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Juan Claudio de Ramón, diplomático español, autor de 'Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña' /CG

Guía para desmontar los argumentos del independentismo

El diplomático Juan Claudio de Ramón relaciona tópicos y recetas de los independentistas para concluir que el proyecto sólo tiene un nombre: nacionalismo

17.11.2018 21:00 h.
13 min

Un plan atrevido. El proceso soberanista ha provocado en Cataluña, en el plano interno, grandes contradicciones: catalanistas que quisieran recuperar el camino trazado hasta 2012; nacionalistas que asumen que han ido demasiado lejos, y tibios y convencidos que creen que Cataluña debe ser un estado separado de España, sea ahora o en un tiempo prudencial. Pero, ¿hay argumentos reales, hay recetas que se aguanten en el tiempo y que justifiquen lo que ha ocurrido?

CRÓNICA GLOBAL ILUSTRACIÓN

Podría resultar que Cataluña ha vivido condicionada por completo por un relato, el nacionalista, y que ahora, cuando baja la marea, vemos que todos estaban desnudos, que se debe llegar a un nuevo acuerdo interno, pase lo que pase en el resto de España. Esa guía para desmontar los argumentos del independentismo se puede elaborar, aunque el debate no ha hecho más que comenzar.

Todos los argumentos, recetas, tópicos e ideas los ha relacionado el diplomático Juan Claudio de Ramón (Madrid, 1982), que asume el riesgo y que tiene claro lo que ha ocurrido, aunque pueda resultar reduccionista: “Lo que tenemos delante tiene un nombre y se llama nacionalismo”, asegura a Crónica Global.

juan claudio 1 ¿Entonces, todos los argumentos, en qué quedan? De Ramón los ha analizado en Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña (Deusto), un libro que puede resultar demoledor, y que ya está reclamando a alguien que, desde el otro lado, sepa responder con la misma contundencia.

Los “tópicos” y “recetas fallidas” que se relacionan en el libro se han formulado, sin embargo, por distintas partes: catalanistas tristes; federalistas de nuevo cuño, defensores del Estado con complejos; honestos y sabios; o cínicos que buscan salidas posibles. Entre esos argumentos destacan: “hay que reconocer la plurinacionalidad del Estado”, “el estado autonómico ya es asimétrico”, “la inmersión lingüística es un modelo de éxito”, “soy independentista, no nacionalista”, “hay que seducir a los catalanes”, “el origen del problema está en la sentencia del Estatut”, “no se puede judicializar la política” o “Catalunya tiene derecho a decidir”.

La sentencia del Estatut

Esa sentencia del Tribunal Constitucional, de 2012, se utiliza como argumento de que todo cambió a partir de ese momento, y que dio alas al independentismo que sólo alcanzaba un modesto porcentaje de apoyo. De Ramón se explica: “No sólo hay motivos para pensar que esto es falso. También hay motivos para pensar que es una falsedad interesada, pregonada por quienes desean encubrir su propia culpa en el gigantesco desbarajuste de la vida pública española que trajo el psicodrama del Estatut. En la propagación del mantra confluye también el tradicional deseo de la izquierda de disculpar de sus culpas al nacionalismo. Como ha escrito David Mejía: ‘La persistencia del bulo del Estatut no responde a una bienintencionada voluntad conciliadora, ni a un exceso de magnanimidad, sino al pavor que una parte de la izquierda tiene a encararse con el nacionalismo catalán’”.

Juan Claudio de Ramón defiende que pueda haber sentencias de ese tipo: “todas las democracias maduras aceptan sentencias de sus altos tribunales contra normas apoyadas por la mayoría parlamentaria, incluso si han sido refrendadas popularmente”. Lo que ocurrió, a juicio de este diplomático que trabaja en la embajada española en Roma, es que el Gobierno de José Montilla lanzó una campaña de “deslegitimación del tribunal”.

Reforzar el autogobierno

El independentismo, en su versión más moderada, o el catalanismo que aspira a cambiar la situación, pero no a la separación de Cataluña, argumenta que es necesario reforzar el autogobierno. Juan Claudio de Ramón expone lo contrario. “Cataluña no necesita necesariamente más autogobierno. Lo necesita mejor. Mejor significa en estos momentos más tutelado, no menos, de manera que se ejerza con más garantías hacia la ciudadanía. En el futuro, una vez se haya restaurado la lealtad y confianza mutua, mejor puede significar más autogobierno en algunas áreas, pero quizá menos en otras, porque algunas funciones públicas se administran mejor en la cercanía y otras en la distancia. Tampoco es políticamente deseable que el nivel de gobierno compartido desaparezca. Ningún federalista debería querer que el peso del Estado en su comunidad sea mínimo o invisible. A lo mejor el autogobierno que hay que reforzar una temporada es el que se tiene en común”.

La lengua española

De Ramón incide en la situación de la lengua española en Cataluña. El argumento del independentismo es que no está perseguida. “Las autoridades autonómicas controladas por partidos nacionalistas no han sido tan bestias como para perseguir el uso del castellano en las comunidades que gobiernan. Hubiera sido, en todo caso, un empeño fútil, como fue fútil el intento en ciertos momentos de la historia de que los catalanes dejaran de hablar catalán por las bravas. Pero sí han hecho todo lo que ha estado en su mano para trasladar el mensaje a los catalanes de que el español es algo impropio o extraño en Cataluña. La cooficialidad del castellano ha sido vaciada de contenido, quedando excluida de la escuela, de los medios y de los premios o subvenciones que concede la Generalitat”.

Plurinacionalidad del Estado

Una de las ideas para solucionar el conflicto es que España no reconoce su plurinacionalidad. El diplomático español lo rebate. “Pero de la existencia en España de varias conciencias nacionales no se sigue la consecuencia normativa de que su Estado deba declararse plurinacional. Eso es algo que traería muchos problemas. Algunos de tipo técnico: nadie sabe en realidad, cuántas naciones hay en España ni donde termina su linde. Tampoco arregla la cosa la confusa fórmula de ‘nación de naciones’. Bajo este marco, España es vista como una especie de supranación jurídica, abarcadora de las auténticas naciones, las etnolingüísticas. (…) Quien mejor ha expresado este riesgo es el constitucionalista vasco Josu de Miguel: la plurinacionalidad supone que se puede ser español de varias maneras, pero vasco, catalán o gallego de una sola: nacionalista”.

La conllevancia

Juan Claudio de Ramón está en contra de que el problema catalán sólo se pueda conllevar, como defendía Ortega y Gasset. Lo explicó en un artículo en El País, El final del paradigma Ortega-Cambó, en el que reclamaba una solución distinta a lo que se ha probado históricamente, entre la conllevancia, con una idea derrotista, y el “arquetipo de nacionalista moderado al que necesariamente hay que arrendar los asuntos catalanes”. En el libro sostiene que eso no tiene por qué ser siempre así. “Ningún determinismo nos ha arrastrado hasta aquí, y no tenemos que resignarnos a poner un parche ‘para los próximos veinte años’. Podemos aspirar a algo mejor que a conllevarnos. El problema se puede solucionar –o por mejor decir, se puede superar—a condición, claro, que probemos a poner por obra una política diferente a la acostumbrada. Podemos legar a nuestros hijos un país y no una maldición”.

Juan Claudio de Ramón, diplomático en la embajada de España en Roma, en la entrevista con 'Crónica Global' en Santander.

Juan Claudio de Ramón

Contentamiento o transformación

Ante todo eso, con esos malentendidos, o con esas recetas fallidas, lo que propone Juan Claudio de Ramón, escuchado y respetado en Madrid por círculos políticos y económicos cercanos al Gobierno del PSOE y de Ciudadanos, es que se pueda pasar de la llamada “política del contentamiento, o de la transacción –con acuerdos con los nacionalistas—a una política de la transformación”, que supone, para entenderlo rápido, “más España en Cataluña y más Cataluña en España”.

Una primera idea es constatar que España tiene una lengua común, el castellano, pero no una lengua nacional. Y eso debe implicar, con el objetivo de que “se mantenga unida la comunidad política”, que “el Estado culmine el aprendizaje del plurilingüismo iniciado en 1978 y sea capaz de absorber la dimensión simbólica de todas las lenguas españolas, comprometiéndose en su gestión, pero cambiando el enfoque: proteger los derechos lingüísticos para proteger las lenguas, y no proteger las lenguas con menosprecio de los derechos”.

Catalanismo

La segunda idea que plantea este diplomático, y eso es polémico en un momento en el que determinadas corrientes políticas quieren recuperar el terreno perdido, es que “no hay salida al problema catalán que no pase por dar por cerrado el ciclo del catalanismo político”. Juan Claudio de Ramón señala que “si es cierto que no es un nacionalismo, ya habría cumplido con creces sus objetivos: amplio autogobierno y rehabilitación de la lengua catalana, y si es un nacionalismo, es parte del problema y no de la solución. También Cataluña debe iniciar el aprendizaje de su irrevocable diversidad y abandonar la pretensión de conformarse como una comunidad homogénea. Porque Cataluña podrá ser un sol poble, pero no puede –so pena de traicionar el ideal pluralista de la democracia—hablar una sola llengua.

Esa política de la transformación iría, por tanto, en dos direcciones, hacia un reconocimiento de las lenguas españolas, con más presencia y reparto del poder del Estado –en Barcelona, por ejemplo--, pero a cambio de una mayor asunción de la pluralidad interna de Cataluña.

Entonces...el nacionalismo

Para Juan Claudio de Ramón, entonces, no se pueden establecer relaciones causales que expliquen lo sucedido: “La eclosión del independentismo no trae causa ni de la sentencia del Estatut, ni de una lectura uniformizadora de la Constitución, ni de la acción del PP, ni de la falta de cariño de la sociedad española hacia Cataluña… ¿Y entonces? Entonces el nacionalismo”.

El debate está abierto. Pero esta es una aportación pertinente y seria sobre lo que ha sucedido y cómo se puede abordar una nueva etapa, sin parches.

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