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El G7, ese incordio

Ramón de España
4 min

Pasé por Biarritz pocos días antes de que empezara la reunión del G7 y aquello estaba a reventar de turistas y paseantes. Los comerciantes hacían su agosto antes de la obligada huelga laboral que vendría con el cónclave de los mandamases. Las masas antisistema ni estaban ni se las esperaba, aunque ya empezaban a hacer ruido al otro lado de la frontera sin darse cuenta de que, como apuntaba sagazmente Don de Lillo en su novela Cosmopolis, solo son un elemento más del paripé que monta cíclicamente el G7.

Las reuniones de los presidentes de los países más poderosos del mundo --bueno, faltan los chinos y los rusos, pero me temo que de eso se trata, en parte-- nunca sirven para nada y la supuesta protesta de los profesionales del antifascismo, tampoco. Simplemente, no se concibe un elemento sin el otro. Los presidentes acuden a la reunión por obligación o para repartir chorreos a diestra y siniestra (véase a Donald Trump); los antisistema, se supone que se materializan por responsabilidad moral, aunque mucha gente se pregunta de dónde sacan la pasta tantos descamisados procedentes de los países más diversos de la tierra para irse a donde sea a romper escaparates, quemarle el coche a un infeliz tan pringado como ellos y, en definitiva, pasarlo pipa haciendo el ganso.

Entre los políticos y los manifestantes, los que pringan son siempre los mismos. En el caso de Biarritz, los tenderos y dueños de bares --o te chapa el negocio la policía o le prenden fuego los antisistema, tú verás--, los turistas --a los que no se permite el acceso a la ciudad-- y hasta los habitantes del lugar, que deben ir convenientemente acreditados para deambular por la localidad (y si se quedan encerrados en casa todo el fin de semana, mucho mejor, las fuerzas del orden se lo agradecerán sobremanera).

Una amiga que vive en las Landas pensaba viajar a Berlín el día 24 de agosto y le dijeron que el aeropuerto de Biarritz estaría cerrado y que debería trasladarse al de Pau. ¿Lanzaderas para el trayecto? Ni hablar: búsquese la vida, señora mía. Y recuerde que, si va en coche a Pau y lo deja en el aparcamiento, el vuelo de regreso la llevará a Biarritz, desde donde tendrá que ingeniárselas para recuperar su vehículo.

Secuestrar a una población entera e impedir el acceso a sus visitantes debería estar prohibido. Sobre todo porque las reuniones del G7 nunca arrojan ningún resultado interesante para los ciudadanos europeos. Ni, ya puestos, para los manifestantes, que todo lo que se pueden llevar es algún porrazo o alguna descarga de agua a presión vía manguera. ¿Tanto le costaría al G7 montar sus cónclaves en lo alto de una montaña a la que solo se pueda acceder por helicóptero? La seguridad se reduciría a un par de francotiradores dispuestos a eliminar a los excursionistas que no estuviesen al corriente de la reunión. ¿Qué tal erigir unas jaimas con aire acondicionado en mitad de algún desierto? Todo menos lo de Biarritz, una agresión al pueblo llano y al comercio local de muchos bemoles. Ya sé que se creen los amos del universo, pero, ¿es necesario que se les note tanto?

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.