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Cómo aprovechar una tragedia

Ramón de España
4 min

Sindicatos de la Policía Nacional y de la Guardia Civil se han quejado del ninguneo al que, supuestamente, fueron sometidos por los Mossos d'Esquadra a la hora de abordar el atentado terrorista de La Rambla. Las quejas atañen, principalmente, a la casa de Alcanar que explotó, donde a la Guardia Civil no se le permitió entrar ni sumarse a la investigación en curso. No sé si hay base suficiente en esas quejas o si los Mossos hicieron lo que tenían que hacer, pero es indudable que el Gobierno de Puigdemont ha aprovechado las desgracias de La Rambla y de Cambrils para sacar pecho de manera tan exagerada como frívola, con la intención de dar una imagen de autosuficiencia, de que no necesitamos a los españoles para nada porque nosotros nos bastamos y sobramos para plantar cara al terrorismo. En una situación en la que la más elemental prudencia aconseja no rechazar ningún tipo de ayuda, la actitud prepotente de nuestro Gobierno autónomo demuestra que el monotema sigue imperando en cualquier situación. Es decir, vamos a aprovechar una catástrofe para hacer correr la voz de que reaccionamos como un Estado, que es lo que deberíamos ser si en este mundo reinara la justicia. Ya se sabe que no hay mal que por bien no venga.

El Gobierno de Puigdemont ha aprovechado las desgracias de La Rambla y de Cambrils para sacar pecho de manera tan exagerada como frívola, con la intención de dar una imagen de autosuficiencia

Ese ha sido para los procesistas el subtexto del horror: que no necesitamos a nadie porque somos una nación europea como la copa de un pino, y a ver quién se atreve ahora a prohibirnos el referéndum con lo guapo que es el mayor Trapero y lo eficaces que son sus hombres y mujeres (que han demostrado serlo, sí, aunque con algunas chapuzas que han pasado inadvertidas con la muerte de tanto terrorista). El concepto ha sido sostenido por políticos procesistas y por sus altavoces mediáticos a sueldo del régimen, brillando especialmente el panfleto separatista de Pepe Antich, hiperfinanciado por la Generalitat, cuyos columnistas hasta se han permitido dar clases de ética a la competencia sobre las fotos que se pueden publicar y las que no, y los chistes que se pueden hacer y los que no (el linchamiento de Peridis ha sido especialmente lamentable). Que un diario dirigido por el turbio señor Antich dé lecciones de ética se las trae, pero, en cualquier caso, el elemento conceptual a destacar era que merecemos un Estado propio. Y que hemos sido un Estado durante unos pocos días, ¡menos da una piedra!, aunque para eso la hayan tenido que palmar unos cuantos inocentes.

La gente cerril y monotemática a la que solo le cabe una idea en la cabeza --la independencia en este caso-- es capaz de aprovechar una tragedia para llevar el agua a su molino y seguir dando la brasa con lo único que le interesa. Que esa gente cerril y monotemática sea la que nos gobierna es otra tragedia.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.