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Votar es un peligro, vayan a votar

Guillem Bota
25.01.2021
5 min

Tengo ganas de ver de qué manera los partidos que se reparten el Govern, JuntsxCat y ERC, van a llamar a sus seguidores a votarles, después de haber advertido por activa y por pasiva de peligro de contagio que supone acercarse a un colegio electoral. Si finalmente se celebran las elecciones, lo suyo sería que los seguidores de ambos partidos, que han demostrado con creces su capacidad de tragarse todo lo que les dicen sus líderes, se quedaran en casa, no vaya a ser que el maléfico virus les salte encima en cuanto quieran depositar el voto en la urna. Ante esa posibilidad, y puesto que es casi seguro que las elecciones van a celebrarse tal como estaban previstas, ambos partidos van a tener que solicitar el voto y que aconsejar que nadie vaya a votar, todo a la vez.

Es decir, según sus propios razonamientos, van a tener que elegir entre la salud de ambos partidos políticos y la salud de sus votantes. Imagino que la cercana campaña electoral va a proporcionarnos eslóganes de los más peculiares, ya que si una cosa es segura es que ninguno de los partidos mencionados va a ser consecuente consigo mismo solicitando a sus seguidores que no salgan de casa el 14-F.

-¡Catalanes, ir a votar en las actuales condiciones supone un grave peligro para la salud, pero os pedimos que votéis por JuntsxCat!

No van a decir ahora que tal peligro no existe, que fue una exageración, que más gente se amontona en el metro en hora punta y que tenían razón los que sostenían que ir a votar no entraña más peligro que ir al súper. No pueden decirlo después de insistir durante semanas en que el ejercicio del voto en Cataluña es una actividad de riesgo equiparable a la de desactivar minas en Afganistán. No, ahora deberán seguir manteniendo que votar equivale a tener poco apego a la vida, pero que ésta tiene poco valor comparada con un sufragio a favor del Govern.

No reconocer la mentira anterior, mediante la cual pretendían aplazar las elecciones, pero a la vez llamar al voto para no perder la Generalitat, les obligará a equilibrios que han de proporcionarnos grandes momentos para recordar, y eso que en Cataluña de éstos andamos sobrados. Las conversaciones entre los militantes de partidos procesistas van a dejar en mantillas a los surrealistas franceses:

-Yo el 14-F me voy a quedar en casa, que asegura el Govern que ir a votar es peligroso.

-No hombre, que eso lo decían la semana pasada, ahora dicen que no debe quedarse nadie en casa y hemos de ir todos a votar.

Puesto que se descubren diariamente nuevas mutaciones del virus, quien sabe si estamos ante la cepa catalana, mucho más extraña que la inglesa. La cepa catalana es tanto más contagiosa cuando las encuestas políticas son más desfavorables al Govern, como si, pese a su tamaño microscópico, el virus leyera los periódicos y le afectaran los sondeos electorales. Eso descarta que su origen sea la China, ya que allí los periódicos no tienen por costumbre publicar sondeos electorales, más que nada por falta de elecciones.

La cepa catalana es inequívocamente catalana, con sus ocho apellidos catalanes a cuestas, y extremadamente sensible a las intenciones del Govern: si al Govern le molestan las elecciones, el virus es una amenaza que aconseja suspenderlas; pero una vez las elecciones van a celebrarse, el virus se torna manso como un corderito y los independentistas pueden ir a votar con toda tranquilidad.

No descartemos que, antes de las elecciones, el Departamento de Salud emita un comunicado informando de que el coronavirus es mucho más contagioso en el hogar que en los colegios electorales, instando a los votantes independentistas a que salgan en masa a votar. El resto, no, para el resto sigue siendo peligroso ir a votar y mejor que no salgan de casa. Cosas de la cepa catalana del virus.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.