Juvillà en el hospital y el resto de jarana

Guillem Bota
07.02.2022
5 min

De Pau Juvillà no conocíamos nada y ahora sabemos hasta cuándo se pone enfermo y entra en un hospital. Pues nada, que se recupere, que ya ha tenido los minutos de gloria que les correspondían y no hace falta que se nos muera, que no están los tiempos para ir dando vidas por el procés, ese sí que se nos muere si es que no lo está. Peret diría que no, que el procés está de parranda, e igual tendría razón a la vista de que, sea por Juvillà, sea bajo cualquier otro pretexto, se cierra el Parlament y aquí no hay quien trabaje. Ni casi, quien viva.

Lo bueno del procés, aunque ahora agonice, es que durante mucho tiempo gracias a él se han ido repartiendo carnés de héroe. Héroe de bazar chino, de todo a un euro, pero cada pueblo tiene los héroes que merece, y así son los héroes catalanes, aquí nunca han sido bien vistos los sacrificios como no sean para ganar dinero.

Para ser héroe, lo saben desde Juvillà hasta el expresident Torra, basta con, en un día lejano que ya nadie recuerda, haber colgado una pancarta o un lazo amarillo donde estaba expresamente prohibido, basta después con publicitarlo --a poder ser con alguna frase altisonante tipo “ni un pas enrere”--, basta con hacer luego caso omiso de las advertencias de la Junta Electoral Central, y ya tenemos héroe catalán perseguido por la justicia española, héroe que merece homenajes, huelgas parlamentarias, carreteras cortadas, conciertos, entrevistas en TV3 y lo que se tercie, es decir, lo que salga de la cocorota de cualquiera de los que en esas cosas cortan el bacalao. Aquí, quien no es héroe es porque no le da la gana, o porque tiene mejores cosas que hacer, como es el caso de la mayoría de catalanes.

Juvillà, no, Juvillà es de los que vieron en el procés la oportunidad de ser alguien, cosa que por sus propios méritos jamás habría conseguido, eso salta a la vista. Y le ha durado la heroicidad lo que le han durado a quienes creía compañeros de lucha, las ganas de perder el sueldo. Así que, a las primeras de cambio, le han dejado en la estacada.

Lo bueno de todo eso es que quizás Juvillà haya comprendido que lo que tiene que hacer ahora es preocuparse más de sí mismo y menos de una Cataluña que no le necesita para nada. Que procure por su vida, que de esta, como de madre, no hay más que una, mientras que de Cataluñas hay tantas como catalanes, y ya vamos bien cada uno con la suya. Relájese Juvillà, tómese con calma la vida que le queda por delante, esperemos que mucha, y obedezca a los médicos más de lo que en su día obedeció a la ley. Vistan batas blancas o togas negras, es mejor hacer siempre caso de las recomendaciones de los que saben si no quiere uno salir mal parado. O peor.

Vea Juvillà que ni siquiera quienes trataron de aprovecharse de su enfermedad para arengar a sus huestes, se han atrevido a dar un paso en su favor. La propia Laura Borràs le birló subrepticiamente su escaño al mismo tiempo que se llenaba la boca de dignidad, de injerencia del Estado español, de soberanía del Parlament y quien sabe, quizás diciéndole al oído a usted, Juvillà, que no se preocupara, que irían todos a una en su defensa.

Era mentira, como ha visto y como suponía cualquiera. Ni siquiera los de la CUP se han atrevido a nada. Vuelve usted a ser la persona anónima e insignificante que nunca debió dejar de ser. Aproveche la ocasión, olvide a compañeros de viaje a los cuales jamás importó, y atiéndase usted a sí mismo

Espero de corazón que en lo que respecta a su salud se rodee usted de gente de más confianza de la que se rodeó en política.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.