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El valor se les supone

Guillem Bota
30.09.2019
5 min

Después dirán algunos que Quim Torra, presidente de la Generalitat, es un cobarde, pero la realidad demuestra que tiene más valor que el Guerra y que no se arredra ante las amenazas de la justicia española. "¡Jueces a mí!", parece ser su lema. Mantuvo durante dos días, ni más ni menos que dos días desde que estaba obligado a retirarla, una pancarta en favor de los "presos políticos" en el balcón de la Generalitat, y únicamente al tercero, cuando supo que allá se dirigía la policía, la recogió. No me digan ustedes que no es un acto de valentía, casi de heroicidad, desobedecer durante dos días dos, un requerimiento judicial. «Ni un paso atrás», exclamó un par de días antes. «Siempre con la libertad de expresión», sentenció a continuación. Se refería, por supuesto, a mientras no se acercara la policía a hacerle cumplir la resolución.

Ser valiente durante dos días no está al alcance de cualquier presidente de la Generalitat. Puigdemont tardó mucho menos en tomar las de Villadiego. Torra ha demostrado que está hecho de la pasta de los grandes titanes, y se atrevió a tener dos días la pancarta en el balcón, desafiando a la historia y emulando a Alejandro Magno, Julio César y, como he dicho antes, al gran Rafael Guerra. Hasta el preciso momento que tuvo constancia de que unos agentes de los Mossos, su propia policía, se dirigían al Palau a retirar la pancarta, Quim Torra fue valiente entre los valientes, no le arredraron ni las palomas que por la tarde sobrevuelan la plaza de Sant Jaume, ni los turistas que por la mañana toman fotos en tal enclave. Nada. Él se mostró impasible. Y aun cuando la resistencia se había tornado ya sobrehumana --puesto que le dijeron que uno de los mossos de la patrulla que se acercaba, llevaba bigote, detalle éste que a Torra le intimida sobremanera--, tuvo el suficiente ánimo, quizás con el último aliento, de ordenar a unos empleados que recogieran ellos la pancarta, tal vez con la esperanza de recibir a los agentes con un "¿pancarta? ¿qué pancarta?" que habría hecho palidecer de envidia al astuto Ulises

Por fortuna, no se halla solo Quim Torra en el panteón de los héroes del procés. Al poco de retirar su pancarta, puesto que el valor del president tenía fecha de caducidad y ésta coincidía con la llegada de un par de agentes de la autoridad, dos auténticos titanes protagonizaron otra proeza. Lluis Llach, excantante, y Antonio Baños, ex quién sabe qué, colgaron otra pancarta. No la de los presos, no fuera a rondar por ahí todavía algún agente, sino una en favor de la libertad de expresión. Como lo oyen. Con ese desprecio al peligro y ese desapego a la propia vida que poseen sólo los elegidos por los dioses, decidieron colgar una pancarta que nadie había prohibido. Para celebrar su gesta, saludaron puño al aire a las masas que los vitoreaban desde la plaza de Sant Jaume, masas formadas por un barrendero y tres turistas chinas que por ahí andaban, plano en mano buscando un restaurante. No se descarta que, para remarcar que a valientes no hay quien los venza, en los próximos días cuelguen otra, ésta con un "Visca el Barça" así de grande, para que España, Europa y el mundo vean que en el diccionario catalán no existe la palabra miedo.

Uno no acierta a comprender cómo con semejantes jabatos al mando de las operaciones, Cataluña no se ha constituido todavía en república independiente.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.