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A vueltas con la Rambla

Ramón de España
4 min

En Barcelona, cuando no sabemos qué hacer, nos ponemos a hablar de la Rambla. Que si se está degradando (como si alguna vez hubiese sido la respuesta catalana a los Champs Elysées), que si los turistas la invaden y expulsan a los locales (como si los desocupados no tuviesen siempre las de ganar), que si hay que devolvérsela a los barceloneses (como si éstos no siguieran pateándosela a diario, aunque sea refunfuñando, como hacen los venecianos en su ciudad)... De vez en cuando, las palabras pasan a los hechos. O lo intentan. Es cuando, desde el ayuntamiento de turno, se concibe un plan redentor y definitivo para salvarle la vida al “paseo más bonito del mundo” (que, por otra parte, goza de excelente salud). En eso están ahora Ada & The Pisarellos y no sé ustedes, pero yo ya me echo a temblar. Sobre todo, por el concepto “abrir la Rambla al mar”, que no sé muy bien en qué consiste, pero que, en cualquier caso, es algo inédito que nadie ha reclamado en décadas. Parece que todo lo que se “abre al mar” mola más. Si facilita el acceso al agua de residentes y turistas, aunque sea para ahogarse, bienvenida sea la reforma, pero que conste que la Rambla nunca ha estado “abierta al mar” ni falta que le ha hecho en toda su historia. Cuando yo era un joven soñador y melancólico, me bastaba con sentarme en los escalones que conducen al mar y disfrutar de los olores putrefactos del mediterráneo: la Rambla no “se abría al mar”, pero estaba al lado del mar, que a mí me parecía lo mismo o algo muy parecido.

Evidentemente, una reestructuración de la Rambla no es algo que salga barato ni que se pueda llevar a cabo en un plazo de tiempo razonable. Caso de que esta reforma se lleve a cabo --lo que está por ver, ya que en mayo del año que viene hay elecciones y puede que nos libremos de los comunes--, la cosa será una versión boulevardesque de la Sagrada Familia, el otro monstruo interminable de esta bendita ciudad (ahora, los del patronato se quieren llevar por delante cuatro manzanas con sus respectivos edificios e inquilinos para poder construir una entrada señorial que se llama la Explanada de la Gloria o algo parecido; yo creo que pretenden convertir Barcelona en una ciudad a una iglesia pegada). Aquí nos encantan las obras inacabadas desde la época de Porcioles, los proyectos faraónicos, onerosos y molestos para el ciudadano, que no llegan nunca a su conclusión.

Yo creo que con cambiar las baldosas viejunas e incrementar la seguridad, la Rambla puede ir tirando cien años más. Hagamos lo que hagamos con ella, los turistas no dejarán de visitarla, la chusma no parará de trincar lo que pueda y los locales seguirán encontrando motivos canallas para continuar frecuentándola. Vamos, que no hace falta que nos la gentrifiquen. Nos gusta como lo que es, una atractiva cloaca humana que va a parar, como todas las cloacas, al mar.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.