:00 h.
6 min

Los resultados de las elecciones del 21D han puesto de manifiesto la incapacidad de la izquierda catalana para conectar con las clases trabajadoras. Un fenómeno que recuerda mucho a lo ocurrido en Estados Unidos en 2016, donde el votante asalariado eligió al millonario republicano Donald Trump en lugar de la demócrata Hillary Clinton. La desconexión de este sector de población con el partido que supuestamente debía representar mejor sus intereses.

Joe Bageant, en su libro Crónicas de la América profunda, ya analizaba en 2011 los motivos que llevan a la clase trabajadora de ese país a apoyar en las urnas el capitalismo salvaje que defiende el Partido Republicano. Y tampoco es nuevo que, en Cataluña, la izquierda haya sido vista como una elite intelectual alejada de las clases populares. Pasqual Maragall y sus cómplices de Ciutadans pel Canvi, herederos de la llamada gauche divine provocaban desafección entre esos segmentos de población. También sus sucesores, integrantes de una generación blackberry --Laia Bonet, Jaume Collboni-- no acabaron de aglutinar simpatías.

Miquel Iceta, candidato del PSC, admitía ayer que su propuesta transversal y catalanista no ha logrado crear confianza entre las clases trabajadoras. Los socialistas han subido en escaños (han pasado de 16 a 17 escaños) y en votos (han ganado 80.000), pero no han alcanzado las cifras esperadas. Su mensaje reconciliador y su candidatura, que incorporaba también a exdirigentes de UDC y comunistas, ha sido percibido como algo muy complejo en una campaña polarizada entre el independentismo y el constitucionalismo.

Polarización del voto

El voto no secesionista, tanto el aburguesado como el popular, se lo ha llevado Inés Arrimadas, la cabeza de lista de Ciudadanos. Un partido liberal integrado por candidatos de clase media alta, que ha sido capaz de ganar en dos barrios de Barcelona tan diferentes como el pudiente Sarrià-Sant Gervasi y el popular Nou Barris. Cs ha teñido de color naranja el tradicional cinturón rojo metropolitano, pero también ha ganado este jueves en ciudades como Figueres, Lleida o Tarragona. Lo ha hecho con un discurso claro, simple, sin complicaciones ideológicas. Acaparando en voto útil en unas elecciones que parecen haber enterrado definitivamente el eje izquierda-derecha, mientras se consolida el de independentismo-constitucionalismo.

Tampoco Catalunya en Comú-Podem, la confluencia de la izquierda encabezada por Xavier Domènech, ha sabido conectar con la clase trabajadora. A pesar de que ICV forma parte de esa coalición, los comunes no han convencido a ese electorado ecosocialista, descendiente del PSUC, pasando de los 11 escaños que Catalunya Sí que Es Pot obtuvo en 2015 a 8. Ni DUI ni 155, ha repetido Domènech en estos comicios. Pero más allá de presentarse como partido bisagra, sus contenidos programáticos han chocado con el desinterés de esas clases populares. La marca Podemos, creada por un grupo de profesores universitarios --Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón-- que acompaña a los comunes tampoco ha ayudado

Si se tiene en cuenta que los comunes lograron ganar las dos últimas elecciones generales en Cataluña, el batacazo es importante. Aunque ya estaba previsto en las encuestas. Por ello, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, la líder más carismática y activista que tiene esta formación, se ha prodigado tan poco en esta campaña: no quería que los malos resultados le pasaran factura.

La izquierda independentista

Tampoco han salido demasiado airosas los partidos de la izquierda independentista. Los sondeos también se mostraban adversos para la CUP, pero los resultados han sido todavía más crueles. Este partido de extracción eminentemente municipal, muy arraigada en el territorio –especialmente en la Cataluña interior-- ha pasado de 10 a 4 diputados. El ejercicio del voto útil también parece haber condenado a los antisistema al ostracismo parlamentario --puede que tengan que compartir despacho y grupo mixto con el PP--. Su cabeza de lista, Carles Riera, identificado con el sector más izquierdista del partido, también ha pinchado en lo que respecta a captar el voto de las clases populares.

Pero el desplome más evidente ha sido el de ERC, con Oriol Junqueras como candidato encarcelado, que partía como ganadora. Las encuestas habían llegado a otorgar a los republicanos 40 escaños, pero se han quedado en 32, siendo superados por Junts per Catalunya. Porque, si simple ha sido el discurso de Arrimadas, igualmente sencillo es el de Carles Puigdemont (“soy el presidente legítimo”). Hay que admitir que Junqueras ha perdido cuota mediática con su encarcelamiento y que su sucesora, Marta Rovira, dilapidó en pocos días el tirón republicano.

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