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A Marchena lo que es de Marchena y a Dios lo que es de Dios

Guillem Bota
04.11.2019
6 min

El obispo de Girona, monseñor Pardo, aprovechó la homilía del día del patrón de la ciudad, San Narciso, para reclamar la liberación de los "dirigentes políticos y líderes sociales condenados" (sic). Añadió que era una cuestión de misericordia, que como sabe todo el mundo es una virtud cristiana y en cambio, como debería saber el obispo, no es virtud jurídica, más bien vicio. 

Sentir tanta piedad o compasión que empuja al perdón, que eso y nada más que eso es la misericordia, no es cosa de la justicia --por algo ésta se representa ciega--, sino de Dios --que por algo suele representarse como un gran ojo que todo lo ve-.

No sé quién le ha dado vela al obispo en este entierro. Quizás suceda que los obispos, por su condición de tales, pueden participar en todo funeral, pero más valdría que se dedicara a conseguir para los acusados el perdón divino, que eso sí está en sus manos, y no el jurídico, que sin duda se le escapa. Porque igual que un día saldrán de la cárcel, también un día --esperemos que mucho más lejano-- rendirán cuentas ante Dios, y ya sería el colmo que el por culpa de la dejación de funciones de un obispo más pendiente de lo humano que de lo divino, el Señor les mandara al infierno y no metafóricamente. Ya podrían protestar en este caso los CDR por las calles, que hay condenas que no entienden de tercer grado y no se conoce el caso de ningún condenado al averno que haya conseguido personarse ahí solo por la noche.

Hasta diez veces repitió monseñor en su homilía la palabra "liberación", referida a los presos. No diré que sea "liberación" una palabra extraña en misa, porque escucharla se la escucha, pero suele hacer referencia a almas, no a cuerpos. Si de almas se tratara, nadie --ni el mismo Marchena-- pondría objeciones a que se liberaran todas, incluso la de Junqueras, que es la que más debe abultar. Otra cosa es que la liberación de las almas vaya acompañada de los cuerpos, que esos deben quedarse entre rejas. Y monseñor Pardo se refería a los cuerpos, a las almas y a todo el resto del embalaje. Vaya, que lo que quiere es que salgan en libertad los condenados por los hechos de octubre de 2017. Por misericordia. O sea, porque sí.

Igual es que de noche todos los obispos son pardos y el de Girona más. Pero más le valdría preocuparse de sus fieles, no sea que vayan perdiendo a los pocos que les quedan, pues fueron unos cuantos lo que abandonaron la nao catedralicia tan pronto escucharon a monseñor meterse en casulla de once varas, o lo que sea que usen los obispos. Queriéndolo o no, eligió monseñor Pardo el día más adecuado: el de San Narciso, patrón de una ciudad que se embelesa tanto mirándose a sí misma y creyendo que es la más hermosa y procesista del mundo, que acabará muriendo ahogada. Como toda Cataluña, de hecho.

Ya sabemos de casos de obispos que han aprovechado políticamente la homilía --el mártir salvadoreño monseñor Romero sin ir más lejos--, pero tenían la decencia de hacerlo para defender a los débiles, no a políticos que coartaron precisamente las libertades de los débiles. Deje por tanto el representante de la iglesia en Girona al César lo que es del César, y limítese a lo que es de Dios, que ése sí es su ámbito.

Igual que no imagino al juez Marchena colándose en un confesionario para impartir el perdón divino a base de castigar con prisión menor a la mentirosa y con trabajos sociales al que usa el nombre de Dios en vano, no debe colarse un obispo en la casa de la Justicia a reclamar perdones que no le incumben. Se empieza así y se termina solicitando una pena de 12 padrenuestros al violador. No, mejor que cada cual se limite a su negociado. Usted a lo suyo, padre. Cuídese de las almas, que de los cuerpos ya se encarga el Derecho.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.