Las epifanías de Clara Ponsatí

Ramón de España
5 min

Cuando crees que lo más lelo que puede ofrecer el mundo procesista es Elisenda Paluzie, con sus constantes exhortaciones a implementar ese mandato del 1 de octubre que solo existe en su imaginación, te sorprendes (bueno, no tanto) al ver que hay otros personajes de la cuadrilla que insisten en darse de cabezazos contra el muro sin parar. Entre estos destaca Quim Torra, un hombre que vive permanentemente cayéndose del guindo y que cada dos por tres la emprende con el gobiernillo por dedicarse a gestionar la autonomía en vez de declarar la independencia a la brava y que sea lo que Dios quiera. Pero ahora le ha salido una contrincante soberbia en la figura de Clara Ponsatí (en realidad se llama Ponsati, pero ella añadió un acento en la i para desprenderse de resonancias italianizantes y hacer que su apellido sonara más catalán), quien acaba de experimentar una epifanía especialmente penosa al darse de baja del Consejo por la República aduciendo que no sirve para lo que ella cree que debería servir, que es trabajar por la independencia y no estar pendiente de lo que hacen y dejan de hacer los partidos, que no acaban de estar por lo que hay que estar.

La señora Ponsatí se ha tomado su tiempo para darse cuenta de algo que los demás tenemos claro desde hace una eternidad: que el Consejo por la República no sirve para nada y no es más que una pamema de Puigdemont para darse pisto y otorgarse más importancia de la que tiene. De hecho, el Consejo por la República no es más que un tocomocho que no ha funcionado y con el que Puchi pretendía lucrarse a base de sacarle diez pavos a cada infeliz que se diera de alta en la entelequia. El hombre del maletero calculaba hacerse con la bonita cifra de diez millones de euros, que no le habrían venido mal con lo vacía que está la caja de resistencia y lo que come Valtonyc, pero se los ha tenido que pintar al óleo porque el lazi medio empieza a estar harto de que le tomen por el pito del sereno y le saquen los cuartos para no darle nada a cambio.

Tras fugarse de Escocia e instalarse en Bélgica, Ponsatí se da cuenta de que el Consejo por la República es un timo más de Puchi y sus secuaces y se da de baja de la banda. En cierta medida, y a pesar del retraso, esta decisión la honra, pero también la priva del apoyo que los fugitivos podrían darle y la deja bastante sola, dependiendo únicamente de una insegura plaza de eurodiputada para llegar a fin de mes. Me temo que lo pagará caro: una cosa es hacerle la puñeta al gobiernillo desde Barcelona, actividad a la que se entrega con ahínco Laura Borràs, y otra es poner en duda la pertinencia de los inventos de Puchi para seguir comiendo caliente un tiempo más.

Con su decisión, Ponsatí se suma definitivamente al sector más delirante del independentismo que tan bien representan Paluzie o Torra, pero en la ciudad equivocada: enemistarse con Puchi en Waterloo equivale a quedarse en la estacada. Y aunque la banda del hombre del maletero haya dicho que Clara sigue siendo una compañera muy querida cuyas opiniones seguirán siendo escuchadas con sumo interés, nadie se lo cree y la impresión generalizada es que este feo se lo van a hacer pagar. El Consejo por la República, efectivamente, no sirve para una mierda, pero hay cosas que no se pueden decir y ficciones que hay que alimentar por la cuenta que te trae. Aunque si de lo que se trata es de competir con Elisenda Paluzie por el título oficial de Tonta del Bote del prusés, reconozco que la maniobra es impecable.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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