La querella catalana en el fin de la economía

06.02.2019 00:00 h.
7 min

El planeta se pelea por identidades, etnias, naciones, religiones y constituciones. La economía es el pasado; vive su momento mori, como los Presupuestos de Pedro Sánchez, convertidos en inútil evocación por las enmiendas a la totalidad de ERC y la mesa bilateral PDeCAT-Gobierno dispuesta a pactar compensaciones políticas, in extremis. La tribu ha desterrado al homo economicus de John Stuart Mill. Especialmente en la Cataluña republicana, una sociedad superpuesta que desprecia la sutileza y en la que la ANC confiesa, con una dosis de extrema ignorancia, su voluntad de que Cataluña “no tenga presencia en el Ibex 35”. La intención de los indepes es asustar a los núcleos privados y controlar las instituciones económicas de carácter corporativo, como las cámaras de comercio, que también celebran sus elecciones en mayo, el mes de la europeas, municipales y autonómicas.

En la Cámara de Barcelona, el Cercle Català de Negocis (CCN) quiere desembarcar con un mascarón de proa dotado de nombres incorregibles, como Carles Tusquets o Enric Crous, dos altos ejecutivos que quieren mantenerse en el teatro y representar un papel patriótico comprometido, pero fatalmente desprovisto de conciencia cómica. El soberanismo funciona así: los políticos abren puertas y, detrás de ellos, las entidades civiles indepes hablan de purgar a las empresas que han trasladado sus sedes sociales fuera y de ofrecer ventajas fiscales a las empresas que inviertan ex novo en Cataluña. El sin sentido es de bulto.

Hace pocos días, las dos cabezas de la autoproclamada república catalana se peleaban, como gallos de corral: Junqueras, mediante holograma, en plan Obi-Wan Kenobi y Puigdemont desde Waterloo, sin saber qué hacer con sus manos, enfermo de selfipatía, como diría Carlos Mármol. Qué nostalgia del pasado racional. Fuimos una Arcadia, un destino feliz; antes de llenarnos de encono, fuimos una gentil colonia de gentes con sombrero de ala ancha. Pero ahora, con la defunción de las cuentas públicas del Gobierno, cae el sueño del diálogo y se acercan los comicios de la neoderecha tripartita; se refuerzan la querella catalana y su reverso, el 155 eterno de Pablo Casado. Todo porque en vez de hablar de Presupuestos (partidas para esto y aquello que la gente necesita), el soberanismo le exige a Sánchez que le dé un toque a la Fiscalía ante el juicio del 1-O y ofrezca un gesto en materia de autodeterminación. La esencia le puede al dato; el ensueño descarta la necesidad; la grandilocuencia se come a la conveniencia. Pronto nos cubrirá la melancolía; seremos desplazados de la cartografía de la modernidad.

Los modelos económicos han dejado de ser el centro de gravedad del análisis político. Así se confirmó en el debate celebrado el pasado jueves, día 31 de enero, en la London School of Economics, en el que participaron Clara Ponsatí, Aamer Anwar, abogado de la ex consejera y rector de la Universidad de Glasgow, y Alfred Bosch, historiador y conseller de Afers Exteriors, junto al moderador, Paul Preston. Acusaciones, mentiras, vacuidades. En el corazón del pensamiento analítico, en la casa de Hayek y Karl Poper, Anwar habló de los diez presidentes de la Generalitat del siglo XX que habían ido a la cárcel. Pero Preston, el gran hispanista británico, objetó que no le constan ambos datos: ni diez presis ni cárcel. Bosch, por su parte definió a los soberanistas de remainers y nunca de brexiters. La palabra lo aguanta todo, especialmente “cuando es mentira”, solía decir en Cambridge Bertrand Russel. Bosch es listo, un hombre preparado, pero se ha alistado en una narrativa inmudable y seca.

El procés, un resentimiento contra la España metafísica, se mide hoy a través de Venezuela, como casi todo. En contra de una creencia contumaz, les diré que EEUU no quiere el petróleo venezolano (aunque no le amarga un dulce, valorado en el 20% de las reservas mundiales). Lo que persigue Washington es la hegemonía continental, que ha ido perdiendo paulatinamente en la región, sembrada de tiranías autoproclamadas de izquierdas (Cuba, Nicaragua, Bolivia, Venezuela, y si te descuidas, pronto México) ¿Y qué quiere Maduro? Perpetuarse en el poder y mantener sus privilegios, después de haber roto las reglas democráticas. Nadie habla de economía. A pesar de las apariencias, tampoco se habla seriamente de petróleo, un monocultivo al que los economistas bautizaron con el nombre de modelo holandés por los ingresos desorbitados de gas natural del Báltico, como lo son los petrodólares caribeños. Una dependencia inflacionista en manos de cuatro cabestros vestidos de verde olivo.

Caracas vendía 1,2 millones de barriles diarios en 2013 y ahora vende medio millón, en manos de mandos militares torrijanos, al estilo del panameño Omar Torrijos, el zascandil de Costaguana. El crudo es una perita en dulce, pero los deseos de invasión en Venezuela no se deben al petróleo. Este dato se confirma en las palabras del consejero de Seguridad de Trump, John Bolton, que quiere “a Maduro preso en en Guantánamo”, y poco más porque “recuperar el petróleo será tan difícil como en Irak, tras la invasión”, en palabras de Amy Myer Faffe, experta de Relaciones Internacionales de la Casa Blanca.

En la era digital, las guerras coloniales han dejado de ser negocio. Quizá por eso, Junqueras, Puigdemont, Sánchez, Sala Martín o Jordi Galí quieren una república guineana, fiscalmente opaca, que nos convertiría en colonia del Brexit.

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