La jauría catalana

Guillem Bota
13.12.2021
5 min

Se dice de La jauría humana que fue en su momento un film incomprendido, cosa que explica que el público le diera la espalda. Falso. No fue incomprendido, fue tan perfectamente comprendido que los espectadores, que se veían retratados en él, preferían no verlo, es decir, no verse. A nadie le gusta que le digan a la cara que en cuanto se junta con unos cuantos más, se convierte en turba y es capaz de linchar a cualquiera, sea éste culpable o inocente. Aunque sea un niño, que es el arquetipo de la inocencia, y ahora no me refiero al Robert Redford de la película, que de niño no tenía nada, sino al escolar de cinco años de Canet, a quien la jauría catalana amenaza de todas las formas imaginables. A saber de qué serían capaces si lo pillaran. Si se rodara una película sobre lo que ha sucedido estos días con la familia de la escuela de Canet, también los catalanes le darían la espalda, y no porque no la comprendieran, no. Al contrario: porque los hechos de Canet retratan fidelísimamente lo que ha sido el procés, lo que es el Govern y lo que son los catalanes, no todos, pero sí esos que se creen superiores al resto de mortales. No iba a gustar nada, sería un fracaso en taquilla. Demasiado cruda, demasiado asquerosa, demasiado violenta. Demasiado real.

En el remake a la catalana de La jauría se echa en falta un sheriff tan honesto como Marlon Brando, capaz de jugarse la piel --y casi perderla-- por defender al detenido. En Cataluña, el sheriff es la Generalitat, y silba mirando para otro lado cuando la jauría catalana persigue a una familia que no pretende otra cosa que hacer valer sus derechos. El Govern se asemeja más al representante de la ley de la menos conocida El sheriff corrupto, que al íntegro Brando. Racismo, envidia, diferencia de clases y violencia, tan presentes en la película de Arthur Penn, se multiplican por diez en el caso de Canet, será que los catalanes siempre lo multiplicamos todo, especialmente lo peor.

En la versión catalana la jauría es mucho mayor. Sin embargo, la motivación es la misma, y lo único que esconden las pretendidas demandas de justicia son ganas de divertirse a costa de la víctima, sea un adulto Redford, sea un niño que apenas empieza a saber leer y escribir. Como sucedía en el pueblecito sureño de la histórica película, dentro de poco tiempo no recordaremos siquiera por qué razón vamos contra la familia de Canet, eso es lo de menos, se trata de divertirnos a su costa. Es perseguir por perseguir, porque sí, porque nos aburríamos y necesitábamos una víctima. Una víctima débil, por supuesto, que son las víctimas favoritas de las jaurías.

Me gustaría pensar que el niño y su familia no van a tener el mismo final que el Charlie interpretado por Redford, pero me temo que todos los indicios apuntan en esa misma dirección: desde las llamadas a apedrearles y a hacerles el vacío que algunos esperpentos del procés han soltado en las redes, hasta la ausencia de una autoridad que ponga fin a tal vergüenza --lo que hizo el conseller yendo a la escuela y negándose a hablar en castellano, sirve para echar gasolina el fuego, supongo que esa sería la intención--, pasando por padres y madres de alumnos que llevan el odio en la sangre, todo conduce a un final nada feliz.

No, La jauría catalana no será un film con happy end, y si no es en esta ocasión cuando tengamos que lamentar desgracias, será en la próxima. Cuando un pueblo antepone la lengua a un niño, deja de ser un pueblo y se convierte en jauría. No es que en Canet sean distintos a otros lugares, son exactamente iguales, y no lo digo como un elogio a Canet sino como un insulto al resto de Cataluña.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.