La verdad sobre el conflicto del taxi

Ignacio Vidal-Folch
10 min

Iba yo a entrar en Barcelona por la Meridiana, escuchando distraídamente en la radio las justas reivindicaciones de los taxistas, cuando encontré el tráfico interrumpido por un coche de la guardia urbana. La Meridiana estaba, como cada anochecer, cortada en protesta por los políticos presos.

Con el catalejo que me prestó Chucky --el muñeco diabólico que habita en mí-- alcancé a ver en medio de la calzada a un grupo de ancianos venerables y jóvenes idealistas…

--Cuando dices “ancianos venerables” y “jóvenes idealistas” --me dijo Chucky-- quieres decir “viejos imbéciles” y “jóvenes cretinos”, ¿verdad?

–Hombre, Chucky, tienes una manera de decir las cosas…

Calculando que teníamos para rato, saqué de la guantera el libro de Kierkegaard La repetición. Y apenas hube empezado a leer, Chucky exclamó:

--¡Acelera, Ignacio! ¡Arróllalos!

--¿Cómo...?

--¡Acelera! ¡Atropella a toda esa morralla! ¡Son carne sobrante de la humanidad, carne idiota de vagos de los que Barcelona puede muy bien pasarse! ¡Quita el freno, da gas y aprieta a fondo el jodido acelerador! ¡A por ellos!

La verdad es que a punto estuve de hacerle caso, pero, gracias a Dios, recapacité:

--Hombre, Chucky, que me llevarían a la cárcel. Y no me veo yo comprando latas en el economato...

--Tú sí que eres una lata, Kierkegaard. No eres mejor que esas cucarachas de la Meridiana.

Sacó la petaca, bebió un buen trago y me la ofreció.

--Anda, dale un trago --dijo--. Es tequila.

-- ¿Estás loco, Chucky? Voy al volante, y además esto está lleno de policías.

--Lo que pasa es que eres un maricón.

Ignorándole, me puse a leer a Kierkegaard, muy provechosamente. Al cabo de un rato le oí decir:

--Me aburro. Cuéntame algo.

--¿Y por qué --respondí, cerrando el libro-- no me cuentas tú algo?

--¿Sobre qué tema? --Como en la radio se debatía sobre el conflicto de los taxis, le sugerí:

--Sobre los taxistas y su lucha.

-- Ah, pues precisamente sobre este tema tengo por aquí unas notas… --buscó, y extrajo de los infiernos de su chaleco de felpa verde unos papeles--: Aquí están, te las voy a leer. Lo he titulado Lo que hay que pensar del conflicto del taxi.

--Bonito título. ¿Pero no sería mejor algo más breve?

--Calla y escucha, idiota: “En pocos ámbitos como en el servicio de transporte en coche se ve tan clamorosamente el saqueo que opera el capitalismo especulativo financiero sobre las clases trabajadoras, so pretexto de ‘liberalizar el sector’ y de ‘estimular la libre competencia’. A través de las ‘apps’ que benefician a remotos especuladores y a listillos locales, se conculca la laboriosa legislación, la regulación estricta que ha costado décadas afinar para garantizar que el taxista pueda ganar un salario decente, mantener a su familia, pagar impuestos… En la campaña de las últimas generales, cuando vi en los micrófonos de Arrimadas el logotipo patrocinador de Cabify comprendí que el partido estaba condenado por su propia inconsciencia…”

--Sí, a mí tampoco me gustó eso –dije.

--Calla la puta boca cuando yo estoy leyendo, Kierkegaard –dijo, muy indignado.

--Ah. Sí, perdona, es verdad que está feo interrumpir…

--Achanta la mui. Que te calles. Sigo: “Estos cabifyes y Uber son barcos piratas que en nombre de la libertad (¡como siempre! ¡Todos los crímenes grandes se cometen siempre en nombre de la libertad!), y amparados en la ligereza que les dan las nuevas tecnologías, se lanzan al pillaje sin escrúpulos, sacan literalmente el pan de la boca de los sufridos taxistas y contribuyen, en un sector de gran visibilidad, a propagar la moral del sálvese quien pueda, esto es la guerra de todos contra todos.”

--¡Olé, Chucky!

--“Barcelona, al contrario que Madrid, ha hecho muy bien en poner freno a los magnates de las apps y amparar a las familias de los taxistas, pero estos ahora piden más, piden que se respete la ley con rigor, y piden herramientas tecnológicas para competir en igualdad de condiciones con los filibusteros de los coches negros. Tienen razón. Hay que blindar su supervivencia. Porque esos taxis pintados de amarillo y negro son algo más que un símbolo de Barcelona: son familias vivas”.

--¡Bravo, Chucky! Muy bien hilvanado. Aunque yo creo que también hay que garantizar la libertad de competir y…

--¡A cagar a la vía con tu asquerosa seudolibertad para arruinar a un colectivo entero! Y no me interrumpas, que estoy acabando. Escucha: “Por supuesto, el poder financiero de las apps y sus correas de transmisión mediáticas tratan de pintar las legítimas protestas de los taxistas como espectáculos aberrantes, con líderes chiflados de apodos degradantes. El día 20, cuando los taxistas paralicen el tráfico, veremos cuántos filisteos saldrán a decir en la prensa y la radio ‘hombre, así no, muéranse ustedes, taxistas, sin molestar’”.

--¡Vas fuerte, Chucky!

--Que te calles, Soren… “Y mientras tanto hay una pandilla de tontos del culo que en la Meridiana interrumpen el tráfico cada anochecer desde hace más de un año, con la consiguiente pérdida de millones de tiempo y euros, en absoluta impunidad y sin que las autoridades hagan otra cosa que el ridículo”.

--Hombre, Chucky, esto me parece un poco ofensivo y… ¿cómo decirlo? De mal gusto…

--Cuando quiera tu opinión ya te la daré, Kierkegaard de suburbio. Ahora atiende a lo que estoy diciendo, que ya acabo: “Para desobstruir la Meridiana bastaría con coger a unos cuantos de esos capullos, hacerles pasar la noche en comisaría e imponerles una multa de mil euros, y el problema quedaría milagrosamente resuelto en dos o tres días. Pero nadie hace nada. ¿Para qué, entonces, mantenemos con nuestros impuestos a la guardia urbana, a la Policía Nacional, a los Mossos d'Esquadra, a la Guardia Civil, al Ayuntamiento, la Generalitat, la Diputación, la Delegada del Gobierno, la fiscalía y la judicatura?” ¡Fin del artículo!

--¡Caramba, Chucky! Es excelente, lo subscribo de principio a fin. ¿Te ha llevado mucho rato escribirlo?

--Y qué más da --dijo, encogiéndose de hombros mientras guardaba los papeles, en los que me pareció atisbar la firma ("Joe Biden de Ayuso-Monedero y Colominas de Cotarelo, marqués de Alqeda”) que cuando escribe cosas sensatas y moderadas suele usar como seudónimo, para no incurrir en las iras de la hermandad de muñecos diabólicos, que solo aprecian las exageraciones y los disparates.— Oye, esto parece que va para largo. ¿Y si aprovechamos este rato para hacernos unas pajas? Pero sin mariconerías, ¿eh? Como en “Torrente”, jejeje.

--Hombre, Chucky…

--O mejor: yo te la chupo a ti y tú me la chupas a mí… Nos montamos aquí, en la Meridiana, dentro del coche, delante de la Guardia Urbana, un sesenta y nueve bien guarro… ¿A que apetece? ¿Eh…? ¿Eh…?

Estuve sopesando, aunque sin verdadero entusiasmo, esa proposición, pero entonces se despejó por fin la calzada y pude seguir circulando, porque ya era la hora de cenar y se habían retirado todos aquellos viejos imbéciles y jóvenes cretinos... quiero decir, aquellos ancianos venerables y jóvenes idealistas que encarnan el porvenir de Barcelona, de España, del mundo, del universo camino a la implosión.   

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.