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Santi Vila en el Tribunal Supremo en el juicio del 1-O / EFE

Los independentistas hacen 'bullying' a Santi Vila

El procesado por el 1-O, a quien Puigdemont pidió negociar un referéndum pactado, sufre el vacío de sus compañeros de banquillo y es el único que no ha recibido ayuda de la 'caja de resistencia'

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Hace año y medio que Santi Vila no habla con Carles Puigdemont, un dirigente político con el que compartió liderazgo convergente en tierras gerundenses. Lamenta su “exilio”, pues así considera el exalcalde de Figueras la fuga del expresidente. Y aunque discrepa de la deriva unilateral del procés, solo tiene palabras de reconocimiento para Puigdemont cuando se le pregunta por él en actos públicos. Las tiene a pesar de las acusaciones de “traidor” que recibe por parte de sus antiguos compañeros de partido, e incluso en la calle, por abandonar el Govern cuando, el 27 de octubre de 2017, Puigdemont decidió aprobar una declaración unilateral de independencia (DUI) en lugar de convocar elecciones.

Del rechazo de sus excolegas políticos da fe el vacío que Santi Vila (Granollers, 1973) sufre estos días en el juicio del procés celebrado en el Tribunal Supremo, y el hecho de que haya sido el único procesado privado de las ayudas económicas vehiculadas por la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium a través de la llamada “caja de resistencia”.

Desobediencia y malversación

A pesar del desmarque, el exconsejero de Cultura y de Territorio se enfrenta a siete años de cárcel y 16 de inhabilitación absoluta por malversación. Además, la Fiscalía solicita para este político una multa por delito de desobediencia grave y un año y ocho meses de inhabilitación para el ejercicio de cargos públicos. Las mismas condenas que el ministerio público solicita para los exconsejeros Meritxell Borràs y Carles Mundó, que ayer presentaron declaración en el Supremo.

Jaume Collboni junto a Santi Vila / CG

Jaume Collboni (PSC) junto a Santi Vila / CG

Los tres se encuentran en libertad provisional. “Vila está solo. El resto de los acusados no le dirigen la palabra en la sala de vistas. Le hacen el vacío”, aseguran a Crónica Global fuentes judiciales. La situación se vuelve tan tensa que, cuando acaba la sesión, Santi Vila “sale corriendo para que nadie vea lo solo que está”.

Y es que Santi Vila nunca fue un soberanista al uso. El exalcalde, que hace un año fue fichado por Aigües de Banyoles, siempre renegó de lo que él mismo califica como “nacionalismo de campanario”. Y más recientemente, cuando el procés ya había roto las costuras de la convivencia entre catalanes y de la cortesía parlamentaria, renegó del “cuanto peor, mejor”.

Autorizado por Puigdemont a negociar

Pero hubo un tiempo en que el propio Puigdemont le autorizó a aprovechar sus buenas relaciones con el Gobierno español --es conocida su amistad con la actual presidenta del Congreso, Ana Pastor, a la que invitó a su boda-- para buscar una salida al conflicto. En la primavera de 2017, Vila se reunió con la entonces vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, a la que planteó un referéndum sobre el encaje de Cataluña en la que quedara clara la unidad indivisible de España. A Santamaría no le pareció mal la idea, pero el sector duro del PP la vetó.

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Carles Mundó, Santi Vila (C) y Meritxell Borràs, en la sala de vistas del Supremo

Vila es un animal político --hay quien le califica de oportunista, pues lo mismo se arrima a Lliures que al PSC-- y, si no fuera por las condenas que, según augura resignado, el Supremo dictaminará, regresaría a la vida pública. “Volvería de cabeza”, confesó recientemente en un almuerzo donde se le animó a retornar a la política para liderar ese catalanismo moderado, actualmente huérfano debido al radicalismo independentista de Puigdemont y su Crida, y la incapacidad que hasta ahora ha demostrado PDeCAT para plantar cara a ese secesionismo irredento.

Vila, defendido por el abogado Pau Molins, es el único de los procesados que no ha recibido ayudas de ANC y Òmnium para asumir las responsabilidades económicas que conlleva estar procesado. Es socio de Òmnium desde hace muchos años --la entidad ha aumentado en 559 su número de socios desde que el martes la mencionó Jordi Turull en su declaración ante el Supremo--, y piensa seguir siéndolo, pero lamenta esa discriminación, que le obligó a recurrir a amigos y familiares. Hasta que las exigencias judiciales fueron tan grandes que tuvo que hipotecar algunos bienes.

Uno de los pocos contactos entre Vila y el resto de procesados se produjo ayer, cuando dio un beso a Meritxell Borràs, después de que ésta rompiera a llorar al recordar a su fallecido padre durante el interrogatorio.