Georgie Dann, Xavier Novell y el uso del catalán

Guillem Bota
08.11.2021
5 min

Los designios del señor son inescrutables, así que no puede ser casual que casi al mismo tiempo que el obispo --o exobispo, no estoy muy puesto en Derecho Canónico-- Novell encontrara trabajo en una empresa de extracción de semen --porcino, no se me alarmen--, muriera Georgie Dann, que cantaba aquello de «estoy aquí en la playa, debajo una palmera, y si alguien me lo pide le enchufo la manguera». De mangueras va la cosa, sean las de los cerdos que deberá manejar Novell si quiere ganarse el sueldo, sea la que ofrecía el fallecido rey de la canción del verano a quien se la solicitara.

Novell y Dann llevaban vidas paralelas, ambos abandonaron su vocación en cuanto descubrieron que en la vida había otras alegrías. El músico francés colgó sus estudios de música y solfeo para dedicarse a ganar dinero a base de componer éxitos del verano, y el clérigo colgó los hábitos para dedicarse a una señora. En ambos casos dejaron atrás vidas aburridas y se montaron en la diversión. Si, con toda la razón del mundo, alguien objeta que el matrimonio no tiene nada de divertido, piense que comparada con la vida anterior de Xavier Novell, la vida en pareja es una juerga continua.

No está demostrado que cuando el bueno de Georgie cantaba lo de qué será lo que quiere el negro, se estuviera refiriendo a Novell, por el color de sus hábitos, insinuando hacia donde iban sus apetencias. Aunque tampoco está descartado, pues a pesar de que el tema tiene ya muchos años, el fallecido cantante dio sobradas muestras de ser un visionario, y a nadie extrañaría que hubiera adivinado qué querría Novell en el futuro, incluso mucho antes que éste lo sospechara.

Como las casualidades no vienen nunca solas y como no hay dos sin tres, el conseller de Educación de la Generalitat, González-Cambray, anunció que en las escuelas «habrá que pasar a la acción» en lo que respecta al uso del catalán. A eso se le llama pisarse uno mismo la manguera, con lo que ya tenemos al tercer manguerazo de estos días. Al conseller y a todo su gobierno le auguro tanto éxito en su empresa como a Georgie Dann en la música clásica y a Xavier Novell en el sacerdocio, así que mejor haría en dejar de perder el tiempo y dedicarse a la buena vida, como aquéllos. Cualquiera que haya tenido hijos sabe que no hay como prohibirles algo para conseguir que lo hagan, cueste lo que cueste. O sea que poca vida le queda al catalán si las brillantes mentes del Govern piensan protegerlo imponiéndolo a adolescentes y preadolescentes, que son capaces de aprender esperanto antes que comunicarse en la lengua en que les obliguen los mayores. O directamente dejar de hablar.

Las declaraciones de González-Cambray se parecen a lo que les hacen a los pobres cerdos en la empresa donde se ha empleado Novell: una masturbación en toda regla, una forma de conseguir que algunos se den por satisfechos, aunque por lo menos en Semen Cardona --que ese es el nombre de la industria-- consiguen resultados. Lo mejor que pueden hacer para proteger el catalán es dejarlo en paz, parece mentira que a estas alturas los dirigentes catalanes todavía no se hayan percatado de que destrozan todo lo que tocan. «Si me queréis, irse» les diría el catalán, como Lola Flores en la boda de su hija, se pudiera expresarse.

Lo mejor con las lenguas -y con casi todo, pero sobre todo con las lenguas- es dejar que todo siga su curso natural, actuar solamente cuando las cosas nos pillan de paso. Lo cantaba también Georgie Dann, es inaudito que un gobierno con tanto intelectual no se haya estudiado sus letras, tan útiles en todas las situaciones, en especial cuando se trata de higiene, lingüística o no: «me ducho por arriba, me ducho por abajo, también a la vecina si me pilla de paso».

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.