Puede estar Pujol bien orgulloso de sus hijos

Guillem Bota
10.05.2021
6 min

No debe ser poco el orgullo de Jordi Pujol, viendo cómo sus hijos le superan ampliamente. Nada hay más hermoso para un padre que comprobar que un vástago mejora lo que ha logrado en la vida, no digamos si quien lo mejora no es sólo un hijo, sino siete. Para Jordi Pujol pide el fiscal Anticorrupción una pena de nueve años de cárcel, un registro que no está nada mal, a buen seguro el padre de la Cataluña actual está henchido de satisfacción, ahí es nada, nueve años a la sombra por afanar organizadamente monises de los catalanes, ahí queda eso. Cinco de sus hijos le siguen de cerca aunque, sea por pudor, sea por respeto a quien les concibió, se han quedado en ocho años, un escalón por debajo. Ahora bien, los mayores, los mayores son el orgullo de cualquier padre: para Josep Pujol pide el fiscal ni más ni menos que 14 años de prisión, uno imagina a Jordi Pujol contándolo a las amistades con lágrimas de orgullo en los ojos. Y dejamos para el final al primogénito, Júnior, el digno heredero del clan, que se enfrenta a 29 años de cárcel. ¡Veintinueve! Parece que era ayer, que le acunaba en el regazo, y hoy, ahí tenemos al hereu, dando sopas con hondas al mismísimo Jordi Pujol. Veintinueve años, Dios mío, cómo no sentirse orgulloso. Incluso la que fue esposa de Júnior, Mercè, se integró de tal forma en la familia que se solicitan para ella 17 años en chirona, eso sí es una mujer. Puede estar satisfecho Jordi Pujol del legado que ha dejado.

Pujol ha sido siempre un hombre competitivo, de los que no les gusta perder ni jugando a las tabas. Si le hubiera superado cualquier otro, no sé, el mismo De la Rosa, en otro tiempo tan amigo suyo, sentiría celos, señor fiscal, cómo es posible que pida para Javier una pena más dura que para mí, usted no sabe con quién está hablando. Pero los hijos, ay, los hijos, todos los que somos padres deseamos en nuestro fuero interno que sean mejores que nosotros, ahí no hay celos ni envidias ni nada, todo lo contrario, lo contamos con el pecho henchido a quien quiera escucharnos: le presento a mi hereu, que triplica la pena que piden para mí. Cuando un hijo triunfa de esa forma, en el fondo es también mérito del padre, que le ha ofrecido ejemplo y le ha dirigido en sus primeros pasos --a veces sin necesidad de palabras, basta quizás con llegar a a la hora de la cena con un saco de billetes, esas cosas los niños las captan enseguida--, hasta que el chaval puede emprender el vuelo por sí solo. Cuando todos los miembros de una familia se sientan en el banquillo, y ninguno de ellos con una pena inferior a los ocho años pendiendo sobre su cabeza, significa que en esa familia se hacen bien las cosas. Ahí no hay casualidad que valga, ahí se nota la mano del patriarca educando a los churumbeles desde la cuna.

Por desgracia, la enfermedad impide a Marta Ferrusola sentarse en el banquillo junto al resto de la familia y demostrar que eso del feminismo y de la igualdad ya se practicaba en casa de los Pujol mucho antes de que estuviera de moda. De haber estado en condiciones, nadie duda de que se solicitaría para ella una pena similar a la de su marido, si no superior, nunca ha sido Marta mujer que se deje pisar por nadie. Sólo la maldita enfermedad impedirá la foto familiar en la sala de juicios, con ese matrimonio, ejemplo de la Cataluña contemporánea, abrazando con la mirada a sus hijos, sumando entre todos su buen siglo de prisión, casi nada.

Cierto es que las nuevas generaciones de políticos nacionalistas vienen empujando fuerte, ahí está Laura Borrás a punto de caramelo, digo de juicio, ahí están Junqueras, Romeva y Mas también investigados por el uso que hicieron de los dineros del Diplocat, ahí está el mismo Puigdemont, otro que tal, y tantos otros que siguen la estela marcada por Pujol. Pero hacer esas cosas en familia, como los Pujol, qué quieren ustedes que les diga, me parece mucho más bonito, incluso más catalán. Me estaré volviendo un sentimental.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.