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Menos castellano y más laca

Ramón de España
6 min

La laca para el pelo no vive sus mejores momentos. Elemento fundamental del sector de la cosmética en los años 50, 60 y 70, la laca empezó a languidecer en los 80, cuando inició una larga decadencia que dura a día de hoy, cuando la mayoría de las mujeres se resiste a llevar en la cabeza una mezcla de casco, gato muerto y estropajo y prefiere que su cabello se ajuste sin rechistar a la ley de la gravedad. De hecho, en Cataluña, hoy día, la industria de la laca la mantienen viva, aunque con respiración asistida, dos mujeres del régimen nacionalista muy bien situadas en éste: la (supuesta) escritora Pilar Rahola, actualmente acusada de plagio por el letrado Loperena, y la (también supuesta) consejera de cultura, Mariàngela Vilallonga.

Cada una de ellas tendrá sus motivos para ir con el cadáver de un minino en la cabeza; por lo que respecta a Rahola, es obvio que muestra síntomas de una incipiente y escasamente femenina calvicie que le aconseja dotar de todo el volumen posible a sus escasos cabellos reteñidos; en el caso de Vilallonga, puede que se haya tomado tan en serio el apodo de Barbie que le pusieron en la universidad de Girona que se haya propuesto mantenerse fiel lo que le quede de vida a la célebre muñeca anoréxica norteamericana.

Aparte de por su cabellera apelmazada, a la señora Vilallonga le ha dado últimamente por hacerse notar a base de unos comentarios de tono racista contra la lengua castellana bastante lógicos en alguien que tuvo el cuajo de firmar el célebre manifiesto de la pandilla de talibanes del monolingüismo que atiende por Koiné. Primero la emprendió contra una serie de TV3, Drama, producida por TVE y en la que se alternan los dos idiomas más hablados de Cataluña. De ahí pasó a toda la programación de la televisión autonómica, donde detectó un exceso en el uso del castellano. Luego ya se vino arriba y lamentó una nueva sobredosis de español, esta vez en el parlamento catalán. Y no quiero ni pensar la que puede liar si un día le da por salir a la calle --¡no lo hagas, Barbie, que te puede dar un shock de consecuencias funestas!-- y descubre que el castellano que se ve obligada a soportar en su televisión y su parlamento no es nada comparado con el que la gente tiene el descaro de utilizar en la vida real (TV3 no es la vida real, evidentemente, ¡lo grave es que el Parlament tampoco!).

Supongo que, por su bien, a la Barbie gerundense, a la ministrilla laqueada, se le ha ocultado que el castellano es la lengua materna de más de la mitad de los catalanes: dudo que su corazón lo resistiera y hasta es posible que el cabello se le alisara de golpe al descubrir semejante desgracia nacional. Esta mujer solo debería moverse por entornos protegidos, que en su caso se limitan a los medios de agitación y propaganda del régimen, el parlamento controlado por los separatistas, las reuniones del gobiernillo a la sombra del Tàpies y ciertas zonas de Girona y su provincia.

Como sus compañeros del supuesto ejecutivo catalán, Vilallonga ha sido elegida por su adhesión inquebrantable al régimen, y le han dado la cartera de cultura como podrían haberle dado la de agricultura. Como todo consejero del ramo que se precie, a nuestra Barbie la cultura le importa un rábano, siendo sustituida en su imaginario por la lengua, que es, junto a la laca, lo más importante que tiene la patria. De la misma manera que Torra se desentiende de los rebrotes del coronavirus y mantiene vacante desde hace un mes el cargo del principal responsable científico de estos asuntos --él está para insistir en el referéndum de independencia y para intentar sablear a España y a Europa con la excusa de la pandemia, aunque vaya usted a saber qué haría con el dinero en el improbable caso de que lo consiguiera (sus prioridades son darle pasta a Canadell y salvar como sea el Polònia, que es la única estructura de estado que funciona mínimamente)--, Vilallonga pasa de la cultura y se obceca con el castellano, por cuya desaparición clama en TV3 y en el Parlament, como lo haría en la calle si algún día la pisara y se diera de bruces con la realidad.

Por si las moscas, la más elemental prudencia aconseja incrementar las dosis de laca, sobre todo en la parte del cabello que le tapa las orejas y que, sometida a una terapia radical de apelmazamiento, se convertiría en unos auriculares capaces de crear un lenitivo espacio mental insonorizado que permitiría a nuestra querida Barbie disfrutar de un entorno falso, seguro y tremendamente satisfactorio: el entorno ideal para cualquiera que pretenda vivir de la política en la Cataluña actual y la excusa perfecta para ignorar a esa mitad de la población catalana que, convenientemente silenciada por la sobredosis de laca, es como si no existiera.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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