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Una mujer ondea la bandera de España durante la concentración de protesta contra Sánchez en la calle Núñez de Balboa de Madrid / EP

La Cataluña 'indepe' y católica también grita "libertad" en el barrio de Salamanca

Las derechas españolas y nacionalistas catalanas, con el grupo de E-Cristians de Mirò i Ardèvol, comparten el rechazo al Gobierno de coalición de Sánchez

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Laura Borràs aparcó su Jaguar en la puerta de TV3, vestida de madame Renaud, mientras en el control de acceso, la Budó, con prêt-à-porter chillón, espejo de Balenciaga, esperaba al resto de la comitiva. Fueron todos a felicitar a Torra, que tonteaba en un plató de su emisora. Habían inventado el 0,5 de desescalada en Barcelona sin saber que los restauradores y hoteleros se les rebotarían. Es lo que iguala a la rabiosa oposición de Pablo Casado con el nacionalismo: decir siempre lo que el Gobierno olvida pero al revés, olvidando a su vez que están inmersos ambos en una tautología reptiliana. 

En Núñez de Balboa, la fiesta empezó media semana más tarde. Los Cien mil hijos de San Luis gritan "libertad". Son tan chillones que no respetan ni la narcosis wagneriana de sus mayores; optan por la cueva de Luis de Baviera, el barrio de Salamanca, convertido en una exaltación guerrera, refugio cainita de una de las dos Españas. Piden la libertad trumpista y bolsonariana con la que nos sorprendió Artur Mas en su despacho del Palau de la Generalitat, al principio del procés.

Presión conservadora

Sí, hay coincidencias que matan. Contra un Gobierno del PSOE se entiende que no se puede dudar: Pedro Sánchez es liberticida, frente populista y totalitario. El flautista de Hamelín ha salido de casa con camisa parda, ha dejado de tocar, y los bichos huyen volando de las alcantarillas. Frente a un Ejecutivo que practica la persecución religiosa, la eutanasia y el aborto, la derecha dura, que mantiene un hilo directo entre Plaza del Sol y Génova, radicaliza la tensión de la pandemia. Los ecos los pone la calle; de las voces se encarga el aparato de propaganda y del fondo se ocupa el ultracatolicismo, azote del ateísmo oficial: la Asociación Española de abogados Cristianos, Hazte-Oir y, no se lo pierdan, E-Cristians, el movimiento conservador liderado por Miro i Ardèvol, un demócrata cristiano, pata negra del Pontificio romano (no de Francisco), que fue prohombre de CiU y consejero en el Govern de Jordi Pujol, quien subvencionó su entidad católica, a través de Presidencia.

En los últimos tiempos, Ardèvol se ha convertido en un mosén Sirinanell, el antiguo rector de la parroquia de la Concepción, digno del dogma de Pío nono y autor del libelo preconciliar No podemos transigir, en línea con Marcel Lefebvre, aquel obispo parisino que fue declarado herético. Todos ellos presionan en contra del Gobierno de Sánchez.

Neoliberales que fueron liberales

Detrás de las barricadas de Salamanca, en la retaguardia, escurren el bulto la pico de oro María San Gil, conductora del evento el pasado miércoles, y la palabra de Íñigo Gómez-Pineda, presidente de la Fundación Villacisneros. Las fundaciones que inspiran el ideario político del partido ultraderechista Vox y de un buen sector del PP no se detienen en la denuncia a la estatalización que propugna, dicen. el Gobierno de coalición. Van mucho más lejos: quieren retirar el derecho de voto a los desempleados para impedir que la izquierda siga comprando el consenso del sector más desfavorecido. Es el evangelio apócrifo de Jaime Mayor Oreja (Valores y Sociedad), un halcón del pensamiento neoconservador que atesora Aznar y divulga MAR, hoy convertido en el Torquemada de la nueva Inquisición. Y todo eso, sin haber consultado a Clemente, el obispo de aquel pintoresco Palmar sectario de los carmelitas de la Santa Faz.

Laura Borràs, en una manifestación de Tsunami Democràtic / @LauraBorras (TWITTER)
Laura Borràs, en una manifestación de Tsunami Democràtic / @LauraBorras (TWITTER)

La revuelta española contra el confinamiento huele a cirio quemado, a neo-catecumenales, a Sanjosémarias y a las variopintas iglesias heréticas de Karol Wojtyla. Hoy se une Vox, con manifestaciones convocadas para esta misma tarde, que apalancan razones jurídicas por medio de un recurso al Constitucional contra el Decreto de Alarma. A saber qué dirán las altas togas sobre los tumultos, guardando las distancias que propone Espinosa de los Monteros, alegre arlequín de la inconsistencia, niño de Mister Mercedes Benz y de la Marca España (su padre, Espinosa de los Monteros, presidió el Círculo de Empresarios de Madrid).

¿Sin división de poderes?

Los neoliberales fueron antes liberales, pero no leyeron en su día aquel texto agitador del jesuita apologético Sardà Salvany, titulado El liberalismo es pecado, guía de la lucha contra la descristianización de España, de la que seguramente también tiene la culpa Pedro Sánchez.

Las fundaciones pías a más no poder,  Asociación Católica de Propagandistas y la Fundación Valores y Sociedad gritan ¡presente¡, cuando oyen Magín, lo que ocurre cada vez que suenan cacerolas y palos de golf contra Moncloa. Ya calentaron Núñez de Balboa en un debate reciente en el que emparentaban la superación de la pandemia con el fin de un modelo de sociedad basado en la libertad. Ellos nunca hablan de división de poderes; se refieren a la libertad como un dogma que luego puede conducirnos al eterno presente, principio del populismo reductor de la democracia --en esto también coinciden con el nacionalismo catalán-- bajo una supuesta epifanía moralmente superior al derecho de ciudadanía.

Los Propagandistas, con mucha mili recorrida y con la responsabilidad opositora en tiempos del Antiguo Régimen, viven ahora un remake esperanzado gracias a su líder, Alfonso Bullón de Mendoza, que renueva su creacionismo anticientífico al atacar la voluntad popular del Estado moderno. Dice simplemente que el jacobinismo afrancesado y su correlato bolchevique son un mal endémico peor que el coronavirus, porque han diseminado la ideología de género (¡Stalin sobre todo!) y la tolerancia frente al pecado de los derechos LGTBI. Debajo de su mentón, este señor huele el azufre de Satanás, habitáculo del socialcomunismo que por lo visto esconden Sánchez y Pablo Iglesias. En fin, los agitadores del nacionalcatolicismo le dan la vuelta al mundo como un calcetín; pese a que se han curado gracias al sistema público de Sanidad, consideran que todo es clientelismo y votos cautivos. Proclaman el peligro de la estatalización, aunque por tacañería sean incapaces –igual que nuestros líderes independentistas-- de procurarse una cama en una clínica privada.

La luna de los triángulos indepes

El Madrid alegre del marqués de Salamanca, gran agiotista bursátil, que murió dos veces --una de catalepsia provocada por la peste de 1833, mira por dónde-- y levantó la ciudad de Madrid, vive pendiente de sus cachorros. Todavía no ha despertado de su asombro al saber que el Tribunal de Cuentas ha encontrado un agujero de más de 2.000 millones de euros en el último Presupuesto de Rajoy. Es muy español y monárquico, con perdón, reinar después de depuestos; es algo así como heredar deudas.

No es exactamente la extrema derecha la que grita en Núñez de Balboa; pero si tiene que ver la revisitación autoritaria que sufrimos cada cierto tiempo. Esta vez los palos de golf no son una casualidad; los greens se hacen sentir con fuerza gracias a Ramiro de Haro Valdés, conde de Bornos, grandeza de España, marido y eterno consorte de la expresidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre y Gil de Biedma (un segundo apellido poético y cantón, irónica mueca desde el otro mundo). El conde preside el exclusivo Real Club Puerta de Hierro de Madrid, desde que sustituyó en el cargo a Pedro Morenés y Eulate, un hombre de dulce swing, buen hándicap  y sobrados entorchados heráldicos (vizcondado de Alesón, marquesado de Grigny, condado del Asalto o baronía de las Cuatro Torres). Morenés, actual presidente de Amper, fue embajador de España en Washington, ministro de Defensa y cazador de arma corta.

Se entiende así por qué las caceroladas de Salamanca y la salmodia de sus evangelistas caigan bien en la Barcelona del Ecuestre, en el lobby del Majestic y en el Hotel La Florida del Tibidabo, la luna valenciana de los triángulos indepes. Esta mescolanza expresa, un cruce escasamente fecundo entre el quiero y no puedo y la radical chic adoctrinada en Faes.